En la noche que precedió al 15 de marzo de 1804, doscientos o trescientos hombres cercaron la morada del duque de Enghien en Ettenheim, en el electorado de Baden. Despertado por el estruendo, el príncipe saltó del lecho, aún en camisa, y empuñó un fusil. Uno de sus criados tomó otro. Los agentes de la fuerza pública se hallaban ya ante la casa. Se advirtió al duque de que toda resistencia resultaría estéril; se vistió a la prisa, sin tiempo siquiera para calzarse las botas, y abandonó Ettenheim bajo custodia militar.
El relato de Champagnac sitúa el origen de la causa mucho antes de aquella noche, en informaciones cuya difusión atribuye al gobierno del primer cónsul. Dos tenderos de Le Tréport, Querelle y Philippe, habrían denunciado una correspondencia secreta de los príncipes de Borbón con agentes en París, así como planes para una restauración. Pichegru y los duques de Polignac figuraban entre los nombres señalados. El poder, siempre según el cronista, confiaba en hallar en los papeles del duque precisiones más comprometedoras. No carece de peso que la expedición se lanzara contra un hombre establecido allende el Rin, cuya captura podía tanto someterlo a interrogatorio como erigirlo en el signo visible de una amenaza dinástica.
El duque residía en Ettenheim desde la disolución del ejército de Condé, en 1801. Se había afincado en la villa con la autorización del margrave de Baden y llevaba allí la existencia de un particular, consagrada, según la crónica, al cuidado de sus flores y a la caza. Su afecto por Mademoiselle de Rohan-Rochefort lo había vinculado a aquel retiro. La distancia que lo separaba de Francia no lo ponía fuera de alcance: emisarios enviados desde Estrasburgo acudieron a reconocer la casa y sus defensas.
Champagnac cita entre ellos a Charlot, oficial de gendarmería encubierto, y a Pferdsdorff, sargento primero. Su presencia despertó recelos. A Schmidt, antiguo oficial del ejército de Condé, se le encomendó desentrañar sus intenciones; mas Pferdsdorff logró embaucarlo, y Schmidt dictaminó que aquellos desconocidos no debían infundir zozobra. Mientras circulaba el informe tranquilizador, un oficial superior de la guardia consular se aproximaba asimismo a Ettenheim. El príncipe, que había pasado la jornada de cacería, resolvió abandonar la villa al día siguiente, el 15 de marzo. Era demasiado tarde.
La irrupción se produjo en plena tiniebla. Doscientos o trescientos hombres rodeaban la residencia, cifra consignada por la crónica. Alertado, el duque se dispuso a presentar defensa, pero Schmidt bajó su fusil y le advirtió de que cualquier resistencia sería vana. Pferdsdorff entró, pistola en mano, e interrogó a los presentes sobre cuál de ellos era el duque. El príncipe replicó que quienes acudían a prenderlo debían poseer sus señas y no tenían más que buscarlo. Los gendarmes respondieron que carecían de dicha filiación y que todos marcharían detenidos si rehusaba identificarse.
El duque partió escoltado junto a varios oficiales de su casa. La princesa de Rohan vio desfilar bajo sus ventanas al cautivo conducido con tal despliegue. Escribe Champagnac que jamás volvería a verlo. Los prisioneros cruzaron el Rin cerca de Rheinau en una barca; a falta de carruajes, caminaron hasta que se les procuraron unos malos carromatos para trasladarlos a Estrasburgo. El viaje despojó al príncipe de la seguridad del asilo que había escogido y lo transportó de un país a otro sin que le fuera dado decidir su destino.
En la ciudadela de Estrasburgo, repartió parte de sus caudales entre sus servidores. Los papeles incautados en Ettenheim fueron inventariados. Se le instó a estampar su rúbrica en el acta; se negó, resuelto a firmarla únicamente en presencia del caballero Jacques, su secretario y amigo, que había acudido voluntariamente a compartir su cautiverio. Esta negativa constituyó una de las escasas determinaciones que el procedimiento le consintió tomar. Su secretario permanecía a su lado; a su criado Joseph, en cambio, no le sería permitido llevarlo consigo.
El 18 de marzo, al rayar el alba, varios gendarmes irrumpieron en su celda y le ordenaron vestirse de inmediato. Rogó que le permitiesen llevar a Joseph; le contestaron que no habría de necesitarlo. Preguntó cuánta ropa blanca podía recoger. «Una o dos camisas», se le respondió, según Champagnac. El duque tomó doscientos ducados y entregó cien al caballero Jacques para sufragar los gastos de los prisioneros. Abrazó a sus servidores, se despidió de ellos y subió a un carruaje que rodó día y noche.
