Habían pedido demasiado dinero por custodiar el cadalso. La víspera de la ejecución, en La Châtre, varios hombres se habían ofrecido; sus pretensiones habían sembrado la duda. Un joven llamado Barbone aceptó cincuenta sueldos y fue a tenderse sobre los maderos. A la mañana siguiente, Bernardet y Darchy debían morir allí. Durante esa noche, aquello era una obra municipal que no convenía dejar desatendida, y el precio del sueño de un vigilante terminó por zanjarse.
La ciudad llevaba semanas esperando. Una primera multitud se había congregado en vano el día en que se creyó que los condenados serían ajusticiados; tuvo que dispersarse con las piernas fatigadas y la curiosidad intacta. Ahora, los maderos rojos habían sido descargados, ensamblados e incluso palpados por los mirones. Esta vez habría algo que ver.
El asunto había comenzado con una cabra que vagaba extraviada, herida por el fuego.
La fortuna de la Marchoise
Jeanne Raimond, a quien apodaban la Marchoise, tenía ochenta y cinco años. Vivía sola en una choza aislada de Saint-Denis-de-Jouhet, cerca de La Châtre. La caridad le proporcionaba parte de su sustento; su cabra le daba leche. El animal era a un tiempo recurso y compañía en una casa donde se podía pasar mucho tiempo sin dirigirle la palabra a nadie.
Jeanne había logrado, no obstante, reunir sesenta francos. Conviene reconocerle a semejante suma toda su grandeza en la vida que la había engendrado: gastos rehusados, privaciones postergadas, la satisfacción de poseer al fin algo que no dependiera del auxilio venidero. Mostraba su dinero y lo llevaba consigo, refiere el periódico. No se puede hacer de ese orgullo la culpa que justificara el ultraje sufrido. Tan solo cabe comprender que sus ahorros eran de sobra conocidos, incluso en esa vecindad de la que ella habría debido esperar amparo.
El 29 de noviembre de 1829, un hombre de una aldea cercana avistó a la cabra errante, en parte quemada. Se encaminó hacia la choza. Las llamas la habían destruido. Jeanne no había huido con el animal: los restos de su cuerpo yacían entre los escombros. El fuego, sin embargo, no había borrado todos los indicios. Quedaban restos de sangre, bastantes para que se impusiera considerar algo más que un simple accidente.
Los magistrados de La Châtre se trasladaron al lugar. Las sospechas no tardaron en recaer sobre Darchy y los cónyuges Bernardet, vecinos de Jeanne, con quienes la anciana había sostenido disputas de dinero y de quienes se decía que la habían amenazado. En casa de Darchy, el registro no arrojó nada comprometedor. En la de Bernardet se hallaron un hacha ensangrentada, ropas y el mísero ajuar de la difunta. Lo sustraído de la choza reaparecía en otra morada.
Bernardet admitió haber presenciado el asesinato. Acusó de él a Darchy: este último habría golpeado a Jeanne con el hacha; él, aterrorizado y bajo coacción, se habría limitado a colaborar en el traslado de los bienes. Esa fue su defensa. Explicaba la presencia de los objetos bajo su techo a la vez que descargaba en su vecino la autoría de los golpes. Al tribunal correspondía sopesar tan ventajoso reparto, en lugar de darlo por cierto únicamente porque un reo lo ofreciera envuelto en una confesión.
Dos condenados y una mujer absuelta
Bernardet, su esposa y Darchy quedaron detenidos y fueron enviados ante el tribunal de lo criminal del Indre. La vista tuvo lugar el 20 de marzo de 1830. La mujer de Bernardet resultó absuelta; los dos hombres fueron condenados a muerte, con ejecución pública fijada en La Châtre. Las actas publicadas no reproducen la totalidad de las declaraciones. Exponen las pesquisas, la versión de Bernardet y, finalmente, aquel veredicto cuyos efectos habrían de rebasar con creces los muros de la sala de audiencias.
La noticia recorrió los municipios comarcanos. En La Châtre hacía treinta y siete años que no se presenciaba una ejecución pública, según el corresponsal. Semejante rareza, que habría podido antojarse afortunada, no hizo sino acrecentar la expectación. Los condenados habían recurrido en casación; para el vecindario, el asunto se había convertido ya en una simple fecha que convenía averiguar.
