El muro había sido franqueado. Fue más allá del muro donde Jean Arigonde perdió la libertad una vez más, camino del río. Había logrado deshacerse de los grilletes, abandonar la obra y seguir a sus compañeros en la carrera; no obtuvo, sin embargo, la ventaja suficiente para que el agua los separase de sus custodios. En Rochefort, en mayo de 1827, unos instantes más habrían cambiado el curso de su vida. Su carencia sumaría años enteros a su castigo.
En la sala de audiencia que imaginamos unas semanas más tarde, un hombre busca la edad del reo en un pliego. Veintidós años. Mira en seguida a quien comparece junto a otros cuatro reclusos y regresa a la cifra, como temiendo haberse equivocado de renglón. El joven se expresa con soltura; sus ropas, no obstante, lo delatan antes de abrir la boca. El amarillo y el encarnado atraen las miradas. Le han impuesto los colores de un peligro que a partir de ahora habrá de vigilarse allí donde se encuentre.
El buhonero y las joyas
Jean Arigonde había nacido en Carouge, en Suiza. Ejercía en Toulouse el oficio de buhonero cuando la primera condena consignada en el artículo truncó aquella existencia ambulante. El 14 de mayo de 1824, a los diecinueve años, el tribunal de las Landas de Haute-Garonne lo condenó a quince años de trabajos forzados por complicidad en un robo nocturno de joyas, perpetrado con fractura y llaves falsas. La crónica periodística no detalla las declaraciones ni la participación exacta que tuvo en la empresa. Se limita a registrar la sentencia y la partida hacia el presidio.
A semejante edad, quince años constituían un lapso casi tan prolongado como la vida que alcanzaba a recordar. Correspondía en adelante faenar en un puerto, bajo vigilancia continua, al compás de los movimientos autorizados. El hombre habituado a desplazarse para vender se hallaba confinado en un espacio donde cualquier paso en falso podía constituir una falta. Seguía habiendo mercancías, talleres y cargas que mover; mas ya no se transitaba entre ellos por cuenta propia.
Podemos figurarnos una mañana de labor previa a su primera fuga. Un obrero libre señala el lugar donde apilar una carga; Arigonde alza la vista más allá del punto fijado, hacia los hombres que entran y salen. El obrero reitera la orden, creyendo no haber sido escuchado. El forzado reanuda la marcha. Esta distracción no dejó huella alguna en el expediente; apenas nos permite detenernos un momento junto a un joven para quien la visión de un paso abierto jamás había dejado de sugerir una posibilidad.
La libertad que devolvía a los tribunales
El 18 de julio de 1825, Arigonde se evadió. Al mes siguiente, el 17 de agosto, un tribunal correccional de Angulema lo sentenció a diez años de prisión correccional por el hurto de un reloj en una posada. El periódico deja entre ambas fechas un intervalo que resultaría tentador colmar de albergues, persecuciones y encuentros fortuitos. La fuente nada dice. Cuanto nos llega de aquella libertad cabe en un nuevo objeto arrebatado a un tercero, seguido de una nueva pena.
Reconocido ulteriormente como forzado evadido, fue conducido de vuelta a Rochefort. El tribunal marítimo le impuso el 8 de octubre tres años suplementarios por su fuga de julio. La evasión, por ende, no solo había fracasado en sustraerlo de su primer castigo. Un hurto cometido fuera del presidio y el hecho mismo de haber burlado el confinamiento suscitaron dos nuevos fallos judiciales. Con cada retorno, el porvenir parecía retirarse un poco más hacia la lejanía.
El 27 de marzo de 1826, escapó de nuevo. Durante la noche del 28 al 29 de marzo, en Mauzé, cerca de Niort, cometió un robo por el cual la audiencia de Charente-Inférieure lo condenó, el 11 de julio, a veinte años de trabajos forzados, apreciando la reincidencia. El 18 de septiembre, devuelto al penal, recibió tres años suplementarios por la evasión. La concatenación resulta implacable al consignarse por escrito. Lo era también en las piezas que obraban en su contra: una fuga, un robo, una condena, un regreso.
