Al término de su carrera, Harry Benson se hallaba en Nueva York, en la prisión de The Tombs, tras haber vendido al público billetes falsificados para escuchar a Madame Patti. Había recorrido ya múltiples países, conocido las cárceles europeas y embaucado a banqueros, aristócratas y aficionados a las carreras. Y, sin embargo, aún era capaz de hallar un nuevo auditorio. Arthur Griffiths relata que, en su celda, Benson se precipitó desde lo alto de una galería y se lesionó mortalmente la columna vertebral. Este último ademán clausura una existencia donde cada detención había parecido anunciar una nueva empresa antes que un desenlace.
El relato de Griffiths es una síntesis retrospectiva, no un sumario judicial exhaustivo. Los episodios abarcan varias décadas, y no todos se consignan con fechas precisas. La referencia indudable es su libertad condicional en 1887 tras una condena británica; los lances ulteriores en Bélgica, Ginebra y México se presentan en la sucesión dispuesta por el autor. Lo que sigue distingue, por tanto, los hechos procesales explícitamente consignados de las estratagemas y sumas tales como Griffiths las refiere.
Châteaudun: la primera causa
Benson procedía, según Griffiths, de una familia de comerciantes parisinos de posición intachable. Había recibido una esmerada educación y parecía destinado a una carrera regular. Su primera estafa de envergadura se presentó, no obstante, bajo la apariencia de una suscripción patriótica. Tras la guerra de 1870, recaudó fondos en Londres para los habitantes de Châteaudun, ciudad duramente castigada por el conflicto. Habría obtenido mil libras antes de ser arrestado y condenado a un año de prisión.
Aquel primer asunto prefiguraba ya la traza de los venideros. El pretexto de una causa justa abría las puertas a las conversaciones; el dinero entregado en aras de la solidaridad podía esfumarse luego tras el intermediario que lo había recabado. La condena no menguó la fe que Benson abrigaba en su propio ingenio. Apenas recobrada la libertad, buscó una actividad donde el público, los caudales y la promesa de ganancias pudieran converger a gran escala.
Se asoció con William Kurr y urdió una trama de apuestas en Francia. El negocio se presentaba como una entidad deportiva respetable, respaldada por una gacetilla hípica e informaciones reservadas. Benson adoptó en particular el nombre de Hugh Montgomery. El periódico ostentaba una numeración destinada a conferirle solera y continuidad: el número 1713. Las apariencias hacían creer en una institución ya arraigada, al tiempo que los clientes confiaban en acceder a los resultados antes que el común y mudar la primicia en fortuna.
El falso periódico y los inspectores
Entre las víctimas, Griffiths cita a la condesa de Goncourt, quien habría perdido hasta diez mil libras, para ser requerida luego por otras mil doscientas adicionales. El dinero se reclamaba en nombre de un sistema cuya solvencia descansaba en el crédito de quienes debían vigilarlo. Cuando los inspectores británicos Meiklejohn y Druscovitch intervinieron en el asunto, distaron mucho de limitarse a perseguir a los estafadores: aceptaron sobornos y se trocaron en cómplices del fraude.
Otro detective, Clarke, rechazó la dádiva que Benson le ofrecía. Juzgado junto a los demás inspectores, resultó absuelto. Griffiths precisa que los otros agentes habían prestado su concurso a la estafa, mientras que Clarke se abstuvo de ello.
El tinglado se resquebrajó cuando los giros y las transacciones resultaron imposibles de encubrir. Benson y Kurr intentaron sustraerse al arresto. Narra Griffiths que pasaron por Alloa y cambiaron billetes de banco por pagarés del Clydesdale Bank, con la esperanza de despistar a sus perseguidores. Con todo, fueron aprehendidos en Róterdam. Ni siquiera los cerrojos anularon su capacidad de maniobra: un telegrama apócrifo, atribuido a un tal Froggatt, intentó franquearles el camino a la evasión.
Ambos socios acabaron denunciando a los pesquisas que los habían amparado. El escándalo cobró entonces una dimensión inaudita. Ya no se trataba solo de un fraude de alcance continental, sino de una causa contra quienes debían haberlo conjurado. Se sustanciaron juicios independientes, y los agentes implicados fueron condenados. Benson y Kurr sufrieron severas penas de trabajos forzados, en tanto Clarke salía libre de cargos. Griffiths hace hincapié en la impresión de vuelco que depararon aquellas vistas: los perseguidores comparecían como reos, y los penados habían suministrado parte de los cargos que obraban contra ellos.
