Habían sepultado a Fuchs de Thérigny ante más de cuarenta personas. Diez meses más tarde, ciertos libelos afirmaban, no obstante, que había sido inhumado en plena noche y que su cuerpo había sido arrojado a la cal para borrar toda huella. El difunto contaba veinte años, decían aquellos acusadores; supuestamente había prestado veinte mil libras al conde de Viry, y este lo habría asesinado para no reintegrarlas. Una habitación cerrada, un deceso repentino, un acaudalado propietario: ya solo faltaba una deuda. Los memoriales que llegaron a manos del procurador general se encargaron de suministrarla.
La crónica de Champagnac relata, de entrada, una historia bien distinta. En sus tierras del Borbonesado, Viry mantenía a varias familias pobres. Seis indigentes comían en su mesa durante todo el año; seis familias se alojaban gratuitamente en sus casas. Pagaba otros arriendos y costeaba nodrizas. Esta estampa caritativa no demuestra por sí sola la inocencia de un hombre, pero explica el lugar que el cronista concede a Thérigny: el de un protegido convertido, tras su muerte, en el presunto acreedor de su protector.
Fuchs de Thérigny servía al conde en calidad de secretario. Su familia se hallaba, según el relato, en una condición rayana en la indigencia. Cuando una grave enfermedad contraída en París amenazó su salud, Viry asumió los gastos y lo encomendó a los médicos. El joven se restableció y regresó a las posesiones del conde en noviembre de 1774. Allí recuperó su lugar en la casa, las comidas compartidas y aquella cercanía a la que los acusadores no tardarían en dar una interpretación criminal.
El 25 de noviembre, el frío era riguroso. Thérigny pasó parte de la tarde sobre el hielo, desafiando y persiguiendo al administrador de la finca. Tras aquel ejercicio, se arrojó semidesnudo a la nieve, alegando que deseaba calmar sus sabañones. El cronista insiste en semejante imprudencia; los facultativos del proceso discreparán luego acerca de lo que esta podía explicar. Esa misma noche, sin embargo, nada parecía presagiar la muerte. Thérigny regresó aterido, cenó con el conde y disfrutó, según refiere el texto, con la música campestre que este había hecho llamar.
La servidumbre del castillo bailó durante una parte de la noche. A medianoche, el secretario se retiró y cerró su aposento por dentro, según su costumbre. La mañana del 26 de noviembre no reapareció. Un criado enviado por Viry llamó a la puerta sin obtener respuesta. Transcurrieron dos horas; una nueva tentativa topó con idéntico silencio. La inquietud crecía en la casa, pero la puerta permanecía cerrada. El conde debía reunirse con su antiguo párroco. Antes de partir, tras almorzar con presteza, ordenó que derribaran la puerta si Thérigny continuaba sin dar señales de vida.
Los criados aguardaron todavía un tiempo y luego ejecutaron la orden. La gente de la casa presenció la apertura. En el lecho hallaron al joven, yerto y frío. Fueron a avisar a Viry; la noticia lo hizo desmayarse, según la crónica, y fue preciso conducirlo de vuelta al castillo. El administrador se encargó de las exequias. Criados, peones y lugareños de la hacienda acudieron a ver el cadáver. El 27 de noviembre, el cortejo fúnebre partió ante una numerosa concurrencia. Fue un duelo público, de cuyas circunstancias muchos podían dar fe.
Durante casi diez meses, nada dio pie a querella alguna. Luego sobrevinieron las acusaciones escritas. Estas invertían los papeles de ambos hombres: quien había costeado los cuidados médicos pasaba a ser deudor de aquel a quien socorría. Transformaban asimismo el entierro en una operación clandestina. La diferencia no radicaba en un mero matiz entre dos recuerdos. Por un lado, numerosas personas habían contemplado el cadáver y seguido el cortejo; por el otro, se alegaba una destrucción destinada a frustrar toda pesquisa. Aquellas aseveraciones obtuvieron, no obstante, la atención del ministerio público.
El 9 de septiembre de 1775, el parlamento ordenó abrir una instrucción sobre la muerte de Thérigny. Se publicaron monitorios en la provincia y se exhumó el cuerpo. Al abrir el pecho, los médicos advirtieron un derrame sanguíneo que interpretaron como la posible secuela de un golpe. Un dictamen contrario lo atribuyó a la imprudencia cometida por el joven la víspera de su muerte. Champagnac se decanta por este segundo criterio. Nos hallamos aquí ante las interpretaciones médicas consignadas en un antiguo expediente judicial: la nieve no constituye, por ello, una causa de fallecimiento probada.
La investigación no tardó en alcanzar al personal de la heredad. Se dictaron autos de prisión contra el administrador y dos sirvientes. Viry apeló contra el procedimiento seguido por los jueces de Moulins. Exigía su recusación, por considerar que algunos eran sus enemigos personales. El parlamento de París no atendió su demanda: debía comparecer ante aquellos mismos a quienes había recusado. Sus amigos le aconsejaron huir. Tomó el camino contrario: abandonó París a toda prisa y fue a entregarse a prisión.
La causa fue monumental. Se tomó declaración a ciento ochenta y tres testigos respecto a la acusación de asesinato; otras setenta testificales versaron sobre una querella por soborno de testigos. Se sucedieron interrogatorios, ratificaciones de testimonios y careos. Aquella muerte descubierta tras una puerta cerrada se había convertido en un asunto donde resultaba forzoso examinar también la manera en que se habían recogido las declaraciones y urdido las sospechas. El cronista, no obstante su severidad hacia los enemigos del conde, destaca el rigor de aquellas pesquisas: la sentencia absolutoria que va a consignar no procedía de una instrucción amañada.
El 28 de febrero de 1777, la bailía de Moulins absolvió a Viry y a sus gentes del cargo de asesinato. Más de cuarenta notables, entre los que se contaban eclesiásticos, magistrados y caballeros, habían suscrito un pliego certificando sus actos de beneficencia. Aquel fallo restituía al conde algo más que meros testimonios de aprecio: lo liberaba de la acusación judicial. Tras la sentencia, recibió la Real y Militar Orden de San Luis. Champagnac señala, por último, a varios adversarios personales y cita al cura Fleury entre quienes juzga autores de la calumnia.
Viry quedaba rehabilitado en el relato; Thérigny seguía muerto. El hombre a quien se atribuía una deuda criminal había sido quien pagara sus médicos; las exequias supuestamente secretas habían tenido sus propios testigos. Entre noviembre de 1774 y febrero de 1777, aquellos hechos hubieron de atravesar un proceso entero para recobrar su verdadera dimensión. La puerta del aposento solo había resistido unas pocas horas a los sirvientes. La acusación, en cambio, se había sostenido durante mucho más tiempo.
