Al despuntar el Domingo de Resurrección de 1819, cuando el carcelero penetró en su celda, George Wachs dio un paso al frente y manifestó que deseaba confesar el asesinato del zapatero Huber y de su familia. Detenido el 10 de abril tras habérsele hallado en posesión de diversos efectos robados, decidió adelantarse a las diligencias en la mañana de Pascua. Los convecinos habían descubierto a la familia en la aislada casería del Raschenhäuschen, en las inmediaciones de Vilsbiburg; las primeras declaraciones describían a un joven con capote azul a quien ya se había visto en el obrador. Sus sucesivas confesiones terminaron por esclarecer el verdadero móvil de aquella última visita.
James Huber, maestro zapatero, habitaba el lugar junto a su esposa Elizabeth y tres hijos de corta edad: Catherine, de nueve años; Michael, de tres, y un lactante de apenas dos meses. Una familia de jornaleros ocupaba la otra mitad del inmueble. El Jueves Santo, 8 de abril, una vecina vio a Elizabeth ausentarse y regresar cerca de las seis de la tarde. Oyó franquearse la puerta y percibió la risa de la joven mujer, cual si se hubiese topado con alguien en el interior. Más tarde, ningún ruido turbó la vivienda. A la mañana siguiente, las llamadas de los vecinos no obtuvieron respuesta hasta que Catherine, herida y presa del espanto, asomó a la ventana y descorrió el cerrojo de la entrada.
La justicia se topó con un escenario de pillaje y homicidio. Los armarios habían sido forzados, su contenido revuelto de par en par y faltaban numerosos bienes. El estado del taller revelaba que Huber había sido sorprendido en mitad de su faena. Los facultativos examinaron a las víctimas y sus heridas, dictaminando que la misma pesada maza de trabajo hallada en la estancia había servido como arma homicida. La inspección ocular no detectó signo alguno de violencia en los accesos exteriores, lo que indujo a colegir que el agresor había sido recibido en la casa o bien se había deslizado en ella sin infundir sospecha.
La pequeña Catherine no se hallaba aún en condiciones de ser interrogada formalmente: padecía fiebres altas y yacía con frecuencia en un estado de letargo. No obstante, los vecinos recogieron sus primeras palabras. Describió a un hombre envuelto en un capote azul y tocado con sombrero de copa alta, que ya en otra ocasión había visitado a su padre. Maria Wieser, cuñada del coarrendatario, confirmó que un forastero joven se había presentado el jueves por la tarde, aguardando largo rato en el taller. James, hijo del molinero, también lo había visto allí mientras cortaba los cabellos del zapatero; recordaba que aquel sujeto era parco en palabras y parecía haber bebido.
Las señas condujeron con presteza hasta George Wachs, aprendiz de carpintero al servicio del maestro Schneeweisser, en Soling. La noche del 10 de abril, la justicia procedió a su arresto. Ocultas entre sus ropas se hallaron dos hebillas de plata pertenecientes a un sombrero. A la mañana siguiente, antes de que los magistrados iniciaran el interrogatorio, declaró de motu proprio ser el autor material de los hechos y hallarse resuelto a entregarse al rigor de la ley. Esta declaración espontánea proporcionó a la instrucción un cuadro minucioso de la trágica tarde en el Raschenhäuschen.
Wachs explicó que había obtenido permiso de su patrón para desplazarse a Vilsbiburg con el fin de cumplir con sus deberes pascuales. Había pasado parte de la mañana de taberna en taberna junto a un joven campesino, Matthias Hingerl, quien acudía a recoger un reloj ya reparado, pieza que Wachs tuvo ocasión de examinar. De regreso, se despidió de su acompañante y se encaminó a casa de Huber para que le remendase una bota rasgada. Se entretuvo en el taller tras la marcha de otros visitantes. Poco después, la esposa del zapatero salió a comprar provisiones y los niños marcharon a jugar fuera. Huber y Wachs quedaron a solas.
En su confesión, Wachs admitió que ver el reloj de Huber encendió en él una codicia irresistible. Lo tomó en sus manos, inquirió su precio y supo que la leontina de plata se custodiaba en el piso superior. Declaró haber vacilado unos instantes, atacando de improviso al artesano en cuanto este no abandonó la estancia. Registró las alcobas en pos de la cadena y acopió otros objetos de valor. Al descender al taller, advirtió que Huber aún respiraba y lo arrastró lejos de la vista de la puerta. En ese instante regresaron los niños; Wachs reconoció haberlos golpeado para evitar que diesen la voz de alarma. Cuando Elizabeth traspuso el umbral, acabó asimismo con su vida. Respetó únicamente al recién nacido, a quien dejó tendido en el lecho, tras lo cual abandonó el caserío echando la llave por fuera.
La pequeña superviviente corroboró los extremos capitales de este relato. Interrogada el 30 de abril, una vez repuesta de sus lesiones, Catherine refirió cómo el mozo la arrojó al suelo junto a su hermano y la golpeó brutalmente al intentar ella auxiliar a su padre. Declaró haber fingido estar muerta y haber escuchado, instantes después, los pasos de su madre al entrar en el hogar. Si bien el testimonio infantil carecía de plena validez jurídica con arreglo al derecho probatorio de la época, numerosos pormenores coincidían con las confesiones del encausado y las deposiciones de los testigos.
Los magistrados procedieron a contrastar los efectos incautados. El reloj, prendas de vestir, piezas de metal y otros bienes fueron hallados en poder de Wachs o de terceras personas a quienes los había cedido. La leontina de plata, sin embargo, no apareció; el reo negó haber dado con ella pese a sus insistentes pesquisas. Las declaraciones testificales acreditaron igualmente que el reo había regresado a casa de su maestro poco después de las seis, prosiguiendo su velada con total naturalidad. Al día siguiente, propagada ya la noticia del crimen, comentó con aparente descuido que bien podrían citarlo ante el tribunal, por haber estado en la vivienda de los Huber la víspera.
El debate forense versó de modo primordial sobre la premeditación y la imputabilidad del reo. Wachs sostuvo que acudió con el único propósito de hacer remendar su calzado, sin designio alguno de robo o violencia, lo cual confirmó su compañero al dar fe de que la bota estaba rota. El relato de Feuerbach concede verosimilitud a este motivo inicial, si bien recalca que el aprendiz ya se había fijado con anterioridad en el reloj, y que su codicia se vio espoleada tras contemplar otra pieza similar aquella misma mañana. La acusación cimentó sus cargos en las confesiones, los efectos recuperados y la concatenación de los indicios. La defensa invocó la embriaguez y adujo que semejante atrocidad revelaba un trastorno mental transitorio. No obstante, varios testigos desmintieron que sufriera una intoxicación invalidante, y la corte desestimó ordenar ulteriores peritajes psiquiátricos.
El 28 de julio de 1819, el tribunal halló a George Wachs culpable de robo con homicidio en la persona de Huber, del asesinato de la esposa y del hijo, y de tentativa de asesinato en la persona de Catherine. Fue condenado a la pena de muerte por degüello con espada, sentencia que se ejecutó el 23 de octubre. La cadena de plata, tan afanosamente buscada por el asesino y verdadero detonante de la matanza, jamás pudo ser hallada.