Una excarcelación, después nuevas sociedades
En 1887, Benson fue liberado de Portsmouth bajo licencia, sujeto a condiciones de control judicial. Aquella soltura hubiera podido reconducirlo a una existencia vigilada y discreta. Griffiths lo muestra, por el contrario, reemprendiendo el camino e ideando nuevos ardides financieros. Cruzó a Bélgica, donde una trama de compañías mineras quiméricas le acarreó dos años de reclusión. El capítulo no transcribe la sentencia belga; se limita a engarzar dicha condena con la reanudación de sus mañas.
Tras dos años en presidio belga, Benson recaló en Suiza y se aposentó en los mejores hoteles de Ginebra haciéndose pasar por un acaudalado banquero estadounidense. Dejaba a la vista telegramas de sus compinches, colmados de cifras y cotizaciones bursátiles, con objeto de afianzar la certidumbre que inspiraba. En el hotel galanteó a la hija única de un cirujano general retirado del ejército de la India. La colmó de alhajas, obtuvo el consentimiento paterno para el matrimonio y persuadió a este de liquidar sus fondos en la India. Cerca de siete mil libras fueron remitidas a Ginebra y canjeadas por títulos sin valor alguno, que supuestamente doblarían las rentas del anciano. Reclamado en Nueva York, Benson partió precipitadamente; fue detenido al momento de embarcar, devuelto a Ginebra y puesto en libertad tras restituir cinco mil libras. Salió a la luz entonces que las joyas obsequiadas a su prometida eran falsas y que los valores apenas valían unas cuantas libras. Griffiths da cuenta de tales extremos sin reproducir los autos judiciales correspondientes.
La suma restituida no entrañaba una conversión a la probidad. Según Griffiths, quedó libre merced al reembolso de aquellas cinco mil libras. La marcha proseguía, alentada por la convicción de que la nación siguiente ignoraba aún sus nombres pretéritos. Las fronteras escindían las administraciones, los expedientes y los testigos; alzaban ante sus ojos sucesivas treguas previas a cualquier careo.
El último auditorio
En México, Benson acometió una nueva empresa, ceñida esta vez a la lírica. Vendió localidades a nombre de Madame Patti, haciéndose pasar por el apoderado de la célebre soprano, cuyo renombre bastaba para congregar a multitudes. Griffiths computa en veinticinco mil dólares el caudal amasado. Aquel que otrora invocara las ruinas de Châteaudun cobraba ahora por butacas en representación de una artista a quien jamás había servido.
Fue arrestado y extraditado a Nueva York. Encerrado en The Tombs, se encontraba al fin en una plaza donde no podía transformar su reclusión en una inmediata partida hacia otro confín. Refiere Griffiths que, en espera de juicio, Benson se quitó la vida arrojándose por encima de las barandillas desde una planta alta; sufrió la fractura de la columna vertebral. El autor no pormenoriza en su escrito las atenciones médicas postreras ni la fecha exacta del deceso. El acto subsiste como la escena final de la vida que dibuja, sin que quepa fabular más allá de lo que la fuente consigna.
De Châteaudun a las apuestas amañadas, de las sociedades mineras a las entradas teatrales, Benson jamás vendió una simple mercancía. Vendía la antesala de una certidumbre ya forjada: la solidaridad patriótica, la ciencia del hipódromo, la respetabilidad policial, la promesa de una veta o el aura de una diva. Las víctimas presumían que un nombre notorio respaldaba la operación; los policías venales prestaban al fraude un velo de amparo institucional. Las detenciones suspendían el curso del negocio, mas las excarcelaciones y los pasos fronterizos le permitían reanudarlo bajo otros cielos.
La trayectoria de Benson quedó jalonada por múltiples sentencias y una liberación condicional; entre los agentes juzgados por el fraude de las carreras, Clarke fue el único absuelto. El texto de Griffiths no reproduce las actas integrales de aquellos procesos, y los hechos descansan en su crónica retrospectiva. Muestra a un fullero que tomó en préstamo el ascendiente de causas benéficas, instituciones y celebridades, antes de que su última reclusión en Nueva York pusiera término a su fuga.
