En febrero de 1833, los pesquisas preparan en la posada de los Cuatro Cisnes, en Bishopsgate Street, una serie de paquetes ficticios con el propósito de tender una trampa a quien acuda a reclamarlos. Smith se presenta para recogerlos. En cuanto se los entregan, es arrestado. El 16 de abril, tanto él como Richard Coster resultan condenados en Old Bailey. Mas para desentrañar cómo llegó Coster a capitanear semejante maquinación, es menester desandar el hilo de sus domicilios, de sus razones sociales y de los efectos mercantiles que ponía en circulación.
El cronista Camden Pelham ignora tanto la fecha como el lugar de nacimiento de Coster. Su crónica, redactada con posterioridad a los hechos, traza en primer término un itinerario social: joven abandonado a su propia suerte, habría ahorrado lo suficiente en sus recados y viajes entre Oxford y Londres para adquirir un caballo y una carreta, iniciándose así en el comercio de fruta. En Londres frecuenta a tratantes de ganado caballar, chamarileros y sujetos a quienes Pelham vincula con el fraude.
En 1810, Coster abre despacho en Queen Street, Bristol, presentándose como comisionista general y descontador de pagarés. Ese mismo año se halla recluido en Newgate, en la propia Bristol, bajo la acusación de haber obtenido mercancías mediante engaño. Sostiene Pelham que elude sin demora este primer procesamiento. Al año siguiente, encabeza una firma en Bread Street, en el distrito de St Philip. En 1814 se consuma su regreso a Londres. Se asienta primero en Eltham Place, junto a Kent Road, y más tarde en High Holborn y Basing Lane. En 1816 regenta una casa de comidas; en 1818 retorna al negocio del dinero en calidad de corredor mercantil, compaginando dicha actividad con un empleo de escribiente a las órdenes de Thomas Gray, abastecedor de provisiones.
Las señas continúan mudando. En 1819 pasa a Bridgewater Square, para luego abrir en 1820 en Staining Lane bajo la razón social de Coates and Smith; más adelante, la sociedad deviene en Smith and Martin. En 1829 abandona esta empresa para operar a escala más vasta como Young and Co., en Little Winchester Street, así como bajo el nombre de Casey and Coster en Great Elbow Lane. Semejantes denominaciones no designan forzosamente a una pluralidad de socios autónomos. Pelham asevera que Coster era el dueño efectivo de numerosas firmas y que tenía por costumbre hacer que una entidad recomendara a otra controlada por él mismo. De este modo, una fachada respondía por otra fachada.
Semejante movilidad no lo sustrae de continuo al brazo de la justicia. En septiembre de 1825 es procesado junto a Frederick Wilson por conspiración para defraudar. Wilson resulta convicto por obtener letras de cambio con engaños y condenado a siete años de deportación. En las sesiones siguientes, Coster comparece por una infracción análoga a propósito de un hombre llamado Marquet. Según Pelham, gasta sumas cuantiosas para desbaratar la acusación y alcanza un acuerdo con el querellante; los efectos mercantiles que habrían constituido las piezas de convicción se desvanecen. Logra librarse, por tanto, de una condena en aquella ocasión.
Las publicaciones de las sociedades mercantiles permiten seguir el curso ulterior de sus pasos. En febrero de 1826, una memoria comercial lo señala al frente de un almacén en Little Britain; en mayo, su nombre figura en la nómina de quebrados. Mantiene asimismo un escritorio en New Union Street bajo la razón de William Stoppe and Co. y libra letras de cambio contra Heslop and Co., harineros y comerciantes en grano de Yarmouth. Tales efectos son pagaderos en Esdaile and Co., corresponsal bancario de Lacon and Co. de Yarmouth, y ostentan el endoso de un tal «Comandante J. H. Montgomery». En 1827 circulan billetes suyos por Bristol y otras plazas. Un informe de septiembre da cuenta de que ha logrado ser admitido en una logia masónica con el nombre de De Coste. Durante los años venideros, los registros lo sitúan en Hatton Garden, Newgate Street, Westminster, Macclesfield Street, City Road y otros parajes. Las razones sociales se suceden: Davis and Co., Smith and Bruce, Young and Co., Brown and Co. Pelham despliega una prolija nómina de ellas, presentándolas como una red gobernada por la mano de un único individuo.
