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Imposturas y fortunas · Europa

Allmayer, o el arte de encarnar todos los papeles

En noviembre de 1886, Allmayer se evadió de la prisión de Mazas mediante una orden de excarcelación falsificada; Liard-Courtois reproduce en 1903 una carta fechada el 30 de noviembre que sitúa este episodio. Dicho hito se inscribe en una carrera de estafas prolongada durante años, narrada retrospectivamente por Griffiths: tras cinco años en Cherche-Midi y el paso por un batallón disciplinario en Argelia, Allmayer engaña a Edmond K. valiéndose de una letra de cambio, multiplica los fraudes comerciales bajo múltiples identidades y es finalmente condenado a doce años de deportación colonial. Los hechos quedan consignados según las fuentes.

En la década de 1880, la policía francesa sabía que Allmayer se desplazaba por el continente; descubría sus pasos una vez consumada la partida, lo seguía de ciudad en ciudad y lo perdía por escasas horas. El fugitivo, sin embargo, distaba de ser un hombre reconocible por su brutalidad. Arthur Griffiths lo retrata como un individuo pulcro, afable, de esmerada educación, capaz de hacerse recibir sucesivamente como oficial, aristócrata o negociante. Esta facultad para mudar de personaje sostuvo una dilatada carrera de fraudes, desde los despachos de su padre hasta los hoteles y casas de comercio de las capitales europeas.

Griffiths expone el caso con mirada retrospectiva y lo sitúa en los años ochenta del siglo XIX, sin consignar la fecha exacta de cada episodio. La crónica sigue fielmente su relato; los hechos y las sumas se atienen a lo consignado por dicho autor.

El hijo y el regimiento

Allmayer había sido colocado como empleado en el escritorio de su padre. Siendo aún adolescente, se apoderó de un talonario de cheques; uno de ellos, firmado con el nombre paterno, fue presentado al cobro en el banco y abonado. La superchería se descubrió y el joven recibió una severa reprimenda, sin que conste consecuencia judicial alguna. No tardó en reincidir, esta vez sustrayendo una carta certificada que contenía billetes y desviando las sospechas hacia un desconocido. Su padre terminó por hacerlo alistar en un regimiento de dragones.

La disciplina militar no enderezó su conducta. Allmayer dilapidaba el dinero ajeno para granjearse amistades y, con el propósito de liquidar sus deudas, robó a su capitán. Se fugó de los calabozos militares, demorando con ello la celebración del consejo de guerra, pero acabó siendo condenado a cinco años de reclusión en Cherche-Midi, la prisión militar de París. Cumplida la condena, fue destinado a un batallón disciplinario en Argelia. Conviene subrayar este orden cronológico: Argelia no fue el escenario donde purgó los cinco años, según Griffiths, sino el destino de su adscripción disciplinaria tras la prisión parisina.

A su regreso a París, Allmayer obtuvo el perdón familiar y fue acogido de nuevo en el hogar. Durante un tiempo guardó una conducta intachable. Sus allegados intentaban incluso procurarle una buena colocación. La familia residía en Chatou, y los trayectos en ferrocarril hacia la estación de Saint-Lazare le brindaron la ocasión de reanudar el trato con Edmond K., un antiguo condiscípulo. Este le abrió las puertas de su empresa parisina. Pronto comenzaron a desaparecer cartas tras las visitas de Allmayer, pero K. carecía de pruebas concluyentes contra su amigo.

La letra de mil seiscientas libras

El escándalo estalló cuando otro banquero de París, designado únicamente con la inicial C., recibió una solicitud telefónica atribuida a K. Este deseaba conocer a qué tasa descontaría C. una letra de 1.600 libras librada contra una firma londinense y endosada a su nombre. Creyendo reconocer la voz de K., el banquero aceptó de buen grado, pues abrigaba desde tiempo atrás el deseo de entablar relaciones comerciales con él. Fijó sus condiciones; veinte minutos después, un recadero se presentó con el efecto mercantil y percibió los fondos.

Al día siguiente, el corresponsal londinense de C. devolvió la letra para que se subsanara una leve irregularidad en el endoso. Al ser remitido el documento a K., este afirmó categóricamente no haber estampado jamás dicha firma y reconoció en el título un efecto desaparecido de sus oficinas dos meses antes. No había recibido suma alguna del desembolso efectuado por C. Las sospechas recayeron sobre dos empleados que en ocasiones imitaban la rúbrica de su principal por puro pasatiempo; tras ser detenidos, su situación procesal parecía harto comprometida.

Allmayer se interesó por las pesquisas con diligencia propia de un camarada leal. Acompañó a K. a la prefectura y prestó declaración ante el juez de instrucción. Llevándose aparte al magistrado, fingió confiarle una revelación reservada: K., aseguró, había sustraído él mismo la letra apremiado por una necesidad urgente de fondos. Requerido de nuevo ante el juez y confrontado con semejante imputación, el desconcertado banquero protestó, pero sus vacilaciones se interpretaron como indicios de culpabilidad y fue conducido a Mazas. El magistrado, que no otorgaba pleno crédito a Allmayer y conocía sus antecedentes, ordenó igualmente su encarcelamiento.

