El viernes 18 de enero de 1760, John Johnson llegó a Stanton, la residencia de Laurence Shirley, conde Ferrers. Hacía años que servía a la familia. En calidad de administrador de los bienes del conde, acudía a rendir cuentas tras un periodo de creciente desconfianza. Ferrers lo había citado cinco días antes, instándole a presentarse entre las tres y las cuatro de la tarde. A su llegada, la casa se hallaba casi desierta: los dos criados varones habían sido enviados lejos, y la señora Clifford y los cuatro niños habían marchado a casa del padre de esta. En la mansión solo permanecían tres sirvientas.
Aquel cara a cara no era fruto de un altercado repentino. Tras la separación del conde y su esposa, se propuso a Johnson para administrar las rentas del patrimonio. Al principio se negó, pero terminó aceptando a petición expresa del propio Ferrers. El conde le había concedido asimismo el arrendamiento de una granja lucrativa. Cuando pretendió recuperarla, Johnson obtuvo un contrato directamente de los fideicomisarios judiciales y Ferrers se vio obligado a ceder. Otro litigio, relativo a un contrato minero de carbón, no tardó en avivar las sospechas del noble contra su intendente. Borrow no toma partido entre estos motivos; se limita a señalar que la desconfianza mutó en odio y que Ferrers resolvió dar muerte a Johnson.
Ferrers había contraído matrimonio en 1752 con la hija menor de sir William Meredith. Los constantes malos tratos infligidos a su esposa empujaron a esta a implorar amparo al Parlamento; un acta de 1758 decretó la separación de la pareja y fijó una pensión de subsistencia para la condesa. Fue a raíz de dicha separación cuando Johnson asumió la administración de los bienes patrimoniales. Su cometido lo situó en una encrucijada entre el conde y los fideicomisarios del feudo, facultados para otorgar arriendos sin el consentimiento de su señor. Para Ferrers, semejante tutela ajena representaba una afrenta permanente; para Johnson, no era sino el estricto cumplimiento de sus funciones.
La crónica retrospectiva de Borrow ya daba cuenta de diversos arrebatos de furor. A raíz de una apuesta en las carreras de Derbyshire, Ferrers creyó que cierto capitán pretendía engañarlo con respecto a una yegua. De regreso en Stanton a altas horas de la noche, planeó vengarse durante la cena del día siguiente. Ante la negativa de los convidados a presentarse, arremetió contra sus propios sirvientes: los azotó, los molió a golpes y les arrojó cuantos objetos halló a mano. En otra ocasión, exigió a un criado que jurase en falso que un carretero había sustituido un barril de ostras en mal estado. Al negarse el hombre a mentir, Ferrers lo apuñaló, lo descalabró con un candelero y continuó golpeándolo en el suelo.
El suceso más alarmante tuvo como blanco a su propio hermano, el capitán Shirley. Tras una disputa en Stanton, Ferrers mandó cargar dos pistolas con balas y las cebó él mismo. Ordenó acto seguido a un criado que bajase y disparase contra el capitán. Al titubear el sirviente, el conde le apoyó un cañón en el pecho y apretó el gatillo, mas el arma no detonó. Su esposa se arrojó de rodillas a sus pies para suplicar clemencia; Ferrers le encañonó entonces la otra pistola, amenazándola de muerte. El criado aprovechó la confusión para huir y prevenir al hermano, quien abandonó la mansión con su esposa en mitad de la noche.
Johnson, en cambio, servía a la estirpe desde su mocedad y gozaba de fama de administrar los libros con intachable exactitud. Aquella tarde de enero, Ferrers disimuló el rencor que lo consumía bajo un trato engañosamente afable. Cuando Johnson fue introducido, el señor lo hizo esperar, para luego llamarlo a sus aposentos privados y pasar el cerrojo tras de sí. Una vez a solas, le descerrajó un tiro de pistola. Borrow no consigna las palabras cruzadas en el momento del crimen; solo refiere que Johnson sobrevivió el tiempo suficiente para implorar ver a sus hijos.
Perpetrado el disparo, Ferrers llamó a las tres sirvientas y les ordenó subir al herido a una alcoba y meterlo en cama, confiando en que aún pudiera salvarse. Mandó llamar al cirujano Kirkland, pero prohibió terminantemente que el moribundo fuera trasladado fuera de Stanton. Kirkland diagnosticó que la herida era mortal de necesidad. No obstante, fingió abrigar esperanzas de restablecimiento, temeroso —según refiere Borrow— de correr idéntica suerte si osaba contrariar la voluntad del conde.
