El general Custine regresó a la sala de audiencias tras la deliberación del jurado y advirtió que sus defensores ya no se hallaban a su lado. El presidente le notificó el veredicto y le hizo saber que podía formular alegaciones sobre la aplicación de la ley. El militar declaró que su conciencia nada le reprochaba y que moría en paz. El relato de Champagnac convierte esta escena en el primer proceso de una secuencia en la que la acusación de traición se transmitió del padre al hijo.
Adam-Philippe Custine había nacido en Metz en el seno de una familia noble. Siguió la carrera de las armas, tomó asiento en la Asamblea Constituyente como diputado de la nobleza y obtuvo más tarde el mando de un ejército. Tras la defección de Dumouriez del bando francés, Custine le sucedió al frente del ejército del Norte. Champagnac ensalza sus hechos de armas y su lealtad, pero su capítulo fue redactado contra el gobierno revolucionario: sus juicios sobre las facciones y los móviles de la acusación deben entenderse como los de un autor de parte.
El 29 de julio de 1793, en tanto que la Convención decretaba la acusación de varios diputados girondinos fugitivos, Custine se vio personalmente encausado. La rendición de Maguncia ante los prusianos sirvió de pretexto para tal medida, según el cronista. El general se hallaba en París por orden del consejo ejecutivo. No emprendió la huida tras el decreto y continuó acusando al ministro de la Guerra de haberlo privado de refuerzos y de haber sembrado la desconfianza entre sus tropas. Champagnac interpreta esta actitud como un exceso de franqueza; el acta de acusación apreció en ella una tentativa de provocar una sublevación en la capital.
Custine fue arrestado, conducido en primer término a la abadía de Saint-Germain-des-Prés y trasladado después a la Conciergerie el 31 de julio. Quince días más tarde compareció ante el Tribunal Revolucionario. El auto de acusación, redactado por Fouquier-Tinville, lo vinculaba a la deserción de Dumouriez y le censuraba en particular haber desaprobado la muerte del rey. Le imputaba asimismo haber hecho fusilar a oficiales y soldados por faltas leves. La fuente contrapone a este cargo otra versión de los ajusticiamientos: los soldados habrían sido castigados tras haber saqueado, en Espira, relojerías, templos y casas religiosas.
Un documento fechado el 9 de abril desempeñó un papel determinante. Ostentaba una firma atribuida a Custine y servía para sustentar los cargos formulados contra él. El general negó haberlo redactado, dictado o suscrito. Los peritos calígrafos declararon que la firma había sido imitada a partir de otra rúbrica auténtica del general y que presentaba los signos característicos de una falsificación. En la crónica de Champagnac, este examen desvirtúa frontalmente el empleo que la acusación hizo de la esquela; no obstante, el texto no transcribe el informe pericial ni el acta íntegra de la audiencia.
Varios testigos de cargo articularon otras imputaciones, que el autor atribuye al odio o a la ambición. Declararon igualmente testigos de descargo, contándose entre ellos el general Miranda. Concluidas las declaraciones, el acusador público asimiló a Custine con Dumouriez y recapituló los cargos. El general respondió por sí mismo respecto a sus operaciones militares; su defensor, Tronson-Ducoudray, debía alegar seguidamente sobre los demás extremos. El relato presenta ambas intervenciones como una defensa enérgica, para recalcar a continuación que ni la elocuencia del letrado ni los descargos del general alteraron el fallo.
En la noche del 27 de agosto, el jurado se pronunció en favor de la acusación sobre tres cuestiones, con mayorías respectivas de diez votos sobre once, de nueve y de ocho. El presidente conminó al público a abstenerse de toda muestra de aprobación o censura, recordando que el reo pertenecía en adelante a la ley. Custine retornó a la sala bajo escolta. Sus defensores, a quienes el cronista describe abatidos por la pesadumbre, habían abandonado el estrado. Tras oír la sentencia, el general aseveró que moría con la conciencia limpia.
