El muchacho creyó al principio que un carruaje había volcado. En la noche del 30 de abril al 1 de mayo de 1811, en el camino entre Hemsbach y Laudenbach, escuchaba a un hombre pedir auxilio. Se dirigió hacia la voz; pero otras palabras lo detuvieron. Se exigía dinero. Se proferían amenazas de muerte. El ruido sordo de los golpes terminó de advertirle que no se trataba de un accidente.
Portador de un despacho urgente, el joven correo retrocedió para dar la voz de alarma en Hemsbach. Los hombres reunidos para salir en busca de los agresores toparon con un postillón y su coche vacío. Había sido golpeado e ignoraba la suerte de sus pasajeros. Un poco más adelante, dos hombres avanzaban sosteniéndose el uno al otro. Los bandoleros habían desaparecido. El camino devolvía a las víctimas, pero callaba aún el nombre de los culpables.
Jacob Rieder procedía de Winterthur; Rudolph Hanhart, de Zúrich. Regresaban de la feria de Fráncfort. Rieder, de cuarenta y cinco años, dejaba seis hijos. Hanhart había quedado inconsciente apenas bajó del carruaje. Al volver en sí, halló a su compañero tendido en el suelo y le ayudó a incorporarse. Condujeron a ambos a la posada. Allí fue posible contar las heridas, pero fue imposible obtener la descripción de un solo atacante.
El baúl reventado, prendas dispersas y garrotes ensangrentados jalonaban el paso de los ladrones. Un poco más arriba, hacia el Odenwald, un rastro de cenizas y una cinta marcada con las iniciales de Rieder delataban su retirada. Los pesquisas difundieron la relación de los efectos sustraídos. Era todavía un caso sin rostros, pero disponía ya de un inventario.
Rieder pidió ser trasladado a Heidelberg. Los auxilios médicos no impidieron su muerte, acontecida el 5 de mayo. Su hijo mayor llegó tras el sepelio: había recorrido el camino para socorrer a un padre que la medicina ya no podía devolverle. A partir de ese instante, la instrucción versaría sobre un robo con homicidio.
Unos días antes, los futuros asaltantes se habían congregado junto a una hoguera, en el corazón del macizo montañoso. La relación que el magistrado Ludwig Pfister extraerá de sus declaraciones no describe allí ningún conciliábulo solemne. Se buscaba una ocasión de ganar algo, lo que equivalía a robar; ninguna propuesta prosperó y resolvieron descender hacia el camino real. Hölzerlips llegó a la sazón y se incorporó a la partida.
Su verdadero nombre era Georg Philipp Lang. Se había dedicado a vender quincalla de madera, de donde procedía el apodo que acabaría recalando en las gacetas. A estar por su testimonio, su existencia se había torcido tras una condena por vagabundeo y la quiebra de su matrimonio. Pfister consigna este alegato sin suscribirlo. El buhonero conocía en adelante aquellas casas donde era posible beber, comer al fiado y regresar con el botín de una correría.
Una primera noche resultó estéril. Dos carruajes se seguían de cerca; Hölzerlips juzgó a sus hombres demasiado escasos para atacarlos a la vez. Al día siguiente, se les vio en casa de la viuda Geiger, en Oberlaudenbach. Georg Schmitt les propuso desvalijar un molino. Consideraron el negocio de poca monta. El tráfico de la violencia requería, al igual que cualquier otro, tasar con rigor el provecho de una marcha.
Volvieron a descender. No importunaron a dos viandantes al colegir que prometían escaso beneficio. El hambre empujó luego a los hombres hacia la cocina de una posada, donde comenzaron a preparar un allanamiento; el rumor de un coche los distrajo al punto de su propósito. Aquel vehículo conducía a Rieder y a Hanhart.
Hölzerlips sujetó los caballos. Sus cómplices hicieron apearse al postillón y aporrearon la caja para aterrorizar a los viajeros. Estos saltaron al camino y recibieron los golpes. En las declaraciones reunidas por Pfister, el «alto Andres» se ensañó de forma particular con Rieder. Entretanto, otros forzaban el cofre; Hölzerlips les prestó auxilio. No todos consumaron los mismos actos. Todos se reunieron luego para repartirse los despojos.
El regreso incluyó una parada en una casa donde habían dejado pendiente una deuda de manutención. Se saldó con el dinero robado; un pañuelo obsequiado al amo del lugar remató la liquidación de las cuentas. Aquellos efectos que resultaba imposible dividir se asignaron mediante compensación entre los socios. Un reloj mudaba así de dueño por segunda vez, antes siquiera de que su verdadero poseedor hubiera podido reclamarlo.
La fuga no fue duradera para todos. Cerca de Sickenhofen, unos lugareños persiguieron a varios sospechosos que arrojaron sus fardos en la huida. Un hombre arrestado bajo el nombre de Valentin Schmitt terminó por confesar que era Veit Krähmer. Las ropas halladas en los bultos concordaban con el inventario remitido por la autoridad. Reconoció su participación y reveló los apodos de sus compinches.
En Heidelberg, Hanhart reconoció los objetos. No reconoció ni el rostro ni la voz del cautivo. Esta reserva posee tanto valor como la identificación misma: las pesquisas progresaban gracias a los bienes, las confesiones y sus cotejos, sin transformar al superviviente en testigo de lo que no había llegado a ver.
Las señas fisonómicas circularon de un tribunal a otro. Varios sospechosos habían caído ya en otras jurisdicciones bajo nombres falsos. Hölzerlips se hallaba preso en Hanau; trasladado a Heidelberg, negó toda implicación hasta los careos de finales de junio. Refiere Pfister que admitió entonces su culpa. Faltaba aún un reloj: Lang manifestó habérselo entregado a Catharina Weis, su compañera.
La mujer se negaba a desvelar su escondrijo. Había sufrido las amenazas de Hölzerlips; también padeció intimidaciones y apremios durante el interrogatorio. Cuando Lang revocó sus amenazas ante ella, indicó el paraje donde había enterrado el reloj, en la prisión de Steinheim. Salió una requisitoria; el objeto fue hallado intacto con su cadena y restituido. El hallazgo confirmaba un dato. No legitimaba, sin embargo, los rigores empleados para arrancarlo.
La cárcel no retenía a los reos sin zozobras. Basti, uno de los más jóvenes, logró burlar los cerrojos de su celda y ganar las riberas del Neckar. Permaneció oculto en el agua, bajo una caseta de baños, mientras duraban las batidas. Los bandos cursados a las villas comarcanas y la recompensa prometida permitieron su captura al día siguiente. Aquella evasión demostraba cuán precaria era la urdimbre de la justicia: urgía custodiar a los reclusos, verificar identidades y lograr que las noticias viajaran con mayor celeridad que los prófugos. Una captura aislada no bastaba para dar carpetazo a la causa.
Las actuaciones pasaron al tribunal de Mannheim. La gravedad de las penas en juego exigía letrado de oficio; el apéndice publicado por Pfister detalla esta fase plenaria, tras meses de una instrucción cuyas diligencias él mismo había capitaneado. El 31 de julio de 1812, en Heidelberg, Hölzerlips, Manne Friedrich, Veit Krähmer y Krämer Mathes escucharon públicamente su sentencia de muerte antes de ser conducidos al patíbulo.
El camino había entregado objetos, nombres y, por fin, cuerpos a la justicia. Un reloj había recuperado a su dueño. Para los seis huérfanos de Jacob Rieder, no existía correo alguno en el mundo capaz de traerles semejante restitución.