Ambos recobraron la libertad poco después gracias a la mediación de la familia Allmayer, que sospechaba de su vástago y prefirió zanjar el quebranto económico. Allmayer juzgó prudente poner tierra de por medio y abandonar Francia. Poco después afloró la trama real: había reclutado a un antiguo camarada del batallón disciplinario de Argelia. Llevándolo a una cabina pública, le ordenó llamar a C. haciéndose pasar por el despacho de K. El antiguo soldado llevó a continuación la letra robada y cobró el dinero. Allmayer se reservó la mayor parte del botín; a su cómplice le correspondieron 200 libras y un traje nuevo. Al día siguiente, Allmayer le advirtió de que todo había sido descubierto y lo instó a refugiarse en Argelia. Cuando la policía lo arrestó para trasladarlo a París, el cómplice fue hallado en tierras argelinas en posesión de un telegrama donde Allmayer le prevenía de que «Joseph», el pesquisa que seguía sus pasos, andaba tras su pista, y le aconsejaba embarcar hacia Nueva York.

Una orden fraguada en Mazas

Allmayer dio de nuevo con sus huesos en prisión, esta vez en Mazas, y urdió un plan de evasión exento de violencia o fractura. El magistrado lo interrogaba periódicamente en su despacho de la prefectura. Al hilo de aquellas comparecencias, el reo hurtó un pliego de papel oficial y un sobre, confundiéndolos con sus propias notas. Había reparado en que una orden de excarcelación podía extenderse como una simple diligencia en papel sellado de la administración. En su celda redactó dicho mandamiento, estampando una firma apócrifa del juez.

Le faltaba el sello oficial. En una audiencia posterior, Allmayer volcó con ademán brusco el tintero sobre el uniforme del guardia que lo custodiaba. Señaló la botella de agua; el gendarme se precipitó a auxiliarlo, el juez y el actuario siguieron la maniobra con la mirada, y Allmayer aprovechó la confusión para aplicar el sello que ya tenía en su poder. Restaba hacer llegar el pliego a Mazas por un cauce formal. Al abandonar el despacho, pretextó haber olvidado un objeto, regresó al gabinete y salió de él portando la falsa providencia, que entregó al guardia quejándose de que el juez lo trataba como a un criado.

El alcaide de Mazas recibió el documento poco después y acudió a notificar a Allmayer que el magistrado ordenaba su inmediata puesta en libertad. Esa misma noche, el prófugo pisaba suelo bruselense. Dado que las formalidades francesas de extradición no se habían cumplimentado en regla, Bélgica rehusó mantenerlo bajo custodia y lo condujo hasta la frontera alemana. Desde allí alcanzó el puerto más próximo y zarpó con rumbo a Marruecos.

Una fuente retrospectiva de 1903 reproduce el mandamiento fechado el 30 de noviembre de 1886 y consigna el ingreso en prisión preventiva el 23 de octubre. Dicha referencia precisa la fecha de la fuga, mas no el conjunto de sus andanzas.

Nombres supuestos, carneros y papel moneda

Allmayer regresó con frecuencia de Marruecos a Francia y recorrió sin trabas las capitales europeas. Se arrogaba títulos nobiliarios, haciéndose llamar vizconde de Bonneville, conde de Motteville o conde de Maupas; en las operaciones mercantiles adoptaba con mayor sobriedad los apellidos Meyer o Mayer. Griffiths refiere que compraba y vendía ganado ovino y lana con una pericia que pasmaba a los propios tratantes a quienes esquilmaba. Tan sólida competencia práctica apuntalaba su apariencia de comerciante solvente.

En París, bajo la identidad de Eugène Meyer, aireó un presunto suministro de armamento destinado al sultán de Marruecos. Aseguró que una destacada casa de banca parisina le adeudaba 30.000 libras y conservaba su aceptación por tal importe. Los concurrentes habrían descontado complacidos aquel crédito, pero el volumen de la suma resultaba desmedido. Meyer propuso fragmentarlo en pagarés menores, que exhibió y logró negociar. Eran enteramente falsos. Los tenedores de las letras acabaron arrestados, mientras que Allmayer se había esfumado. Escribió a los periódicos para exculpar a sus involuntarios cómplices y se ofreció a comparecer si la policía le garantizaba un salvoconducto; los agentes desestimaron la propuesta y los demás fueron condenados. Este quebranto fiduciario vinculado a las armas es independiente del negocio de carneros urdido en Marsella.

