John Barton se había especializado en forzar con rapidez los postigos de las tiendas. Solo arriesgaba estas fracturas en aquellas casas o comercios donde esperaba obtener un botín lo bastante cuantioso como para vivir una o dos semanas sin reincidir. Sin embargo, sus ganancias se disipaban con premura: dilapidaba el dinero en el juego y con mujeres de mala vida, para luego regresar a las raterías callejeras hasta que se presentara una nueva ocasión propicia.
Nacido en Londres, Barton había tenido padres en posición desahogada y dispuestos a costear su instrucción. No obstante, desatendió las lecciones y prefirió la compañía de los muchachos de su edad; refiere el cronista que olvidó con presteza casi todo cuanto se le había enseñado. Su padre, persuadido al fin de que apenas sacaría provecho alguno de la escuela, lo retiró del establecimiento para colocarlo como aprendiz con un carnicero. Barton se condujo según el gusto de su maestro, quien le cobró aprecio, y concluyó su aprendizaje con una reputación todavía aceptable. Sus amigos le ayudaron después a establecerse por su cuenta. El negocio le reportaba lo suficiente para sustentar a su familia, según la crónica; sin embargo, Barton se impacientaba con la fatiga del trabajo ordinario y ambicionaba el dinero que creía poder procurarse sin esfuerzo.
Sus antiguas compañías se habían convertido en ladrones experimentados. Estos le hacían ver, según consigna la relación de la época, que no existía tanto peligro como se decía y que un hombre resuelto salía siempre bien librado. Barton no precisó de muchos ruegos para dejarse convencer. Tomó parte en las andanzas de sus camaradas, si bien no tardó en consagrarse sobre todo al escalo y la fractura, rama del robo en la que adquirió notable destreza. Su habilidad no tardó en valerle el aprecio del grupo. Entre los sujetos que trataba figuraba Yorkshire Bob, tenido por el mejor salteador de aposentos de la ciudad.
Bob invitó un día a Barton a su morada, en las inmediaciones de Red Lion Fields, y le propuso dos o tres golpes contra viviendas del vecindario. Barton los juzgó en demasía arriesgados. Para demostrarle que una operación audaz podía coronarse con éxito, Bob se propuso robar en solitario y a plena luz del día la platería que una dama viuda guardaba en la estancia del mayordomo. Vistió la librea del lacayo de otra distinguida señora, bien conocida en la casa de la viuda. Los sirvientes lo tomaron por el nuevo criado de aquella dama y conversaron con él sin recelo alguno; Bob los entretuvo con historias amenas hasta el momento del almuerzo, instante en que el ajetreo en torno a la mesa desvió las miradas.
Mientras el estrépito del servicio acaparaba la atención general, encendió un artefacto incendiario junto a la chimenea y lo introdujo en un armario donde se acumulaba la ropa sucia. Al divisar el humo, dio la voz de fuego. El servicio bajó a toda prisa, y el tumulto subsiguiente le permitió apoderarse de la platería codiciada. La sacó a la vista de todos, mientras la humareda cegaba a los presentes. Al día siguiente, se inquirió a la otra señora sobre el paradero de la vajilla de plata que se había llevado su flamante lacayo. Esta repuso que no había contratado criado alguno en el último año; descubierta quedó entonces la suplantación de identidad, mas ya era tarde para recuperar las piezas. Bob se alzó a solas con la plata; la crónica presenta aquella hazaña como una lección destinada a persuadir a Barton de que emprendiera empresas mayores. Con todo, este no adoptó semejante estratagema.
Barton prefirió un método más discreto: sabía desencajar los postigos con rapidez para abrirse paso. No deseaba secundar a Bob en aventuras tan temerarias y se mantuvo prudentemente al margen de sus planes. Circunscribía estas fracturas a aquellos recintos donde confiaba en hallar una suma lo bastante cuantiosa como para que el provecho lo mantuviera alejado del latrocinio una o dos semanas. El cronista apunta que conocía el peligro que entrañaba cada intento; el valor del botín previsto debía justificar el riesgo a sus ojos. Agotado el dinero, se unía a bandoleros de camino, quienes le proporcionaban el sustento hasta que pudiera violentarse otra tienda o vivienda.
Un platero avecindado no lejos de su aposento le brindó la ocasión apetecida. Barton sabía que el mercader custodiaba un surtido considerable de finas tabaqueras, cadenas de oro, sortijas y otras menudencias de gran valor. Sustrajo de allí dos cadenas de oro, cinco collares de igual metal, setenta y dos cucharas de plata y multitud de otros objetos. Creyó haber asegurado con ello sus dispendios para todo un año. Pocos días después, forzó la entrada de la casa y comercio de la señora Higgs, de donde extrajo cien pares de medias y otras mercancías estimables. Imprudente a la hora de deshacerse del fruto del expolio, despertó las sospechas de un alguacil, quien procedió a su arresto y posterior traslado a Newgate. En las siguientes sesiones del tribunal, Barton fue declarado culpable de ambos delitos: los robos perpetrados en perjuicio del platero y de la señora Higgs, desvinculado por completo del lance de Bob. Carecía de amistades influyentes que pudiesen interceder en su favor, y ningún indulto parecía factible.
El texto consigna que, hallándose sentenciado a muerte, mantuvo el mismo semblante risueño y jovial que había ostentado en los períodos más disolutos de su existencia. Al comunicársele que su nombre figuraba en el mandamiento de ejecución, sonrió; añade el cronista que Barton interpretaba la estupefacción de los presentes como un tributo a su gallardía. Sus allegados y los ministros de la fe intentaron persuadirlo de que depusiera semejante ligereza, en particular en la capilla, donde los demás condenados atendían a sus deberes espirituales. Ningún caso hizo de sus exhortaciones. Desconcertados al principio por su conducta, sus compañeros de infortunio no tardaron en dejar de censurar su jovialidad y comenzaron a imitarla ellos mismos. Barton perseveró en tal talante hasta su postrer aliento.
Murió en Tyburn el 14 de marzo de 1725, con apenas veintitrés años, sin haber modificado su actitud hasta el mismo pie del cadalso. El relato subraya el contraste entre el joven aprendiz transformado en maestro carnicero y el hombre que prefirió arrojarse al ocio y a los placeres antes que contentarse con el fruto de su honesto oficio. Buscaba cuantiosos botines para hurtarse, por unos pocos días, a la necesidad de delinquir. Barton había elegido violentar postigos, y sus dispendios volvían a empujarlo sin cesar hacia los caminos y el allanamiento. Halló la ruina al pretender negociar las presas arrancadas al platero y a la señora Higgs.
