La primera carta no se limitaba a prometer una fortuna: imponía el silencio. En enero de 1875, John Harvey, comerciante de la City londinense, recibió una misiva reservada en la que se le revelaba que un testamento relegado al olvido le asignaba cuarenta mil libras. El remitente firmaba como F. C. Judford, «nombre ficticio en parte y por pura necesidad», y encarecía a Harvey que contestara bajo sobre lacrado a un caballero llamado Herr von Howard, avecindado en Suiza. Dieciocho meses más tarde, en el estrado del tribunal de Old Bailey, el reo que respondía por Charles Howard comparecía inculpado de haber obtenido 380 libras bajo falsos pretextos. Su defensor impugnaba de raíz la potestad misma de la Corte para juzgarlo.
Howard había sido arrestado en Eisenach, en el ducado de Sajonia-Weimar, y entregado ulteriormente a las autoridades británicas en Hamburgo. Su abogado sostenía que las cartas decisorias procedían de Alemania, donde asimismo se había percibido el dinero; cuestionaba por ende la competencia de la Sala y la observancia del tratado de extradición. El juez Lush desestimó la necesidad de resolver este último extremo: el procesado se encontraba físicamente ante su tribunal, arguyó, bastando dirimir si las cartas expedidas en Inglaterra, remitidas a un destinatario en suelo patrio, habían servido para apoderarse allí de los fondos. Al ministerio fiscal le incumbía aún acreditar la presencia material de Howard en Inglaterra mientras se consumaba el fraude.
Los primeros testimonios del proceso remitían al hotel Rautzenkrantz de Eisenach. El maître del establecimiento, Hermann Zimmermann, recordaba a un forastero llegado tres semanas antes de aposentarse formalmente, quien reservó tres estancias y rubricó el libro de huéspedes como «Count von Howard». En noviembre de 1875 regresó acompañado de una mujer presentada por esposa y de un convoy de catorce o dieciséis baúles, que mantuvo a buen recaudo en un gabinete de trabajo cerrado bajo llave. Acudía en persona a retirar su correspondencia a la oficina postal; chapurreaba apenas el alemán y solía marcharse a primera hora para reaparecer de noche, sin revelar jamás su paradero.
El 21 de febrero sucesivo, el teniente de alcalde, Ernst Schmidt, se personó en la hostería tras recabar diligencias procedentes de Inglaterra. Careciendo Howard de pasaporte, según atestiguó Zimmermann, la autoridad alemana procedió a su captura en el propio gabinete. Aquella misma tarde, un juez instructor asistido por un catedrático local inspeccionó minuciosamente el equipaje y los papeles intervenidos. Entre los efectos aprehendidos figuraban sellos con blasones, cartas de decenas de comunicantes, sobres rotulados a nombre de «Judford» pendientes de reexpedición y dos cuadernos donde las identidades de Harvey y Williams figuraban junto a fechas, sumas pecuniarias o anotaciones reveladoras como «final coup». El profesor Carl Baltzar reparó asimismo en un escrito con el nombre de Richard Harvey y en una minuta inacabada.
Sin embargo, en la vista oral, la prueba cardinal no procedía de Alemania, sino del servicio de correos londinense. John Harvey relató el tenor de la primera epístola, fechada el 15 de enero de 1875 y asegurada con un sello de lacre negro. Afirmaba la carta que un acaudalado caballero, fallecido en 1870, había legado cuarenta mil libras al vástago de William James y de Isabella Harvey de Carnousie. Para conocer los pormenores, John debía prestar juramento de guardar sigilo. Remitió su contestación a la dirección del mentado von Howard, incluyendo en el envío un pliego cerrado para Judford, con su nombre anotado a lápiz a fin de facilitar su posterior reenvío.
El cruce epistolar se prolongó durante varios meses. Llegado febrero, el corresponsal comunicó que el difunto causante respondía al nombre de Richard Harvey, cuyo postrero testamento y codicilos habrían revocado una ordenación testamentaria previa. El presunto legatario debía satisfacer una provisión de fondos para rescatar el pliego custodiado por unos depositarios. En abril, la exigencia ascendió a 380 libras. Harvey envió inicialmente la mitad de un billete de cincuenta libras en calidad de fianza; en junio remitió las mitades de billetes por importe de 300, 20 y 10 libras, y a renglón seguido despachó las mitades complementarias mediante cartas certificadas. Jamás vio el testamento. Creyó en todo instante tratar con un apoderado que obraba por cuenta de un tercero y aseveró que no habría librado semejante capital de no haber dado crédito a aquellas promesas.
Una constancia material encadenaba aquellas misivas a la alcoba de Eisenach. Las cartas remitidas por Harvey habían viajado dirigidas a Howard a distintos puntos del continente, entre ellos Urach; un funcionario postal de dicha localidad exhibió ante el tribunal el registro rubricado por el encausado como «Howard» al retirar decenas de pliegos certificados venidos de Inglaterra. La causa desvelaba así un engranaje milimétrico: Harvey depositaba el correo en Londres, Howard retiraba los envíos en el extranjero y las respuestas retornaban a las direcciones británicas proporcionadas por Judford. La justicia alemana traspasó a los pesquisas británicos sobres, agendas, cuños y cartas hallados en los baúles. La acusación no descansaba, por ende, en la mera semblanza de una firma.