El Tribunal de Casación desestimó el recurso el 15 de abril. Se dio por sentado que el suplicio se celebraría el sábado 1 de mayo, día de mercado. De las campiñas llegaron gentes en abundancia. Pero ni los condenados ni el instrumento del cadalso hicieron acto de presencia. Una solicitud de indulto promovida a favor de Bernardet había suspendido el trámite previsto. La multitud se dispersó, y el cronista no dejó de advertir su despecho. Quedaban, para los dos reos, unos pocos días más de vida; para varios de los congregados, un desplazamiento baldío.
Al fin se conoció la denegación de la gracia real. Se fijó la fecha para el sábado 29 de mayo, jornada de feria. La ciudad pudo reanudar sus preparativos. Los quehaceres habituales y la ejecución pública compartirían el mismo calendario, entre los encuentros consabidos y los caminos familiares por los que transitaban los habitantes de los alrededores.
La hermana que sabía
El jueves precedente, un carruaje escoltado por cuatro gendarmes condujo a los dos hombres. Darchy tenía veintitrés años. Descendió con soltura a pesar de sus grilletes, saludó a conocidos a quienes reconoció entre la concurrencia y aseveró que nada temía, pues nada malo había hecho. Bernardet, de cincuenta años, parecía más quebrantado, pálido y abatido. Ambos creían aún, según el relato de la época, que su regreso permitiría practicar nuevas diligencias favorables a su causa.
Darchy solicitó ver a su hermana. El fiscal prometió autorizarlo. Cuando ella franqueó la puerta, no albergaba la esperanza a la que él se aferraba. Lo estrechó entre sus brazos evocando su postrer encuentro. El retorno a La Châtre cobró entonces para él su verdadero y aciago sentido.
Imaginemos los brazos que aflojan su abrazo, la mirada escrutando en el semblante fraterno algún error que obligarla a rectificar. Ella había acudido porque sabía; él la había llamado porque creía todavía posible hablar del porvenir. Proclamó su inocencia y se abandonó a la desesperación. El fiscal, testigo del trance, intentó tranquilizarlo diciendo que nada había decidido. Estas palabras las recoge la gaceta, que no nos permite discernir los motivos exactos de semejante consuelo. Para Darchy, bien pudieron reabrir el resquicio de esperanza que las frases de su hermana acababan de sellar.
En la plaza, entretanto, ya se descargaban los materiales para erigir el patíbulo. Tras las carretas marchaban mujeres y niños. La visión del armazón causó un primer estremecimiento de pavor; después, los curiosos se aproximaron. Acaba uno por acostumbrarse a cualquier cosa, con tal de que el artefacto permanezca inmóvil el tiempo suficiente ante la vista y sea otro quien deba subir a él. Fue entonces cuando Barbone encontró su acomodo para la noche.
Media hora más
El sábado, desde las cuatro de la madrugada, comenzaron los últimos preparativos. El fiscal advirtió a los reos de que debían renunciar a toda esperanza. Darchy tomó una sopa de leche. El cura párroco Pignet y el vicario Gros permanecieron al lado de los dos hombres. En la plaza del mercado, la concurrencia no cesaba de aumentar.
A mediodía compareció Bernardet, sostenido por el cura. Lloró, besó el crucifijo y fue ajusticiado sin pronunciar discurso alguno. Su periplo judicial concluía en ese instante. La plaza, no obstante, aguardaba todavía a Darchy. Durante media hora, el condenado no asomó. El cronista describe una impaciencia redoblada, como si un aplazamiento amenazara con escamotearle al público la mitad de lo que se le había prometido.
Darchy llegó al fin. El vicario lo exhortó a decir la verdad; él persistió en proclamar su inocencia. Rezó, besó al sacerdote y pidió luego la palabra. De cara a los presentes, pronunció su nombre y afirmó por última vez no haber cometido el crimen del que se le acusaba. El periódico consigna esta solemne declaración. Forma parte de su historia, mas sin convertirse para nosotros en prueba de una inocencia que pudiéramos dictaminar a la distancia. La condena pertenece asimismo a las actas, sin concedernos licencia para inventar una confesión que jamás salió de sus labios.
Fue ejecutado a su vez. Los dos hombres anunciados yacían muertos; la muchedumbre ya podía despejar la plaza.
La Marchoise, por su parte, no tuvo derecho a un postrer alegato ni al relato de la visita de una hermana. De ella nos quedan su nombre, su choza, su cabra y aquellos sesenta francos reunidos a fuerza de privaciones. Se había discurrido durante semanas sobre el día en que se vería morir a quienes la justicia condenó por su muerte. Justo es reparar también en la soledad de una anciana cuya última noche nadie vio llegar.
