El miércoles 9 de enero de 1661, los hombres de Thomas Venner reaparecen en las calles de Londres tras la dispersión de su grupo acaecida pocos días antes. Han elegido la hora en que la guardia acaba de ser relevada. En Threadneedle Street, su irrupción pone en alerta a los soldados de la milicia; un destacamento enviado a su encuentro retrocede hasta su puesto de guardia. Cuando las fuerzas reales regresan en gran número, los insurgentes se repliegan hacia Bishopsgate Street. Algunos buscan refugio en una posada, el Helmet. El combate se reanuda en su interior. Dos hombres mueren; otros, de ambos bandos, caen o resultan heridos.
Venner los conduce a continuación hacia College Hill. Viste casco y empuña una alabarda. Los hombres de la milicia y los guardias del rey combaten a tiro limpio. Los insurgentes resisten el tiempo suficiente para repeler una primera carga de la guardia real, pero el número acaba por abrumarlos. Venner cae derribado y herido de bala. Dos predicadores vinculados al movimiento, Tufney y Crag, resultan muertos. El grupo se disuelve; algunos huyen hacia Wood Street abriendo fuego contra los milicianos que los persiguen.
Diez hombres se atrincheran en la posada Blue Anchor, cerca de una poterna. El teniente coronel Cox manda clausurar las salidas. Varios milicianos ganan el tejado del edificio contiguo y arrancan las tejas para disparar contra los hombres encerrados en la estancia superior. Otros suben la escalera, derriban la puerta e irrumpen en la sala. Seis insurgentes caen muertos; uno resulta herido. Un hombre que aún se niega a rendirse es golpeado y abatido a tiros. Al preguntar a los supervivientes por qué no habían pedido cuartel antes, responden que temían morir a manos de sus propios compañeros. Borrow ofrece esta explicación como su respuesta, sin examinar más a fondo las circunstancias.
La huida dispersa a los supervivientes en múltiples direcciones. El balance atribuye veintidós muertos a las fuerzas reales y una cifra idéntica a los insurgentes. Veinte prisioneros son juzgados conjuntamente a continuación; otras personas son arrestadas bajo sospecha. Las cifras consignadas en la crónica no siempre concuerdan con claridad y no resulta posible, en estas páginas, identificar con exactitud cada muerte en cada lugar. La violencia de aquella jornada es, no obstante, muy tangible: calles bloqueadas, milicianos en pos de los fugitivos, puertas forzadas, disparos desde un tejado.
Para comprender por qué Venner ha vuelto a tomar las calles, es preciso remontarse al domingo anterior. El 6 de enero, su grupo se congregó en una casa de oración de Coleman Street. Sus miembros se armaron y avanzaron al caer la tarde hacia la catedral de San Pablo. Apostaron centinelas. Uno de ellos abatió a un transeúnte tras declarar este que estaba «a favor de Dios y del rey Carlos», según relata Borrow. Varias compañías de la milicia intentaron contenerlos; los insurgentes alcanzaron Bishopsgate, Cripplegate y Aldersgate, y salieron de la ciudad burlando a los alguaciles y a la guardia. Proclamaban a viva voz su lealtad al «rey Jesús».
Marcharon hacia Beech Lane, donde mataron a un alguacil de barrio que les cerraba el paso, y luego se retiraron a los bosques de Canewood. Una fuerza combinada de caballería e infantería los dispersó allí; unos treinta hombres fueron conducidos ante el general Monck y enviados a prisión. Otros lograron regresar a Londres. Su cabecilla, Venner, tonelero de oficio, aseguraba que las armas empleadas contra ellos serían inútiles y que ni un solo cabello de sus cabezas sufriría daño. Su evasión avivó la esperanza de reanudar la lucha.