Una segunda trama epistolar emergió a nombre de Charles Henry Williams, antiguo parlamentario por Barnstaple. En 1873 había recibido de cierto «Tent» una carta de traza gemela que le prometía cincuenta mil libras reclamándole análogo secreto. Williams despachó billetes seccionados en dos mitades a sucesivos apartados, pero tampoco contempló jamás el testamento. Albergaba la convicción de que su primo Richard Harvey había dejado un opulento patrimonio relicto; la suma consignada ante el tribunal de testamentarías ascendía, conforme a la manifestación del actuario judicial, a algo menos de 350 000 libras. La fiscalía expuso estas maniobras como un ardid sistemático. Williams, no obstante, no figuraba como agraviado en el auto de acusación formulado contra Howard en aquel juicio.
Para sopesar la veracidad de la promesa hecha a John Harvey, los miembros del jurado oyeron el testimonio de quienes conocían de primera mano la auténtica última voluntad de Richard Harvey. El oficial del registro de Somerset House exhibió el documento original otorgado en 1868, completado por cuatro codicilos, e indicó que la protocolización testamentaria había quedado sellada en diciembre de 1870. Joseph Childs Batten, el solicitor redactor del instrumento público, testificó no haber tenido jamás constancia de ninguna otra disposición formalizada en su despacho. La crónica judicial no extiende esta deposición al examen de cualquier otra conjetura testamentaria concebible; bastaba para desbaratar el presunto documento ulterior que blandían las cartas.
Los sellos asumieron una función tanto dramática como probatoria. Zimmermann y Schmidt confirmaron haber visto en el gabinete un estuche de cuños; varias de aquellas improntas coincidían con las estampadas en las cubiertas remitidas a Harvey y Williams. Un posadero de Londres, Henry Markman, declaró que en 1873 le llegó desde Alemania un paquete encargándole distribuir múltiples cartas, selladas en su mayoría con lacre negro, a destinatarios que le eran del todo ignotos. El perito calígrafo Charles Chabot cotejó los escritos a nombre de Judford, las firmas de Tent, ciertas anotaciones en tinta encarnada, las firmas obrantes en los registros alemanes y una carta redactada desde prisión. Concluyó que gran parte de los documentos habían salido de la misma mano, si bien concedió que algunos trazos denotaban una grafía simulada y que su parecer se fundaba en comparaciones no exentas de disputa.
La incógnita de su identidad excedía con mucho el seudónimo de Judford. George Clarke, inspector de Scotland Yard, testificó que el sospechoso se identificó como Charles Howard al serle entregado en Hamburgo. Un funcionario del War Office, Matthew Wyatt Gunning, reconoció la letra atribuida a Talbot Bouverie Cleveland Wilmot, quien se desempeñara como amanuense temporal en el ministerio entre 1855 y 1858; manifestó su convicción de que las cartas obrantes en autos pertenecían a su puño, aunque admitió el dilatado tiempo transcurrido. Ciertos oficios ministeriales revelaban que Wilmot había rogado su readmisión tras una baja forzada por una lesión en el pulgar. Estos documentos fueron cotejados por la acusación pública, sin que ello eximiera al jurado de valorar su fuerza suasoria.
Howard rehusó pronunciarse sobre la excepción de jurisdicción, siguiendo las directrices de su abogado; el tribunal anotó de oficio una declaración de inocencia. Evacuadas las pruebas sobre las cartas y los giros dinerarios, la defensa reiteró que el reo no había pisado suelo inglés a lo largo de las negociaciones. El jurado, instado a pronunciarse específicamente sobre este punto de hecho, concluyó que el acusado sí estuvo en Inglaterra. El juez Hannen resumió los elementos del caso, en particular una misiva donde Howard pretextaba no haber sido sino un oficioso intermediario que hacía un favor a un amigo despachando pliegos. El jurado emitió veredicto de culpabilidad. El escrito de conclusiones provisionales atribuía las 380 libras a Richard Harvey, en tanto que la testifical esclareció que fue John Harvey quien las abonó.
Se le imputó seguidamente una condena pretérita dictada en febrero de 1864 bajo el nombre de Campbell Bouverie Cleveland Wilmot, por haberse apropiado de un libro mediante ardid; el reo se reconoció culpable de este antecedente. El inspector Clarke aseveró que Howard llevaba una década perpetrando semejantes añagazas y que había esquilmado sumas ingentes a otras personas, imputación de carácter general ajena al cargo formal por el caso Harvey. El tribunal le impuso una pena de cinco años de servidumbre penal. El fallo sentó la culpabilidad circunscrita a la causa enjuiciada; no zanjó, por sí solo, el misterio de la totalidad de las cartas intervenidas, el quebranto de Williams ni las restantes identidades que la fiscalía atribuía al encausado.
