Ante la horca, James White preguntó al clérigo que lo acompañaba qué debía hacer. El hombre le habló; White juntó las manos y gritó: «Señor, recibe mi alma». La crónica recoge este gesto final tras una vida que juzgaba largo tiempo privada de instrucción y de discernimiento. Narra la historia de un muchacho enviado a la deportación por el robo de tabaco, una fuga por los bosques americanos, el regreso a Inglaterra y una segunda condena por haber vuelto contraviniendo su pena. El 6 de noviembre de 1723, rondando los veinticinco años, White murió sin haber podido recobrar una existencia libre.
Hijo de padres a quienes la relación califica de honrados, su miseria era tal que no pudieron costearle la escuela, ni se cuidaron tampoco de procurar su ingreso en una institución de caridad. El cronista convierte esa falta de instrucción en la explicación general de su conducta, vinculándola a sus apetitos de sustento y carne. Semejante teoría le pertenece en exclusiva. El relato establece, con mayor certeza, que White desempeñaba labores precarias, que hurtó tabaco y que la justicia lo sentenció a ser transportado a ultramar.
Siendo aún joven, sustrajo treinta libras de tabaco pertenecientes a Perry, un negociante de Virginia. Juzgado en Old Bailey, fue embarcado en un navío de presidiarios. Los cautivos recibían cada día una pinta y media de agua dulce y un pequeño pedazo de carne salada. La crónica recalca la dureza de su reclusión bajo cubierta: permanecían encadenados de dos en dos, en un habitáculo donde la marinería los custodiaba para frustrar cualquier conato de fuga. No precisa el autor la duración de la travesía ni el nombre del bajel, limitándose a describir a unos reos apenas alimentados, enclaustrados y sujetos con hierros para resguardo de la tripulación.
A la llegada a tierras americanas, un imprevisto alteró su suerte. El sobrecargo cayó presa de una dolencia que, a decir del autor, afligía a los recién llegados que descuidaban las normas de la templanza. Endeudado con su médico, huyó a toda prisa. White y otros cinco convictos quedaron entonces desprovistos de amo inmediato, según la crónica. White buscó refugio en los bosques y subsistió en la más absoluta indigencia. Topó con familias nativas que, según escribe el relator, le procuraron sustento y amparo en la medida de sus fuerzas. Aquella ayuda le permitió sobrevivir, pero dejaba sin resolver el retorno a una vida ordinaria.
White dio finalmente con unos sirvientes ingleses. Les refirió su deportación y su huida, y estos se apiadaron de él. Lo socorrieron en repetidas ocasiones y acabaron acomodándolo con un hacendado. Allí se afanaba penosamente, si bien no le faltaba qué comer. Poco después se le ordenó acarrear grandes vasijas de agua por las rocas hasta el navío surto en la bahía. Se hirió los pies de forma tan severa que, tullido, no pudo proseguir la labor. La familia se cansó de mantenerlo en semejante estado. El capitán de una nave lo tomó a su servicio para los quehaceres de cocina que aún era capaz de cumplir y lo condujo de vuelta a Inglaterra.
A su llegada, White acudió en busca de sus allegados a la parroquia de Cripplegate. Les refirió lo acaecido, asegurándoles que había sido devuelto a su patria de forma casi tan certera como cuando lo despacharon a ultramar. Siendo ellos demasiado pobres para ocultarlo, se vio obligado a ganarse el sustento pregonando fruta por las calles, oficio modesto pero honrado, según la crónica. En él perseveró varios meses, sin que constara al autor la comisión de nuevas faltas. La reanudación del trabajo no borraba la realidad jurídica de su retorno: el peso de su antigua condena continuaba ligado a su nombre. Aquel tiempo de labor honrada no bastó para ponerlo a resguardo de un nuevo prendimiento.
Hombres dedicados, o que fingían dedicarse, a la pesquisa de fugitivos regresados del destierro lo reconocieron y le echaron mano. En el siguiente periodo de sesiones de Old Bailey fue declarado culpable al amparo de la ley contra el retorno de los reos transportados. White alegó que era aún de muy corta edad y suplicó ser devuelto a ultramar, prometiendo permanecer allí el resto de sus días. El tribunal había resuelto no mostrar clemencia con quienes tornaban a Inglaterra, juzgándolos individuos en extremo peligrosos y proclives a la rebelión cuando se sabían desahuciados de toda esperanza. El nombre de White fue rubricado en la orden de ejecución.
La crónica se detiene entonces en su comportamiento dentro del penal. Antes y después de dictarse la sentencia se mostraba, afirma el texto, indolente, díscolo y fastidioso para los demás condenados. Refiere que importunaba a las mujeres que acudían a visitar a los presos, aun a las más púdicas, atosigándolas con palabras indecorosas. Consta asimismo que incurrió en actos disolutos en el recinto carcelario, con gran asombro de aquellos a quienes el propio redactor califica de depravados. Otros reclusos elevaron quejas contra él, teniéndolo por un tormento añadido a su propia desdicha. Reprendido por sus pares, achacó su proceder a la ignorancia, manifestando al tiempo que no podía tolerar las injurias, amenazas y malos tratos de sus compañeros. Estas descripciones dan fe tanto del juicio moral que emitía el redactor como de las ásperas relaciones que White mantuvo con quienes compartían su celda.
Desde aquel instante, prosigue la relación, acudió con mayor celo a las pláticas religiosas. El cronista describe este cambio no sin reservas, vinculándolo a la limitada capacidad de discernimiento que atribuía a White. Antes de morir, no obstante, dio muestras, según su testimonio, de un sincero arrepentimiento.
El ministro no llegó a administrarle el sacramento, por estimar que White no comprendía con suficiencia su naturaleza ni la devota preparación requerida. Al pie del patíbulo se vio sobrecogido por el asombro. Miraba en derredor y preguntaba qué debía hacer. El clérigo se lo indicó; White unió con fuerza las manos y pronunció la súplica que abre esta última escena. La relación no menciona despedida alguna a su familia ni palabra añadida a la multitud congregada.
Su primer fallo judicial obedeció al hurto de tabaco; el segundo, a haber burlado el confinamiento de ultramar. Entre una y otra condena conoció la travesía encadenado, el desamparo en la floresta, el auxilio de familias aborígenes, la servidumbre con un hacendado truncada por sus pies llagados y el duro trajín por las calles de Londres. Nada en el expediente revela que cometiera un nuevo delito tras su vuelta; empero, la vieja sentencia bastó para arrastrarlo al cadalso. White fue ajusticiado el 6 de noviembre de 1723. La crónica compone con su vida un relato de ignorancia y expiación; los hechos que consigna trazan también el amargo derrotero de un reo que regresó de América y a quien la ley devolvió a la muerte.
