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Bandidos y caminos reales · Alemania

La llave del otro lado

Fetzer sabe cómo escapar de las prisiones y cruzar las fronteras. Sin embargo, un cadáver anónimo y unas pistolas robadas devolverán su destreza de bandolero ante los jueces de Colonia.

La llave colgaba del otro lado de la puerta. Semejante detalle, en una prisión, debió haber tranquilizado a todo el mundo. Mathias Weber vio en él el comienzo de su libertad.

El recluso al que apodaban Fetzer ya había intentado abrirse paso hacia el exterior; tras ser descubierto, lo habían encerrado a mayor altura en la torre de Colonia. Arrancó una tabla, forzó una primera puerta y descendió hasta la siguiente. Allí, una gatera practicada para los gatos le permitió atisbar el pasillo. Los guardias se habían alejado. Con un trozo de madera hizo caer la llave, la arrastró con dificultad hacia sí y la probó. Giraba. Aquella torre reputada inexpugnable acababa de perder a su prisionero por un hueco reservado a un animal doméstico.

Johann Nikolaus Becker da cuenta de esta evasión en su historia judicial de 1804. El narrador conocía los tribunales y a los hombres que describía; sentía asimismo, ante la destreza de Fetzer, una admiración que su libro apenas disimula. Dicho asombro vuelve a veces al bandido más seductor de lo que sus víctimas habrían deseado. Pues aquel hombre menudo y enjuto, lo bastante ingenioso como para fatigar a los cerrajeros, distaba mucho de ser un simple bromista a expensas de sus carceleros.

Nacido en 1778 en la región de Krefeld, Weber había conocido el servicio militar, el saqueo y los caminos atestados por la guerra. Una de sus primeras andanzas relatadas por Becker fue el asalto a una diligencia postal cerca de Arnhem. Varios soldados desprendieron un baúl y hallaron oro en su interior. El dinero gastado con premura, las ropas mejoradas y una vida de pronto más desahogada despertaron la atención de un superior. Unos cuantos ducados bastaron, según la crónica, para acallar su curiosidad. Aquella primera pesquisa se habría clausurado así en el preciso instante en que comenzaba a dar frutos.

De vuelta en las inmediaciones de Krefeld, Fetzer frecuentó tugurios donde se acogía a vagabundos, ladrones y mercancías cuya procedencia era prudente no indagar. Allí reencontró a individuos ya avezados en el allanamiento de morada. Sus asociaciones eran mudables, al igual que sus guaridas; los nombres de las ciudades sirvieron más tarde para bautizar cuadrillas que las idas y venidas reunían y dispersaban. En Colonia, Düsseldorf o Neuss, el robo contaba con sus propios reclutadores, sus posadas y sus receptadores. El botín debía circular con tanta soltura como quienes lo habían obtenido.

Cierta noche, el blanco elegido fue el comercio de una viuda en la Schildergasse. Los hombres se congregaron a medianoche en el mercado. Se apostaron vigías; uno de los ladrones se introdujo por un respiradero del sótano y fue pasando los fardos a sus compañeros. Cargados con los bultos, alcanzaron una brecha abierta en las murallas, cerca de San Gereón. Hacia las tres de la madrugada, en una alquería aislada, alquilaron una carreta para proseguir el traslado. El reparto tuvo lugar en Nettesheim, bajo la mirada de su anfitrión. Tras la fractura, todo un minucioso engranaje prolongaba así su faena hasta el alba.

En Liblar, la estratagema estuvo a punto de zozobrar por un motivo casi ridículo. Un cómplice se había alojado en la posada que pensaban asaltar; debía franquearles el paso a los demás durante la noche. Sin embargo, el posadero había echado el cerrojo a su alcoba por fuera. La banda aguardaba a un hombre que se hallaba, a su vez, cautivo. El dueño de casa, alertado por los ruidos, acudió al portal para ahuyentar a los merodeadores. Les brindó así la oportunidad que creían perdida: se abalanzaron sobre él, lo maniataron, liberaron a su camarada y saquearon el establecimiento.

En otros lugares, la resistencia derramó sangre. En una vivienda aledaña a Neuss, un lugareño les salió al paso blandiendo un hacha. Overtüsch abrió fuego contra él; los demás moradores fueron atados y los enseres, desvalijados. Fetzer tomaba parte en tales incursiones. En sus recuerdos cabía distinguir al tirador, al vigía o a quien había localizado la dirección; para quienes despertaban sobresaltados por la irrupción de varios hombres armados, semejantes distinciones en nada atenuaban el espanto. La gavilla llevaba consigo una violencia latente, incluso cuando cada cual albergaba la esperanza de marcharse sin haberla desatado.

Apareció, finalmente, el cadáver sin nombre.