El movimiento al que pertenecen aguarda una quinta monarquía: el reinado de Cristo anunciado en su particular lectura de las Escrituras, destinado a suceder a los imperios terrenales precedentes. La crónica de Borrow los tilda de fanáticos iluminados y reduce sus convicciones a una locura. Da cuenta, sin embargo, de sus palabras con un rigor que evidencia el abismo existente entre su fe y el orden restaurado. El rey Carlos II había recuperado el trono en 1660; para los insurgentes, el poder monárquico y las instituciones establecidas no eran sino autoridades terrenales que debían someterse a la soberanía de Jesús. Semejante convicción no les impedía disponer de armas, centinelas, itinerarios y una línea de mando.
Antes de su segunda salida, publican una proclama titulada «A Door of Hope opened», que Borrow sintetiza como un virulento ataque contra la familia real. Aprovechan la ausencia del rey, que a la sazón se encuentra en Portsmouth. El destacamento que se echa a las calles sigue siendo reducido, pero no actúa como una turba desprovista de plan: se pertrecha en su centro de reunión, procura salir de Londres, busca posiciones ventajosas donde resistir y reagrupa a sus hombres tras la primera derrota. Son las fuerzas a las que se enfrenta las que transforman esa estructura en una cacería y en el asedio a una taberna.
Tras la captura, Venner y otros diecinueve reos comparecen juntos acusados de alta traición y asesinato. Se disponen sillas para los heridos. Instado a responder de los cargos, Venner se enzarza en un discurso religioso sobre su vida en Nueva Inglaterra y la convicción que lo alienta desde hace más de veinte años. Admite haber tomado parte en el levantamiento, pero niega haber pretendido hacer la guerra al rey. El tribunal le exige una respuesta terminante: se declara entonces no culpable.
Hodgkins también esquiva la cuestión antes de formular su alegato. Los restantes acusados acatan el trámite. Los testigos declaran que Venner, Tufney y Crag exhortaban a la congregación a alzarse en armas en nombre del rey Jesús contra las potestades terrenales y a dar muerte a cuantos opusieran resistencia. Sostienen que los conjurados se habían armado en la casa de oración de Coleman Street y detallan la participación de cada uno. La relación legada por Borrow no proporciona una defensa individual tan pormenorizada para la totalidad de los acusados.
Las pruebas se consideran insuficientes respecto a cuatro hombres: Martin, Hopkins y Wells son absueltos, al igual que Patshal, contra quien solo declaró un único testigo. Los dieciséis restantes son declarados culpables. Al hacérsele responsable de la sangre derramada, Venner responde que él no los capitaneó; ante los testigos llamados de nuevo al estrado, asevera que fue Jesús quien los condujo. Tres de los condenados admiten su culpa y solicitan clemencia. La sentencia dictada contra los dieciséis es el suplicio prescrito para los traidores.
Borrow detalla seguidamente dos jornadas de ajusticiamiento: Venner y Hodgkins son arrastrados en zarzo desde Newgate por Cheapside hasta su antiguo punto de reunión, frente a Swan Alley. El cabecilla apenas pronuncia palabra; Hodgkins maldice al rey, a los jueces y a la ciudad entera, y no enmudece hasta que el sheriff acelera el final. La crónica prosigue con otros nueve hombres ejecutados el 21 de enero: dos cerca de San Pablo, dos en el Bull and Mouth, dos en Beech Lane, dos en el Royal Exchange y Leonard Gowler en Bishopsgate. Señala a continuación que los cuerpos son decapitados y varias cabezas expuestas sobre el puente de Londres. Borrow evoca asimismo a un joven ahorcado en Redcross Street, quien, arrepentido de sus actos, mantiene no obstante intacta su fe. El pasaje no aclara si este caso formaba parte del grupo computado con anterioridad. En estos distintos estadios del cadalso subsiste el mismo dilema: algunos imploran gracia, otros perseveran desafiantes ante el verdugo. Las cabezas alzadas sobre el puente prolongan en la fisonomía urbana la inexorable respuesta del poder a su sublevación.
