El sombrero estaba despedazado. La cinta y el peine hallados en el camino mostraban manchas de sangre. El 17 de agosto de 1660, al día siguiente de la desaparición de William Harrison, aquellos despojos guiaron a sus allegados hasta un campo de tojos. Se removió la tierra sin hallar rastro del anciano. No obstante, su criado John Perry no tardó en ser arrestado; pocos días después, señaló a su propia madre y a su hermano como los autores del crimen.
La compilación judicial de George Borrow, publicada en 1825, sitúa el inicio del proceso en Campden, en el condado de Gloucestershire. William Harrison, a sus setenta años, administraba los arriendos de Lady Campden. El 16 de agosto se encaminó a Charringworth para recaudar las rentas. Viendo que demoraba su regreso, su esposa envió a su criado, John Perry, a su encuentro. Ninguno de los dos volvió al caer la noche.
A la mañana siguiente, Edward Harrison, hijo de William, partió en su busca. Le hicieron saber que un hombre de aspecto semejante al de su padre había sido visto cerca de Charringworth; en otra aldea, nadie pudo confirmar su paso. En el camino de retorno, Edward y John tuvieron noticia de los efectos hallados por una pobre mujer entre Ebrington y Campden. Reconocieron el sombrero, la cinta y el peine como pertenencias de William. La sangre adherida al peine y los cortes que hendían las prendas conferían a la desaparición el cariz de un homicidio. Los vecinos de Campden —hombres, mujeres y niños— batieron los alrededores. La tierra no entregó cadáver alguno.
Las sospechas recayeron de inmediato sobre John. Este explicó que, tras salir en busca de su amo, había mudado de rumbo en repetidas ocasiones. Caía la noche; primero dio media vuelta para tomar un caballo, aguardó después ante la cancela de la casa, cruzó palabras con dos hombres a quienes topó en la senda y terminó acostándose en el gallinero. A medianoche, al advertir una luz en la alcoba de su señor, retomó la marcha. La niebla lo extravió. Aseguraba haber pasado el resto de la noche al amparo de un seto. Al día siguiente, interrogó a varios labradores, quienes confirmaron haber entregado veintitrés libras a William Harrison. Distintos testigos respaldaron varios puntos de su declaración. Sin embargo, tras seis días de custodia, el desaparecido seguía sin aparecer.
Fue entonces cuando los relatos comenzaron a multiplicarse. John habló primero de un calderero que habría dado muerte a su señor, luego de un sirviente de la comarca y, por último, de un cuerpo oculto bajo un montón de habas. Ninguno de aquellos parajes condujo a William. El 24 de agosto, ante el mismo magistrado, John admitió que su señor había sido asesinado, mas negó haber ejecutado el crimen. Acto seguido, acusó a su madre, Joan, y a su hermano Richard.
En la confesión consignada durante la audiencia, John relató que su familia subsistía gracias a su colocación en casa de Harrison. Su madre y su hermano lo habrían instigado a averiguar la fecha precisa en que el administrador saldría a cobrar los arriendos. Afirmó haber avisado a Richard y haber seguido luego a William a corta distancia. Cerca de la iglesia de Campden, según sus palabras, halló a su hermano inclinado sobre el cuerpo y a su madre de pie junto a él. Sostuvo que Richard había estrangulado al anciano y despojado su faltriquera de una bolsa de monedas, que entregó a Joan. El plan, declaró, consistía en arrojar los restos cerca de un molino. John aseveró haber desgarrado después el sombrero, la cinta y el peine de su amo para diseminarlos por el camino y fingir un asalto. Así, los vestigios que habían desencadenado las pesquisas se convertían, en su versión, en el artificio de una impostura.
