Los zapatos habían quedado en el lugar del delito. Había en ellos unas hebillas de cobre rojo; un zapatero las reconoció. Así se vio comprometida una empresa que había exigido visitas previas, precauciones, cómplices, y cuyo fruto debía repartirse lejos de la casa saqueada. En los asuntos de bandolerismo se toma con frecuencia el bosque por fortaleza. El oficio más pacífico conserva a veces mejor memoria que la espesura.
El hombre al que conducía este indicio se llamaba Pieter Joseph De Meyere. Fabricante de escobas, pertenecía al grupo que la posteridad situaría bajo el nombre de Baekelandt. Varios parientes figuraban con él en el sumario. Los asaltos a granjas habían proporcionado a los ladrones dinero, ropas y efectos negociables: lo suficiente para atraer asociados; tan poco como para que un detalle tan ordinario como un par de calzado cobrase, ante la justicia, una importancia desmedida.
Baekelandt y su compañera Isabella Van Maele fueron detenidos a comienzos de 1801. El hombre cuyo nombre iba a devorar el de los demás no guardó sus secretos. Señaló a sus cómplices; sus informaciones ayudaron a capturarlos. La lealtad de las noches de latrocinio no resistió los muros de la prisión.
Las asociaciones eran menos ordenadas de lo que sería, medio siglo más tarde, su representación novelesca. Se formaban partidas que luego se dispersaban. Se penetraba en las casas de los moradores, se les ataba, se registraban sus pertenencias; la palabra «atadores» definía este modo de robar. Catharina Desmet, en Pittem, murió a consecuencia de las violencias infligidas al inmovilizarla. Este fallecimiento no convierte a cada uno de los acusados en homicida: el proceso examinaba participaciones muy distintas en una serie de crímenes.
La ley francesa facultaba, no obstante, a castigar con la muerte los robos acompañados de determinadas circunstancias. La suerte final no dependía, pues, únicamente del número de víctimas que hubiesen perdido la vida. Entre el hombre que había atado, el que había auxiliado y aquel a quien se tachaba de mero cómplice, el tribunal habría de trazar una frontera capital.
En el juicio de agosto de 1803, los defensores embistieron con precisión contra esa frontera. Louis Joret impugnó un veredicto del jurado que declaraba la complicidad sin precisar su modalidad. Christophe Isidore Jullien sostuvo que la ley invocada atañía a los autores materiales. El ministerio público replicó que el texto legal alcanzaba a los culpables, categoría harto más vasta. El tribunal abrazó esta interpretación; la casación no revocó la sentencia.
El 20 de agosto, veinticuatro acusados fueron condenados a muerte. El 2 de noviembre, el alguacil Vandermeulen los entregó al verdugo. Tras los suplicios, preguntó si alguien reclamaba los cuerpos. Nadie se presentó. Este último llamamiento, llegado demasiado tarde para salvar nada, consumaba el desgajamiento de los condenados respecto a la ciudad congregada a su alrededor.
La Gazette de Brugge confiere a esa jornada su gravedad singular. Imprime los nombres. Baekelandt encabeza la lista; siguen Simpelaere, los Busschaert, los Cloet, los Danneel, los Verplancke; desfilan luego los De Meyer, Colbert, Vormezeele y los demás. La columna no reúne las siluetas de una turba anónima. Despliega, con exactitud de registro parroquial, veinticuatro identidades destinadas al mismo instrumento. Barbara Theresia Bruneel, Isabella Van Maele y Francisca Ameye se cuentan entre ellas.
Es la una y tres cuartos. La gaceta relata el auxilio de los sacerdotes, las disposiciones penitentes de los reos, la muchedumbre acudida de los contornos. Las casas y las calles que desembocan en la plaza rebosan de gente. Las ventanas ofrecen, pues, un privilegio; los moradores de las vías contiguas poseen lo que el forastero ha debido salir a buscar. La inmensidad del público en nada altera la soledad de aquellos cuyo nombre ha quedado impreso.
Tres mujeres más comparecen en la misma crónica. Estas no suben bajo la cuchilla. Condenadas a dieciséis años de prisión, padecen seis horas de exposición pública. La diferencia cabe en unas pocas líneas, pero encierra dieciséis años de vida. En medio de un anuncio tan henchido de difuntos, una lectura distraída podría agregarlas a la carnicería; la Gazette, empero, discrimina las penas. Una tras otra, las frases cumplen su ministerio: decapitar sobre el papel a unos, deparar a otras una prolongada reclusión.
Luego el periódico prosigue.
Da noticias mercantiles. Anuncia el teatro. Para el día siguiente se representará Euphrosine et Coradin, ou le Tyran corrigé par l'amour, precedida de La Servante maîtresse. Las palabras del solaz suceden a las del suplicio sin que el impresor precise mudar de mundo. La plana basta para ambos. En Brujas, el calendario republicano llama a la jornada venidera 11 de brumario; la cartelera le promete música.
Hará falta, con todo, algo más que un cartel para desalojar de la memoria los veinticuatro nombres. Victor Huys se encargará de ello, mucho tiempo después, con las licencias propias de un novelista. Bajo su pluma, el bosque se trocará en reino; la partida cobrará la trabazón que exige un relato contado al calor de la lumbre. Su Baekelandt podrá suspender un asalto ante un suceso frente al cual el mismísimo cabecilla de los ladrones debe deponer las armas.
En esta versión literaria, los hombres se aproximan a una alquería. Unos batidores exploran el lugar; un criado constituye un estorbo que proyectan suprimir. Entran, se emboscan, regresan para dar cuenta. Todo augura el trajín habitual de una casa sorprendida: las puertas forzadas, los moradores doblegados, el botín arrebatado. Mas, tras una ventana, otra congregación ha tomado forma.
El joven de la casa yace moribundo. Un sacerdote lo conforta. La familia rodea el lecho; el sacramento sigue su curso mientras los ladrones espían. Estos habían venido a imponer su propia noche, y hallan una noche más profunda. En el relato de Huys, la muerte se anticipa al crimen premeditado. El cabecilla renuncia al asalto. La banda se retira, desarmada por un instante ante lo que acaba de presenciar.
Tan hermoso ademán pertenece al libro. No borra a Catharina Desmet; no aboga en favor de los encausados del proceso. Muestra de qué modo la leyenda es capaz de restituir a un bandolero, en una sola escena, la facultad de elegir que el frío catálogo de una sentencia ya no refiere. El lector atisba la ventana, aguarda el golpe, recibe la tregua. La tramoya narrativa acaba de hacer lo que la máquina de Brujas jamás hacía: detenerse.
La Gazette permanece al lado de la novela. En una de sus columnas, veinticuatro nombres; en el libro, una morada perdonada. Y entre todos los despojos que el proceso legó a la imaginación, los zapatos de hebillas rojas conservan su modesta terquedad: antes que el adalid de leyenda, existieron hombres a los que otros hombres podían reconocer.