El cirujano comprendió de inmediato que era imperativo sacar a Johnson de Stanton. Aguardó con cautela a que Ferrers se retirara a dormir y, con el concurso de seis o siete hombres, evacuó al herido al filo de las dos de la madrugada. Johnson agonizó aún durante varias horas y expiró a las nueve de la mañana. Había reclamado a sus hijos; para poder abandonar Stanton, sus salvadores habían tenido que esperar el sueño de quien lo había mandado llamar.
Durante aquellas agónicas horas, Kirkland dejó al moribundo para reclutar a un grupo de hombres armados y proceder al arresto de Ferrers. Al llegar la partida, el noble acababa de abandonar el lecho y se encaminaba hacia las caballerizas con las ligas en la mano. Al divisar a los captores, huyó al interior de la casa. No lograron prenderlo hasta las seis de la tarde, siendo conducido en primer término a la prisión de Leicester y, desde allí, a la Torre de Londres. La causa no fue ventilada ante un tribunal ordinario: Ferrers hubo de comparecer ante sus pares, en Westminster Hall, del 16 al 18 de abril. Fue declarado culpable de asesinato y la fecha de su ejecución quedó fijada para el 5 de mayo.
En la Torre, su semblante se mostró por lo general sosegado. Ciertos testigos refirieron, empero, que en ocasiones se sobresaltaba de pronto, se desabrochaba con premura el chaleco y parecía presa del extravío. Días antes de su suplicio, reclamó su guardarropa y eligió un traje blanco primorosamente bordado en plata. Explicó que era el mismo sayo que había vestido el día de sus desposorios y que deseaba morir con él. Reclamó asimismo ser conducido al patíbulo en su propio landó, en lugar del carruaje fúnebre de rigor.
En la mañana del 5 de mayo, los alguaciles acudieron a buscarlo a la Torre. En el camino hacia Tyburn, Ferrers inquirió a uno de ellos si jamás había presenciado una muchedumbre tan imponente. El magistrado repuso que no; el conde observó con frialdad que el gentío sin duda nunca antes había visto ahorcar a un lord. Había impetrado de la Corona la merced de ser decapitado en el recinto de la Torre, a semejanza de su antepasado el conde de Essex, pues juzgaba infamante que un par del reino fuese ajusticiado en el paraje reservado a los malhechores comunes. La turba, no obstante, acompañó su landó hasta el pie de la horca.
El capellán aprovechó la travesía para interrogarlo acerca de su religión, advirtiéndole de que el público no dejaría de hacer cábalas al respecto. Ferrers contestó que no tenía por qué rendir cuentas de sus opiniones a nadie, si bien afirmó creer en un Dios creador y no haber procurado jamás propagar sus doctrinas. Censuró a Bolingbroke por haber publicado las suyas y juzgó que las disputas entre sectas habían erradicado casi por completo la moral. En ese mismo trayecto, el hombre que negaba a sus semejantes el derecho a juzgar sus convicciones acababa de cruzar las calles ante la mirada de millares de curiosos, condenado por el asesinato de un servidor.
Cerca del patíbulo aguardaba su amante en el interior de un coche. El alguacil le aconsejó desistir de verla, temiendo que el encuentro quebrantara su entereza. Ferrers aceptó la advertencia sin vacilar y le hizo entrega de una cartera de bolsillo destinada a la mujer, que contenía un billete de banco, un anillo y una bolsa de guineas. Había solicitado un vaso de vino con agua durante el camino; mas al advertírsele que la parada concitaría aún mayor alboroto, renunció a detenerse.
Sobre el cadalso, declinó la oración formulada por el clérigo, aunque accedió a recitar el padrenuestro en su compañía. Imploró el perdón divino por sus yerros y pecados. Acto seguido, por confusión, entregó cinco guineas al ayudante del verdugo. Este se negó a restituírselas a su maestro, lo que desató una reyerta que el alguacil zanjó de inmediato. Le fue retirada la corbata, se le caló el gorro blanco en la cabeza y sus brazos fueron asegurados con una banda negra. La trampilla cedió bajo sus pies. Tras la muerte, el cadáver fue trasladado al Surgeons’ Hall para dar cumplimiento al resto de la sentencia forense. En el féretro, forrado de raso blanco, se depositaron a sus pies su sombrero y la soga. La placa funeraria rezaba su nombre, sus títulos y la fecha del 5 de mayo de 1760. El rango nobiliario que Ferrers había esgrimido a lo largo de todo su último viaje aún constaba sobre la madera; mas de nada le había servido para alterar el fatal destino de su muerte.