En el corazón de este engranaje reside una circular intitulada «Accommodation». En ella se promete a los comerciantes efectos londinenses debidamente aceptados por firmas de renombre, con plazos y cuantías ajustados a sus necesidades. El cliente abonaría una comisión de ocho peniques por libra; una vez obtenidos los pagarés, podrían ser descontados en una banca local o entre allegados acaudalados. El impreso contempla incluso la renovación del efecto a su vencimiento: un nuevo pagaré permitiría liquidar el primero en tanto las cosechas o los géneros proporcionaran suficiente liquidez. La promesa transforma el crédito en una cadena donde cada eslabón descansa sobre la fe otorgada al precedente.
Empero, la circular no se limita a exponer este mecanismo. Alardea de un rendimiento de entre el quince y el veinte por ciento, exige referencias comerciales y reclama el anticipo de la comisión, así como de los derechos de timbre. Coster promete aportar garantías y cartas de recomendación; la compostura general está concebida para infundir confianza en su solvencia y honorabilidad. Pelham afirma con rotundidad que las firmas o efectos entregados por las víctimas eran negociados después por el intermediario londinense en beneficio del propio Coster, en vez de transferirse según lo convenido. El cronista trae a colación el lance de un hacendado de Essex, quien obtiene de Coster dos pagarés por un total de doscientas libras y envía luego cien libras para cubrir el primero llegado su término. Un letrado se pone en contacto con él reclamando, no obstante, el cobro. En Little Winchester Street, Coster niega haber percibido suma alguna y arguye que la firma Young and Co. se halla en bancarrota. El hacendado parte de allí sin recobrar su dinero y sin hallar modo fácil de ventilar públicamente su propia imprudencia.
Pelham enumera igualmente partidas de género obtenidas sin contraprestación: una reserva de vino alemán, cerveza negra de Dublín y tablazón. En su versión de los hechos, la maleabilidad de los falsos nombres y los intermediarios impide a menudo a los perjudicados discernir la identidad de quien concertó la operación. Ciertos agentes, a veces antiguos mercaderes arruinados, perciben asignaciones semanales; Coster, relata el cronista, no vacilaba en esquilmarlos también a ellos en el reparto convenido. Semejante fábrica permite comprender por qué las pesquisas de 1833 no se ciñen a una simple transacción aislada: las autoridades se topan con una tupida urdimbre epistolar, con una pluralidad de nombres supuestos y con puntos convenidos de entrega.
En febrero de 1833, Coster y su dependiente Smith escriben a un tal Clarke, en Honiton, solicitándole que remita una partida de encajes a nombre de un tal W. Jackson a la posada de los Cuatro Cisnes, en Bishopsgate Street. Para sufragar el envío adjuntan tres billetes de diez libras. Clarke advierte la falsedad de los billetes y los pone en manos de Freshfield, procurador del Banco de Inglaterra, refiriéndole las circunstancias del envío. Se impone identificar al presunto destinatario «Jackson» y prenderlo con las manos en la masa; sin embargo, dicho nombre no conduce de inmediato a Coster. Se concierta entonces una celada: se despachan a la posada paquetes simulados como si provinieran de Honiton.
Smith se apersona para retirarlos. En el instante preciso en que recibe los fardos, es arrestado. El asunto no fenece con esta captura. Los pesquisas consiguen remontar el rastro hasta Coster, a quien hallan como cerebro de la trama, al tiempo que se reconoce su caligrafía en la epístola que contenía los billetes falsarios. La estratagema de los fardos suministra a la instrucción una prueba material incontestable y una secuencia de actos concatenados: los tres billetes adulterados se hallaban dentro de la carta de pedido, y el pulso caligráfico de Coster ataba de modo incontrovertible la correspondencia con la maquinación.
Tras comparecer en reiteradas ocasiones ante la Mansion House, ambos reos son remitidos a Newgate para ser juzgados. El 16 de abril de 1833, son declarados culpables en Old Bailey. Pelham destaca los testimonios de dos individuos que con anterioridad habían servido como instrumentos de Coster, quienes revelan la vastedad de sus maniobras. Hacia el desenlace de las mismas sesiones, Coster es sentenciado a la deportación de por vida. Smith, hallándose harto indispuesto para comparecer en ese momento, ve su fallo aplazado; más tarde se le condena asimismo a la deportación. La crónica no especifica el presidio ultramarino al que fue conducido Coster ni el destino que le aguardaba en adelante.
Al cabo de tantos años de errancia y mudanzas de portal en portal, este último lance sacó a la luz lo que las máscaras mercantiles habían velado durante largo tiempo.
