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Justicia y escándalos · Alemania

El príncipe que no existía

En 1825, James Thalreuter convence a sus padres adoptivos de que es el heredero secreto de un duque y les sustrae varios miles de florines valiéndose de cartas, pagarés y falsas urgencias. Un acreedor que acude a verificar un billete desencadena la investigación judicial. Tras su arresto, Thalreuter confiesa sus propios fraudes y luego acusa falsamente a terceros, obligando a las autoridades a comprobar minuciosamente cada una de sus revelaciones.

A finales de diciembre de 1825, un cochero llamado Block reclamó a James Thalreuter los setenta florines que este le adeudaba. Thalreuter le exhibió un pagaré de 450 florines, supuestamente suscrito por el letrado Schroll, prometiéndole saldar su deuda tan pronto como lo hubiese hecho efectivo. Block acudió ante Schroll para verificar el documento. El abogado negó de plano haber librado jamás semejante efecto y dio parte a la justicia. Las pesquisas subsecuentes revelaron que el joven, de apenas dieciséis años de edad, venía tejiendo desde el estío anterior la patraña de un linaje principesco para despojar de su hacienda a sus padres adoptivos. Feuerbach consigna minuciosamente los interrogatorios, las comprobaciones periciales y las acusaciones mendaces que dilataron el procedimiento.

James había nacido en Landshut en 1809, hijo natural de Barbara Thalreuter y del teniente coronel von Rescher, quien lo reconoció formalmente. Su madre falleció aquel mismo año. Destinado a la campaña de Rusia con el ejército, el padre confió la criatura al barón von Stromwalter, amigo íntimo de la familia. El barón y su cónyuge lo criaron a la par de un hijo propio. La baronesa detentaba la mayor parte del patrimonio conyugal; su marido, anciano ya y de carácter apocado, apenas tomaba determinaciones sin su anuencia. El afecto profesado hacia James distaba de ser mesurado: la baronesa disculpaba sus falsedades y extravíos, franqueándole libre acceso a los caudales y enseres de la casa.

Semejante condescendencia acarreó un precio exorbitante. James contrajo deudas, sustrajo pertenencias y llegó a apoderarse de setecientos florines del escritorio de su tutora. Al percatarse del desfalco, ella le otorgó su perdón. Guardáronse en lo sucesivo las llaves fuera de su alcance, mas la precaución no bastó para atajar la maquinación. A comienzos del verano de 1825, principió a urdir la fábula de un nacimiento distinto: aseveró ser vástago de un duque reinante —al que la crónica original designa únicamente con la inicial B.—, entregado en secreto al coronel von Rescher para preservarlo de un rival que ya habría mandado envenenar a un heredero legítimo.

El barón y la baronesa custodiaban, empero, su verdadera fe de bautismo. James sorteó el reparo documental pergeñando una serie de misivas presuntamente remitidas por el duque y por un oficial de su confianza, von Hautbing. Él mismo las portaba, caligrafiadas con un trazo apenas inteligible, y procedía a leerlas en voz alta a su madre adoptiva.as misivas ora expresaban gratitud al matrimonio por haber cobijado al príncipe, ora prometían sumas ingentes o anunciaban una visita que jamás llegaba a consumarse. James pretextaba que el dinero sufría demoras en el camino, o bien que su augusto progenitor se había visto obligado a partir antes de que pudieran presentarse. Ninguna de las cartas fue entregada jamás a un posta independiente, ni miembro alguno de la familia llegó a conocer a las personalidades que en ellas figuraban.

Hizo entrega asimismo de dádivas procedentes del presunto duque: sartas de perlas, un estuche y pendientes preciosos. Las perlas no eran sino abalorios vulgares, adquiridos en una juguetería con fondos hurtados; los zarcillos habían sido sufragados con el propio peculio de la baronesa. El mozo desaconsejó a los esposos someter las alhajas al dictamen de un perito, arguyendo que tal suspicacia ofendería a la casa soberana. Las joyas terminaron empeñadas para obtener préstamos usurarios, mientras los padres adoptivos persistían en creer que constituían el testimonio irrefutable de su opulencia venidera.

Sobre esta trama levantó James una segunda patraña: los esponsales inminentes del hijo del matrimonio, el teniente von Stromwalter, con una joven de la noble estirpe de los Waller. Afirmó que el compromiso estaba concertado y conminó a los progenitores a guardar riguroso sigilo para no malograr la sorpresa. Epístolas apócrifas les transmitieron parabienes en nombre del duque, de Hautbing y de un general. Acto seguido, solicitó caudales para constituir la fianza militar preceptiva previa a los desposorios. La baronesa le entregó dos mil setecientos florines. Sucedieron a este desembolso nuevas y apremiantes exacciones: que el teniente yacía arrestado por sedición, que se hallaba acosado por los acreedores o comprometido por una joven encinta. La madre malvendió muebles y le confió el producto de las ventas.

El oficial, que prestaba servicio en una guarnición distante, nada confirmaba de aquellas nuevas. James interceptaba la correspondencia o contestaba en nombre de su madre. En cierta ocasión en que una carta del teniente inquiría alarmada acerca de los gastos desmedidos de su hermano de crianza, James se incautó de ella antes de que la baronesa pudiera examinarla y redactó de su puño y letra la respuesta. La dama se limitó a añadir unas líneas autógrafas ignorando el tenor de lo escrito. De este modo, el silencio del militar, llamado a desbaratar las fábulas, quedó transformado en una tácita confirmación.