Semejantes hechos impiden erigir a Arigonde en un inocente perseguido por haber ansiado tan solo respirar en otra parte. Tampoco autorizan a vislumbrar en cada evasión el vano placer de desafiar a los guardianes. Las sentencias reseñadas dan fe de los actos por los que fue castigado; no revelan lo que albergaba en su fuero interno al emprender la carrera. El corresponsal admira su desembarazo y audacia, antes de escarnecer lo que califica como el empleo de su mocedad. Entre ambos juicios, el joven prosigue la búsqueda de una salida.
En nuestra evocación de la vuelta, un escribiente coteja una filiación antigua con la que acaban de entregarle. Reconoce el nombre antes de alzar los ojos. Debe asentar la nueva resolución junto a las que ya colman el papel. Arigonde aguarda de pie ante él. El empleado le exige hablar más alto para corroborar un dato; el hombre obedece, y esa voz clara vuelve por un instante menos cómoda la tarea de prolongar su castigo sobre el papel.
La faena del 29 de mayo
El 29 de mayo de 1827, Arigonde trabajaba en el apilamiento de maderas, en el confín del puerto, junto a la muralla. La cuadrilla contaba con unas treinta y seis parejas de presidiarios. La labor aproximaba a los hombres, los materiales y el muro a tiro de mano. En un instante propicio, cinco penados emprendieron la huida al unísono. La crónica subraya la celeridad del golpe; nada nos dice de los preparativos ni de las palabras con que acordaron arriesgarse.
Abandonaron los hierros y se sirvieron de los maderos del arsenal para saltar el obstáculo. El último fue divisado en pleno salto. La alarma cundió al instante. A partir de aquel momento, ya no bastaba con ganar el exterior del recinto; era menester burlar a perseguidores que sabían hacia dónde correr. La partida no había logrado la ventaja indispensable. Los fugitivos fueron alcanzados en la margen del río. A uno de ellos, cuyo nombre calla el periódico, lo capturó en el agua un marinero embarcado en un bote.
Conviene dejar anónimo a aquel hombre. Arigonde es a quien el cronista decide seguir, y resultaría seductor atribuirle a él también el agua, el forcejeo contra la embarcación y el último esfuerzo. Sería despojar a un camarada desconocido de lo que el documento no le restituyó. Sabemos que Arigonde cayó preso con los demás. Ignoramos cuál de ellos llegó a tocar las aguas.
En el arsenal, en nuestra recreación de la vuelta, el obrero libre contempla los huecos vacíos. Se le ordena reanudar la estiba. Hace mover una pieza, luego otra; el trabajo recobra su pauta. Ha reconocido a Arigonde entre los hombres conducidos de vuelta, mas se abstiene de hacer comentarios ante los guardias. Al día siguiente habrá de impartir de nuevo instrucciones para la madera. No sabe si será a los mismos hombres.
Lo que tres años podían añadir todavía
El 16 de junio, Arigonde comparecía por esta tercera evasión. El tribunal falló tres años de prolongación de su condena. Sus cuatro compañeros, sentenciados ya a cadena perpetua, recibieron tres años de doble cadena. La diferencia plasmaba de forma tangible dos modos de castigar: para unos, recrudecer el rigor del encierro; para él, alejar una vez más el horizonte de su libertad.
El periódico pretendió sumar todas las condenas y vaticinar la edad a la que Arigonde podría pisar de nuevo su tierra natal. Su cómputo incurre en contradicciones en las cifras impresas. Sería temerario deducir de él hoy una fecha fehaciente de excarcelación. Las penas enumeradas ilustran con creces la gravedad de su trance sin necesidad de convertir el cálculo de un cronista en un libro de registro penitenciario. El último dato incuestionable que este artículo permite retener es la nueva condena impuesta en junio de 1827.
En esta fuente no hallamos constancia de su salida, de una fuga ulterior ni de su muerte. Su historia no concluye, pues, ante un cadalso forjado para saciar el afán de un desenlace. Se detiene ante un hombre de veintidós años a quien acaban de añadir tres años más de condena, restituido al mismo enclave del que había intentado escapar.
El asistente a la vista de nuestra primera escena retoma sus notas. Había apuntado al margen la edad de Arigonde, sin saber qué uso daría a aquella anotación. Al lado, escribe la duración de la nueva pena. Las dos cifras quedan separadas por un espacio en blanco. Dobla el papel y lo guarda; fuera, él sí puede elegir el camino de regreso a su hogar.
