El primer presidente Duranti acudió sin escolta a las sesiones de la casa consistorial, mientras Toulouse se desgarraba entre la lealtad al rey y las pretensiones de los partidarios de la Liga. Durante tres días consecutivos, procuró apaciguar los ánimos mediante su presencia y su elocuencia. Poco después, una turba armada lo arrancaría del convento donde se hallaba retenido para asesinarlo frente a las puertas incendiadas.
La Santa Liga se había extendido por las provincias del reino al compás de los desórdenes de finales del siglo XVI. En Toulouse, Jacques Daffis, abogado general en el parlamento y cuñado de Duranti, sostenía la autoridad real al igual que él. Según Champagnac, los magistrados habían respaldado en un principio a la Liga en tanto la creyeron consagrada a la protección del monarca; se apartaron de ella cuando juzgaron que los caudillos de la casa de Guisa no perseguían sino sus propios intereses. Tal interpretación emana de una crónica favorable a la monarquía, cuyas apreciaciones sobre los móviles políticos deben quedar consignadas como tales.
El duque de Montmorency había remitido misivas a los habitantes exhortándolos a la obediencia. Los rectores de la urbe respondieron convocando al consejo municipal y proponiendo apartar a Duranti de cualquier cargo de gobierno. El presidente Bertrand intentó acallar a los partidarios de dicha exclusión, mientras el abogado Grégoire protestaba contra lo que calificaba de opresión de los sufragios. Los miembros de la Liga, mayoritarios, encomendaron la guardia de la ciudad al consejo de los dieciocho, que no tardó en usurpar el poder. Un cabildo municipal convocado para reunir a los notables fue invadido por seiscientos hombres advenedizos, en su mayor parte armados, que pretendían tomar parte en las deliberaciones. El tumulto obligó a los capitoules a disolver la sesión sin alcanzar acuerdo alguno.
Pese al peligro que la crónica le atribuye, Duranti continuó presentándose en la casa consistorial sin comitiva armada. Compareció a las reuniones a lo largo de tres jornadas consecutivas con el fin de apaciguar a los opositores. Al tercer día, estalló un enconado debate en torno a la obediencia debida al soberano y sobre el destierro o presidio que debía reservarse a sus fieles. El letrado Tournier sostuvo que el juramento de fidelidad había quedado roto; Chapelier exigió que se retirase el retrato del monarca que presidía la estancia. Daffis se alzó contra semejantes mociones y defendió las prerrogativas de la Corona. Duranti logró finalmente que la asamblea remitiese la causa al parlamento. Daffis, desesperando de hacer entrar en razón a la multitud, se retiró a su finca de recreo, sita a dos leguas de Toulouse.
El 29 de enero de 1589, un gentío cercó la morada de Duranti y le conminó, entre súplicas y amenazas, a convocar al parlamento en sesión extraordinaria. Las opiniones se hallaban divididas y Duranti levantó la sesión sin adoptar resolución alguna. Fuera aguardaban cuadrillas de hombres armados; afirma Champagnac que varios de ellos, emisarios de los cabecillas ligueros, habían jurado dar muerte al magistrado. Cuando asomó a la calle, acometieron su carruaje a golpes de espada y alabarda, llegando a traspasar los manteletes de cuero. Duranti se había acurrucado en el fondo del coche y resultó ileso. El cochero fustigó a los caballos; en las inmediaciones de la residencia del togado, el vehículo chocó con violencia contra el brocal de un pozo y volcó.
Duranti buscó amparo en la casa consistorial. Los partidarios del rey huyeron de Toulouse o se ocultaron; se clausuraron los comercios, se tendieron cadenas a través de las vías públicas y se alzaron barricadas.
El 1 de febrero, el parlamento decretó el traslado del primer presidente al convento de los Jacobinos. Duranti marchó hacia el recinto acompañado por los obispos de Comminges y de Castres, dos capitoules y una guardia armada. Se apostó un retén a la entrada con orden severa de impedir el paso a cualquiera, sin exceptuar a la única hija de Duranti. Únicamente su esposa, Rose de Caulet, y dos sirvientes obtuvieron licencia para confinarse junto a él, con la condición formal de no salir ni comunicarse con persona alguna. Su vivienda y sus legajos fueron minuciosamente requisados, sin hallarse en ellos, según refiere el texto, indicio que pudiera comprometerle.