Concluida la sesión, oró de rodillas en la secretaría durante dos horas y rogó a su confesor que pasase la noche junto a él. Escribió a su hijo, exhortándolo a procurar en el futuro la rehabilitación de su memoria. Al día siguiente fue conducido al cadalso y pereció a los cincuenta y tres años de edad. Corría el año de 1793. El hijo a quien había encomendado su memoria no tardaría en verse obligado a defender su propia vida.
La condena del general no puso término al drama familiar. Su hijo fue arrestado y compareció a su vez ante el Tribunal Revolucionario. Champagnac achaca este procesamiento al temor de que pretendiera vengar a su padre, si bien no aporta documento alguno que acredite tal designio. Un único testigo, Vincent, lo acusó de haber rehuido a los patriotas, frecuentado a contrarrevolucionarios y tomado parte en los planes de su progenitor. Interrogado acerca de sus pruebas, hubo de reconocer que no hacía sino repetir rumores oídos y cuanto, a su juicio, era del dominio público.
La audiencia se centró primordialmente en el examen de cartas interceptadas. El hijo había confiado al correo del general una misiva destinada a su padre. Expresaba en ella su honda inquietud ante los reveses militares; interrogado al respecto, arguyó que la caída de Condé y la amenaza sobre Valenciennes entrañaban el riesgo de suministrar nuevas armas a los adversarios de su padre. Le había informado asimismo sobre la composición del nuevo Comité de Salvación Pública, explicando que semejantes noticias atañían directamente a un jefe de ejército y no demostraban conjura alguna. Manifestó no haber tratado a los diputados girondinos sino en los comités a los que acudía para gestionar los asuntos de su padre, ignorando por completo sus intenciones.
El joven había sido enviado asimismo ante el duque de Brunswick al estallar la contienda. Aclaró que se le había encomendado ofrecer a dicho general extranjero el mando de los ejércitos franceses. Declaró haber creído servir a su patria al emprender tal gestión, sin abrigar conocimiento de eventuales fines encubiertos. Hizo valer que contaba entonces veintitrés años y que resultaba inverosímil que se le hubiesen confiado propósitos secretos. Según la crónica, cuando el presidente dio lectura a su correspondencia de modo parcial, el hijo exigió que las cartas fuesen exhibidas íntegras, sosteniendo que se las mutilaba para abrumarlo.
La cuestión definitiva versó sobre su complicidad con el general. El hijo contestó que jamás había conocido en su padre otro designio que el de servir a la República y que sólo había permanecido junto a él en el ejército de forma fugaz. El presidente Dumas estimó, por el contrario, que un hijo en constante epistolario con su progenitor no podía ser ajeno a sus maquinaciones. El defensor protestó advirtiendo que no era lícito condenar a un hombre sobre semejante presunción, aun cuando hubiese conocido los designios paternos. Champagnac refiere que parte del auditorio aguardaba la absolución; el fallo, con todo, fue la muerte.
En su prisión, el hijo escribió a su esposa, Delphine. Le confiaba su desvelo por su porvenir y el de su vástago, le encarecía que lo educase lejos del vicio y aseguraba no sentir remordimiento por faltas que no creía haber cometido deliberadamente. Añadía haber perdonado a cuantos se habían regocijado con su condena. Fue ejecutado el 4 de enero de 1794.
Ambos litigios no fueron idénticos. En el caso del padre, la acusación descansaba en el mando militar, la rendición de Maguncia y una esquela impugnada por los peritos; en el del hijo, se apoyaba sobre todo en correspondencias interpretadas como pruebas de complicidad y en un testigo que admitía fundarse en habladurías. Entre una y otra vista, una carta había mudado de sentido: el padre veía en ella el lazo que permitiría reivindicar su memoria; ante los jueces del hijo, el epistolario familiar se erigió en uno de los argumentos capitales de la complicidad.