Una rueda se hundió en el fango de un terreno y sacó a la luz un pie humano. Se desenterró el cadáver de una mujer joven, muerta a causa de una contusión craneal infligida con un objeto contundente. La identidad permaneció ignorada en un principio. Años más tarde, el acusador público Keil obtuvo una pista por mediación de Adolph Weyers; las pesquisas condujeron hasta Gertrude Stucks, la compañera de Fetzer, y hasta un granero donde varias personas habían buscado cobijo.

La esposa del granjero había oído ruidos y, acto seguido, alaridos. La habían conminado a callar bajo amenaza de muerte. El cuerpo, trasladado tras un seto, fue sepultado después al amparo de la noche. Sometido a interrogatorio, Fetzer confesó haber golpeado a Gertrude. Justificó su arrebato alegando una disputa a propósito del hijo de ambos y negó haber tenido intención de matar. Aquella versión provenía únicamente de sus labios; no le devolvía la voz a la difunta. El hombre que pregonaba con orgullo su ternura paternal había abandonado a la madre de la criatura bajo los terrones de un sembrado.

Su última detención sobrevino, sin embargo, a raíz de un asunto de menor relieve. Unas pistolas procedentes de un latrocinio fueron reconocidas en manos de un grupo al que pertenecía. Weber no había intervenido en aquel robo concreto y confió en demasía en esa inocencia parcial. Tras un traslado a Bergen, Keil y su secretario Diepenbach examinaron a los arrestados. Reconocieron una filiación, mandaron verificar ciertas señales corporales y restituyeron al preso su verdadera identidad. La justicia había dado con Fetzer persiguiendo, en principio, a otro forajido.

Intentó todavía eludir los traslados, fingió haber cometido otro crimen para permanecer bajo una jurisdicción distinta y urdió nuevas fugas. En Maguncia y luego en Colonia, su ingenio exigió una vigilancia ininterrumpida. Keil logró, no obstante, ganarse su confianza. El prisionero detalló sus fechorías; cuando le asaltaba un recuerdo en plena noche, marcaba la pared para no dejarlo escapar. Aquellas confesiones revelaron a los instructores refugios y complicidades que las fronteras habían resguardado durante largo tiempo. Otra curiosidad lo obsesionaba: como jamás había contemplado una guillotina, solicitó un dibujo de la máquina y cubrió luego con ella los muros de su celda.

El 17 de febrero de 1803, la sala del tribunal se atestó de curiosos para observarlo. Declaró con un aplomo que impresionó a Becker, corrigiendo incluso las sumas monetarias cuando alguna pregunta menguaba el valor de sus botines. La condena a muerte se dictó al anochecer. Dos días después, Colonia lo condujo al cadalso. Hasta el último instante continuó aportando datos, aunque rehusó corroborar ciertas complicidades sobre las que no albergaba certeza absoluta.

Durante el trayecto, quiso clavar la mirada en la multitud. Al pie de la estructura, su atención retornó al mecanismo que tanto lo había cautivado en prisión. Aquel que había aprendido a burlar tantas cerraduras pedía ver la cuchilla. Esta vez no había ninguna llave olvidada en la pared ni carcelero alguno que bajara a almorzar. El engranaje funcionó.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La brecha de las murallas

Una novela corta recrearía una noche de allanamiento narrada por el carretero contratado para transportar el botín, quien comprende demasiado tarde la verdadera naturaleza de su encargo.

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novela

La mujer sin nombre

Una novela situaría en primer plano a una investigadora ficticia empeñada en averiguar la identidad de un cadáver, mientras la celebridad del sospechoso acapara toda la atención pública.

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trilogía

Las dos orillas

Una trilogía concebiría una red de ladrones, peristas y agentes policiales cuyas lealtades se transforman al compás de las fronteras: el nacimiento de la cuadrilla, su comercio clandestino y su desarticulación final.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El relato se fundamenta en el tomo II de la obra de Johann Nikolaus Becker, publicada en 1804: semblanza y robos, páginas 141–159; muerte de Gertrude Stucks, páginas 211–214; identificación, custodia y proceso judicial, páginas 392–407. Dicho cronista del ámbito forense admira en ocasiones al reo y consigna testimonios de oídas: las peripecias se exponen bajo esa perspectiva, prescindiendo de sus prejuicios fisionómicos o religiosos. La justificación del homicidio de Gertrude emana exclusivamente de Weber y no constituye una verdad judicial probada. El cómputo de los asaltos oscila a lo largo del volumen; no se adopta ningún balance definitivo. La fecha del 19 de febrero de 1803 para la ejecución se halla atestiguada por el registro de autoridad alemán. No se ha recurrido a ningún diálogo ni personaje ficticio.

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