Afirma Champagnac que los facciosos pretendieron más tarde transferir a Duranti a la torre mayor de San Juan, confiando en que el populacho lo despedazaría a su paso por el mercado. La repentina enfermedad del presidente frustró el traslado. El 2 de febrero fueron interceptadas unas cartas despachadas por Daffis con rumbo a Burdeos, en las que reclamaba auxilio militar. Fue prendido en su retiro campestre y conducido a la Conciergerie para ser interrogado. Respondió Daffis que no había hecho sino cumplir con el deber inexcusable de su oficio al redactarlas. Los despachos dejaban constancia de que Duranti seguía con vida. Sostiene el cronista que los cabecillas, temerosos de que lograse fugarse y desbaratar sus planes, determinaron hacer perecer al magistrado de inmediato; no aporta, empero, documento independiente alguno que corrobore tal resolución.
El 10 de febrero de 1589, cerca de las cuatro de la tarde, una partida de individuos que la crónica designa como asesinos, seguida por una muchedumbre de casi dos mil almas, se congregó ante los Jacobinos. Según el relato, un rumor insistente había convencido al pueblo de que Duranti se disponía a entregar Toulouse a los protestantes. La turba intentó echar abajo la puerta conventual y, al fracasar en el empeño, le prendió fuego. La guardia apostada no opuso la menor resistencia. Chapelier fue el primero en irrumpir ante el presidente y lo arrastró por la fuerza hacia el vano en llamas.
Duranti hincó las rodillas e hizo despedida de Rose, con serenidad y resignación a la voluntad divina, a decir del cronista. Puesto en presencia de la multitud congregada, inquirió qué crimen le merecía tan desmedido rencor. Su apostura y la templanza de su voz contuvieron por un instante el alboroto. En aquel punto, un individuo armado con un mosquete le disparó a bocajarro en el pecho. Duranti alzó los brazos al cielo y, conforme escribe Champagnac, rezó por sus verdugos. El gentío se abalanzó entonces sobre el moribundo, ensañándose con él; lo arrastraron de los pies hasta la plaza de Saint-Georges y lo sujetaron a la picota para que pasase la noche allí expuesto, colocado tras una efigie del rey Enrique III. Consigna asimismo el autor diversos ultrajes infligidos a los restos mortales, cuyo pormenor omitimos aquí por decoro.
En esos mismos instantes, la masa enfurecida marchó hacia la Conciergerie, sacó a Daffis de su celda y lo degolló. Su cadáver quedó abandonado en la plaza. La residencia de Duranti fue saqueada y su copiosa biblioteca, reunida a costa de grandes caudales, destruida por el fuego. El retrato del monarca, arrancado de la sala capitular, fue atado a una soga y arrastrado por el fango entre gritos de júbilo. Semejantes desmanes no iban encaminados únicamente contra dos magistrados; herían de raíz las insignias materiales de una autoridad soberana que los ligueros impugnaban en el seno de las instituciones.
Al clarear el día siguiente, un capitoul mandó amortajar el cuerpo de Duranti en una sábana junto al retrato regio y dispuso su traslado silencioso, sin honras ni cortejo, al gran convento de los Franciscanos. El cuerpo de Daffis fue recogido en la misma jornada y sepultado en el templo franciscano de San Antonio. La relación de los hechos calla si se abrió instrucción criminal contra los cabecillas del asalto o si llegó a recaer condena alguna sobre sus autores.
La violenta muerte de ambos togados movió al soberano a trasladar la sede del parlamento a Carcasona y a radicar las restantes judicaturas de Toulouse en otras villas. Champagnac retrata a los dos letrados como patricios de intachable probidad y sinceros católicos, adheridos en un principio a la Santa Liga y trocados luego en adversarios de quienes desvirtuaron la hermandad para fines mundanos. Tal es la tesis de su obra; los hechos que en ella se consignan ilustran sobre todo cómo las asambleas tumultuarias, las misivas interceptadas, las sospechas de traición y los atributos del solio real quedaron atrapados en la misma borrasca. En Toulouse, la firmeza de las leyes hubo de ceder ante el embate de la calle, y el vulgo impuso, por un tiempo, su propia y sanguinaria justicia.