Joan y Richard fueron prendidos. Negaron el cargo y rechazaron asimismo la imputación de un robo previo de ciento cuarenta libras cometido en la morada de Harrison. A falta de cadáver, el juez se negó en un principio a encausarlos por homicidio. Los tres comparecieron, no obstante, bajo la acusación de allanamiento y se declararon culpables de dicho delito menor. John sostuvo sin titubeos que su madre y su hermano habían ultimado a Harrison y denunció además que habían intentado envenenarlo en la cárcel. En la siguiente sesión de las assizes se reanudó la causa por asesinato. Se exhibió su confesión; John alegó entonces haberla formulado en un acceso de locura. Los tres fueron hallados culpables en la sesión de la primavera siguiente y ejecutados en las inmediaciones de Campden. John fue ahorcado con cadenas. Su declaración, que él mismo atribuía al desvarío, continuaba siendo el único indicio que ligaba a su madre y a su hermano con el suceso; el cadáver jamás se había encontrado.
Cerca de dos años después, William Harrison reapareció en Campden. El hombre cuyas tierras se habían rastreado y por cuyo supuesto crimen tres personas habían perecido no estaba muerto. Entregó al magistrado Thomas Overbury una carta donde daba cuenta de su prolongada ausencia. Según su testimonio, en Charringworth tres jinetes lo habían asaltado en una angosta vereda, hiriéndolo a estocadas para llevárselo a caballo. Lo habían desvalijado primero junto a un almiar y arrojado a una cantera; tras sacarlo de la fosa, volvieron a montarlo; uno de ellos le habría llenado después los bolsillos de dinero antes de conducirlo a una casa aislada en el páramo. La mujer que les abrió se asombró de que le llevaran a un hombre que apenas lograba articular palabra. Solo permitió entrar en el aposento a una niña; la partida pasó allí la noche y le dio un caldo. Al amanecer, los hombres lo llevaron de nuevo a lomos de caballo rumbo a la costa. En Deal fue embarcado en un bote y luego en un navío donde curaron sus heridas.
La misiva daba cuenta a continuación de un segundo cautiverio, esta vez a manos de naves turcas. Tras unas seis semanas a bordo del primer buque, Harrison afirmó haber sido transferido a una nave turca y encerrado en una bodega en penumbra. Conducido a tierra junto a otros cautivos, permaneció retenido cuatro días y medio antes de ser adquirido por un médico de ochenta y siete años afincado cerca de Esmirna. Aseguró haber servido a este hombre bajo el nombre de Bell. El galeno, que en el pasado había viajado a Inglaterra, solía hablarle de Crowland, en Lincolnshire. Harrison habría permanecido en su casa cerca de dos años, hasta que su amo cayó enfermo y le aconsejó emprender la huida. Carente de dinero y de documentos, alcanzó un puerto y suplicó pasaje a dos marineros de una nave de Hamburgo. Estos vacilaron, pues una inspección podía costarles las mercancías y la libertad; finalmente lo ocultaron bajo tablas y fardos, burlando el registro del barco. Arribó a Lisboa. Allí, un compatriota oriundo de Lincolnshire lo socorrió para costear su travesía hacia Inglaterra. Desde Dover, Harrison llegó a Londres, obtuvo fondos para proseguir el camino y alcanzó Crowland antes de regresar a Campden.
Aquel retorno derribó por completo la acusación que había llevado a la muerte a Joan, Richard y John Perry. Harrison consignó por escrito que aquella noche no vio a la madre ni al hermano de John Perry y que ignoraba la identidad de sus secuestradores. John había persistido en acusar a su propia sangre; su testimonio los había conducido al patíbulo en ausencia de todo cadáver. La carta no esclarecía las razones por las cuales el criado había mentido, ni por qué urdió escondrijos imaginarios. Tampoco lograba identificar a los asaltantes que lo habían interceptado.
El enigma cobró un cariz despiadado: un hombre reaparecía tras dos años de ausencia, mientras tres personas yacían muertas tras ser condenadas por su supuesto asesinato. La sangre sobre el peine había incitado a una comunidad entera a buscar un cuerpo inerte; la confesión de John pareció bastar para ocupar su lugar. Cuando Harrison reapareció, los ajusticiados ya no podían responder.