En Marsella despojó al comerciante R. de 20.000 francos prometiéndole una contrata de ganado ovino para el gobierno francés. Para adjudicarse el suministro, argumentaba, era menester entregar anónimamente dicha suma a un alto funcionario. Allmayer escribió las señas en un sobre a la vista de R.; este introdujo los billetes y creyó dejarlo sobre el secante. Sin embargo, Allmayer lo había trocado por otro idéntico, guardándose el que albergaba el dinero. Según Griffiths, el dignatario recibió tiempo después un sobre atestado de recortes de periódicos viejos cortados a la medida de los billetes de banco, y solo desentrañó el lance cuando se le notificó la querella del comerciante.

El arresto definitivo

Las fuerzas policiales siguieron la pista de Allmayer a través de media Europa: Belgrado, Génova, París, Lyon, Aix, Biarritz, Burdeos, Cortrique y Le Havre. Se hacía pasar por oficial de caballería, vizconde o caballero de mundo; en Burdeos, alertado involuntariamente por el propio comisario de policía, dispuso de margen para emprender la huida. Los pesquisas rastrearon sus huellas hasta Le Havre y dieron al fin con él en el bulevar de Estrasburgo: vestía con suma elegancia e iba del brazo de una dama. Negó su identidad, pero fue reducido y trasladado a París.

En la Conciergerie, sometido a estrecha vigilancia, intentó procurarse una salida fingiendo conocer el escondrijo donde una cuadrilla de ladrones ocultaba su botín. Pretendía atraer a los agentes a la calle Saint-Maur, donde unos compinches debían liberarlo. Las autoridades verificaron la patraña y desbarataron la celada. Durante la vista oral, Allmayer asumió el papel de un hombre deshecho, casi incapaz, e imputó la urdimbre de los fraudes a un antiguo prófugo de la justicia. Griffiths afirma que semejante semblante le valió la pena menor en lugar del castigo más riguroso. Fue sentenciado a doce años de deportación en presidio ultramarino y conducido a las islas de la Salvación, donde se desempeñó como enfermero del hospital y se granjeó el aprecio de sus guardianes.

El cronista concluye que Allmayer debió sus triunfos a un prodigioso talento dramático: sabía con exactitud qué rostro ofrecer al soldado, al comerciante, al gendarme o al juez. En este retrato, el presidio no redime ni transforma al personaje; se limita a suministrarle nuevos papeles que interpretar. Con todo, la resolución judicial fue tajante: el hombre que había logrado excarcelar a un recluso con un mandamiento apócrifo terminó siendo deportado bajo el peso inexorable de una condena. Las fechas exactas de sus numerosos lances, al igual que la suerte corrida por todos los que despojó, escapan al relato de Griffiths; colmar tales lagunas supondría inventar un desenlace que el testimonio histórico no autoriza.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El sello sin cerrojo

Una joven copista ficticia trabaja en una escribanía parisina por donde desfilan mandamientos de libertad, escrituras bancarias y cartas procedentes de Londres. Cuando un preso abandona Mazas exhibiendo un documento formalmente intachable, advierte una discordancia microscópica en la impronta del sello. La novela corta sigue sus pesquisas entre caligrafías oficiales y dignatarios que prefieren no verificar. Los lances de Allmayer se ciñen a los consignados por Griffiths; la copista, sus encrucijadas morales y la trama policial son fruto de la invención.

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novela

Los nombres del desterrado

Un antiguo soldado ficticio, retornado de Argelia, sirve de enlace a un individuo que se titula indistintamente vizconde de Bonneville, conde de Motteville o de Maupas, y a veces simplemente Meyer. En cada escala cree poder enmendar el agravio infligido a un viejo camarada sin delatar a quien lo arrastró a la ruina. La novela recorre París, Londres y los enclaves portuarios, atendiendo al coste humano de los documentos apócrifos antes que a la invención de nuevos crímenes históricos. La condena a presidio ultramarino reseñada por Griffiths marca el término de su itinerario; las figuras secundarias y sus dilemas son ficticios.

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trilogía

El gran libro de los ausentes

Tres volúmenes rastrean las huellas de una misma superchería a través de legajos dispersos: una letra librada contra una casa londinense y protestada tras su descuento en París, una excarcelación fraudulenta en Mazas y la captura en Le Havre de un individuo de identidades cambiantes. Un dependiente ficticio asume la contabilidad y procura conectar nombres que los acreedores atribuyen a deudores distintos. La trama inventa los vínculos entre testigos, pero preserva los fraudes, alias y la deportación colonial como hechos imputados a Griffiths. La obra analiza cómo circula el crédito cuando ningún eslabón comprueba la integridad de la cadena.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Fuente principal: capítulo retrospectivo de Griffiths, que sitúa a Allmayer en la década de 1880 sin fechar cada episodio pormenorizadamente. Referencia secundaria: Liard-Courtois reproduce en 1903 una orden falsificada fechada el 30 de noviembre de 1886, que señala un auto de prisión el 23 de octubre; este dato atañe a la evasión de Mazas y no fecha la totalidad de su trayectoria. No se ha consultado ningún expediente judicial original ni atestado independiente.

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