El 20 de marzo, a las cuatro y media de la tarde, el coche alcanzó las puertas de París, cerca de la barrera de Pantin. Un correo aguardaba allí con la orden terminante de bordear las murallas hasta Vincennes. El duque traspasó los muros de la prisión a las cinco. Extenuado por el hambre y la fatiga, tomó un yantar frugal y se durmió sobre un mal jergón, en el entresuelo. Había franqueado una frontera, una fortaleza y un largo camino; la jornada venidera no le reservaba pesquisas dilatadas ni defensa articulada.
Hacia las once de la noche, lo despertaron bruscamente y lo condujeron a una estancia del pabellón que daba al bosque. Allí se hallaban ocho oficiales superiores, designados por Murat, gobernador de París. Se instruyó un sumario criminal con premura suma. Preguntado sobre si había tomado las armas contra su patria, el duque contestó que había combatido con su familia para recobrar la herencia de sus mayores, pero que, firmada la paz, había depuesto las armas y reconocido que ya no quedaban reyes en Europa. Refiere Champagnac que su serenidad y su entereza sobrecogieron a los jueces.
Estos vacilaron y remitieron su informe a Bonaparte. Sostiene el cronista que el pliego regresó con tres palabras: «Condenado a muerte». La sentencia fue pronunciada a las cuatro de la madrugada. La noche quedaba reducida a una sucesión de términos escuetos: la pregunta sobre las armas, la réplica del príncipe, la vacilación de los oficiales y el informe despachado a París. Cuando la orden retornó, no contenía sino un fallo inexorable.
A las cuatro y media, el duque fue conducido al foso. Requirió el auxilio de un eclesiástico; uno de los presentes le espetó con desdén que los sacerdotes dormían. El príncipe guardó silencio, se recogió unos instantes en sí mismo y avanzó hacia el patíbulo. Poco antes de expirar, solicitó que se entregaran a la princesa de Rohan una trenza de sus cabellos, una carta y un anillo. Un soldado se hizo cargo de ellos; al advertirlo, un edecán le arrebató los efectos aduciendo que nadie debía cumplir los recados de un traidor. Ni siquiera la última voluntad íntima del reo le fue concedida.
El príncipe fue fusilado en la sección oriental de los fosos, junto a la entrada de un pequeño jardín. La noche era cerrada; le habían prendido una linterna sobre el pecho para guiar el fuego de los soldados. La fosa había sido abierta la víspera, mientras él cenaba. Un guardabosque había prestado pala y azadón; allí arrojaron su cuerpo vestido. Tenía treinta y dos años. La expedición había comenzado con el registro de unos legajos y concluía en un foso, antes de que la capital tuviese noticia del tránsito del prisionero.
Afirma Champagnac que entre los papeles confiscados no se halló documento alguno relativo a la conjura de Pichegru. El capítulo refiere asimismo, mediante el testimonio de un historiador, que los parisinos supieron al día siguiente, de un solo golpe, la detención, el juicio y la muerte del duque. Tales elementos sitúan la captura en el marco de una crisis de Estado, mas el tono del cronista va más lejos: acusa a Bonaparte de haber ordenado la muerte del príncipe para allanar su propia ascensión, y equipara la escena al espectro de Banquo tomando asiento junto a Macbeth.
Esta condena moral pertenece al autor de 1833. No debe confundirse con los cargos que la instrucción militar imputó al duque, ni con las contadas respuestas que Champagnac consigna. Lo que su relato patentiza con crudeza es la concatenación inexorable de los hechos: emisarios vigilan Ettenheim, la mansión es cercada, el cautivo atraviesa Estrasburgo y París, se congrega una comisión en Vincennes a deshoras, regresa la orden, se dicta el fallo antes del alba y el pelotón actúa menos de una hora después. El duque no vio despuntar el día sobre su causa.
Así concluyó, en estas páginas, el viaje que condujo a un príncipe desde un retiro foráneo hasta los fosos de Vincennes. Las últimas prendas que legó fueron confiscadas antes de que abandonasen el recinto; la sentencia, en cambio, se ejecutó sin dilación. Tras su muerte, realistas y republicanos interpretaron el suceso al dictado de los temores y lealtades de su tiempo. El texto erige la ejecución en un acta de acusación contra el primer cónsul; la historia del prisionero, por su parte, se cifra también en los ademanes postreros que aún le fue dado consumar: repartir su peculio, despedirse de los suyos, implorar un sacerdote e intentar hacer llegar una misiva y un anillo a quien ya nunca volvería a ver.