La baronesa enajenó títulos de deuda, pignoró bienes y acabó cediendo la pequeña heredad de Schwaig junto con las rentas que aún le quedaban. James sostenía que tales operaciones poseían carácter puramente provisional y se hallaban destinadas a dotar el futuro hogar conyugal. Presentábale asimismo pagarés para su rúbrica, ocultando con la palma de la mano el texto y asegurando entre risas que se trataba de un mero juego. Los documentos resultaron ser efectos cambiarios que el joven descontaba de inmediato. En breve espacio de tiempo, extrajo de sus padres adoptivos entre seis mil y ocho mil florines, según el cómputo que Feuerbach deduce de las actuaciones procesales. Despilfarraba el numerario en festines ostentosos y dádivas, al tiempo que los ancianos se hundían en la ruina.

La primera alarma judicial no procedió, pues, del seno de los Stromwalter, sino del cochero Block. El 5 de enero de 1826, Schroll atestiguó formalmente la falsedad del pagaré. Decretóse el registro domiciliario y James fue aprehendido el 11 de enero. Apenas transcurrido un día, la baronesa compareció reclamando su excarcelación. Admitió entonces que el joven le había sustraído no menos de setecientos florines, mas alegó haberle perdonado y se declaró dispuesta a satisfacer sus descubiertos. Cuando James hubo de confesar la falsedad de los pagarés y el conjunto de sus ardides, el matrimonio comprendió con amargura que la historia del príncipe encubierto no pasaba de ser una ruin impostura. Con todo, la certidumbre primitiva tardó en disiparse: aún abrigaban la vana esperanza de que el duque hiciese acto de presencia para remediar su infortunio.

En sus primeras comparecencias, James reconoció las sustracciones, los pagarés apócrifos y las mentiras. Sin embargo, no tardó en aseverar que Stang, un mercader de juguetes, había sido su instigador y cómplice. Señaló igualmente a un posadero apellidado Brechtal y a varios individuos más por delitos de estafa, falsedad e incluso por tramar un plan de envenenamiento. Sus declaraciones aportaban tal cúmulo de precisiones que los instructores abrieron nuevas vías de pesquisa y practicaron múltiples registros domiciliares. Fueron incautados diversos efectos a los encausados. El sumario cobraba volumen a medida que James ofrecía un nuevo documento que exhumar o un nombre más que pesquisar.

Las diligencias forenses desmoronaron aquellas incriminaciones una tras otra. Cierto billete de lotería reputado falso resultó ser enteramente legítimo. Determinados instrumentos tenidos por mero metal plateado eran de plata de ley; diversos objetos cuya propiedad se atribuía a los Stromwalter pertenecían de antiguo a Stang. El supuesto barrilillo clandestino que debía ocultar efectos incriminatorios no existió jamás, y las redomas que debían contener ponzoña no albergaban sino loción y aceite capilar. Varios hombres habían sufrido prisión preventiva sobre el mero testimonio de las fábulas del muchacho, siendo puestos en libertad una vez demostrada la inanidad de los cargos.

James hubo de retractarse de parte de sus dichos, persistiendo empero en otros a despecho de flagrantes contradicciones. Terminó por confesar que había fraguado la mayor parte de las acusaciones por un ciego afán de venganza. Sus móviles obedecían a mezquinos resentimientos: uno le había llevado la contraria en una disputa, otro censurado sus modales o exigido un pago excesivo por sus compras. Al término de veintiséis sesiones de interrogatorio, admitió que las inculpaciones dirigidas contra Stang y Brechtal carecían de todo fundamento, reconociendo que sus sucesivos alegatos de descargo no eran más que puras falsedades. La magistratura debió no solo desentrañar sus falsificaciones originarias, sino también la maraña de ficciones sobrevenidas que había ido incorporando al proceso.

El 25 de septiembre de 1826, el tribunal lo condenó a ocho años de reclusión con trabajos forzados por falsedad documental, estafa y reiterados hurtos. Halló la muerte en 1828 en la casa de corrección de Múnich, antes de haber purgado su condena. El falso príncipe no llegó a cumplir los veinte años. Los esposos Stromwalter habían liquidado su hacienda a cambio de una fortuna prometida en epístolas ilegibles. Había bastado que Block presentase un solo pagaré ante la persona cuya firma suplantaba para que todo aquel patrimonio de papel comenzase a desmoronarse irremediablemente.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El hijo del duque

En una ciudad alemana imaginaria, un adolescente criado por una familia patricia exhibe misivas suscritas por un soberano ignoto. Una archivera repara en que las fechas de tales despachos pugnan con el itinerario de las visitas prometidas. Teme hacer públicas sus dudas, pues la madre nutricia ya ha comprometido su patrimonio para financiar unos proyectados esponsales. Personajes y trama son de pura invención. Escoja «Nouvelle» para disfrutar de un misterio familiar conciso donde el peso de un linaje ilustre pone a prueba la fe ciega y el rigor de la comprobación documental.

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La firma usurpada

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo íntegro «James Thalreuter; or, the False Prince», páginas impresas 180–202, OCR líneas 7323–8198 inclusive; el capítulo sucesivo «The Kleinschrot Family» principia en la línea 8200. Lectura completa del capítulo. Feuerbach documenta las defraudaciones perpetradas contra los Stromwalter, la detención motivada por el pagaré redargüido de falso por el letrado Schroll, los interrogatorios y la paulatina desestimación de los cargos enderezados contra Stang, Brechtal y otros encausados. Sentencia condenatoria dictada el 25 de septiembre de 1826 a ocho años de reclusión con trabajos forzados; óbito del reo en 1828. El nombre del ducado invocado aparece encubierto bajo la inicial B. en la fuente impresa. Transcripción tipográfica y versión inglesa no cotejadas con la edición original, el texto alemán o las actuaciones judiciales manuscritas.

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