En Nantes, el 5 de septiembre de 1661, Nicolas Fouquet fue arrestado sin estrépito. Había seguido a Luis XIV a Bretaña con el resto de la corte, en su calidad de uno de los principales ministros del consejo. La cautela del rey había transformado un viaje oficial en una celada. Desde hacía varios meses se urdía la suerte del superintendente; la fiesta de Vaux, que parecía llamada a consagrar su privanza, no había hecho sino precipitar su desgracia. Aquella detención abría un proceso que duraría tres años, decidiría sobre su vida y conduciría al encierro, no al cadalso.
Fouquet había recibido al monarca en su morada de Vaux con unos festejos cuya magnificencia sobrecogió a los cortesanos. Quienes maquinaban su ruina llamaron la atención del soberano hacia su emblema: una ardilla acompañada del lema latino «¿A dónde no subiré?». Por doquier, contaron al rey, el animal parecía acosado por la culebra, emblema de Colbert. A Luis XIV, que exigió una explicación, los enemigos de Fouquet le presentaron aquella imagen como el indicio de una ambición dirigida contra el ministro rival. La crónica advierte en tales interpretaciones uno de los resortes principales de la cólera regia.
Añade además un agravio más secreto. Mademoiselle de La Vallière gozaba ya del afecto del rey; Fouquet habría pretendido conquistarla, llegando al extremo de ofrecerle doscientas mil libras. Ella habría desdeñado la oferta y, más tarde, el superintendente habría intentado trocarse en su confidente antes que en su amante. Este pormenor de las intenciones íntimas es el que transmite Champagnac; no constituye por sí solo la materia jurídica del pleito, mas revela de qué modo las intrigas palaciegas convertían a un rival político en un rival de alcoba, entrelazando ambas facetas para explicar su derrumbe.
En un principio, el rey habría querido prender a Fouquet en mitad misma de la fiesta; prefirió, no obstante, el disimulo. El oficio de procurador general del Parlamento concedía al superintendente el privilegio de ser juzgado por las cámaras reunidas. Colbert lo persuadió para que vendiera dicha encomienda. Fouquet consintió y mandó ingresar en el Tesoro las un millón cuatrocientas mil libras obtenidas de la venta. Según el cronista, este generoso ademán no desvió la desgracia que ya estaba decretada.
La corte esgrimía otras inquietudes. Se murmuraba que Fouquet hacía artillar Belle-Île y que podía tener alianzas tanto dentro como fuera del reino. A finales de agosto, Luis XIV partió hacia Bretaña con el pretexto de que su presencia era indispensable para los estados que allí se celebraban. Turenne marchaba con él. La crónica interpreta este desplazamiento como una medida de seguridad: la compañía del mariscal podía inducir a creer que el rey se aprestaba a sofocar algún alzamiento, cuando la maniobra apuntaba en verdad a un solo hombre. Fouquet no dio muestras de alarma y se sumó al séquito. Fue capturado en Nantes y conducido luego a París para ser juzgado por una comisión de magistrados.
La designación de los jueces evidenció cuán equivocado estaba el reo respecto al favor de que aún creía disfrutar. Su madre, madame Fouquet, suplicó al primer presidente que no nombrara ponentes a d’Ormesson ni a Sainte-Hélène. D’Ormesson acabaría distinguiéndose por su indulgencia; Sainte-Hélène concluiría pidiendo la muerte. La corte tuvo noticia de las recusaciones solicitadas y halló en ellas un motivo suplementario para confirmarlas. El propio Luis XIV ordenó al primer presidente que designara a ambos magistrados. Cuando este alegó que la madre del acusado los había rechazado de forma expresa, el monarca replicó que el propio temor a su probidad justificaba la elección.
D’Ormesson fue nombrado relator junto con Sainte-Hélène. El primer presidente intentó dilatar la resolución real, pero Luis XIV aseveró que su voluntad era irrevocable. El relato refiere entonces una agudeza de Turenne: Colbert deseaba más que nada ver a Fouquet en la horca, en tanto que Le Tellier temía sobremanera que no lo estuviese. En el curso del litigio, estos dos ministros fueron, a decir de Champagnac, adversarios implacables del encausado. El canciller Séguier presidió la comisión y desplegó una severidad despiadada en los interrogatorios.
Las sesiones fueron prolijas. Fouquet respondió con tal firmeza y entereza que varios de sus jueces se vieron en no poco aprieto. En el capítulo de las finanzas, donde se hallaba más expuesto, la crónica estima que se le reprochaba menos que al cardenal Mazarino, su predecesor, a quien atribuye cuantiosas malversaciones. La acusación se afianzó sobre todo en un antiguo manuscrito, redactado quince años antes, en tiempos de la Fronda. Fouquet contemplaba en él la resistencia armada y la huida al extranjero, cuando juzgaba a Mazarino ingrato. El legajo fue hallado entre sus papeles destinados a la hoguera; él alegó haberlo olvidado por completo.
Cuando Séguier lo interrogó acerca de dicho plan, Fouquet reconoció la insensatez y el extravío del texto, mas negó rotundamente que constituyera un crimen de Estado. Formuló ante el tribunal su propia definición: el verdadero crimen estribaría en que quien ostenta una alta dignidad y conoce los arcanos del príncipe se pasara a sus enemigos, abriera las puertas de las plazas a sus ejércitos, cerrara las de su señor natural y entregara los secretos del reino. Su réplica arrojaba la cuestión sobre el pasado político de algunos de sus propios juzgadores. La crónica la refiere como una contestación llena de ingenio; no disipaba la gravedad del papel, pero forzaba a la comisión a deslindar un antiguo borrador de la traición consumada a la que aludía el procesado.
La sentencia no se pronunció hasta 1664. De los veintidós jueces que emitieron su voto, nueve se inclinaron por la pena de muerte y trece por el destierro perpetuo. Algunos de estos últimos habían aceptado dádivas de Gourville, amigo de Fouquet, según precisa la crónica. La mayoría le salvó la vida; no obstante, el rey conmutó el destierro por la prisión perpetua. El fallo judicial no derogaba, pues, la voluntad soberana: habiéndose votado una pena más benigna, fue trocada luego en un cautiverio mucho más implacable.
El rigor alcanzó asimismo a quienes habían obrado en favor de la clemencia. El canciller desterró a Roquesante, uno de los magistrados que con mayor denuedo había inclinado el ánimo de la sala. Guénégaud fue encausado y vio menguada la mayor parte de su hacienda; Saint-Évremond se vio forzado al exilio. Pellisson, primer oficial y confidente de Fouquet, dio a la estampa varios memoriales en su defensa y fue recluido en la Bastilla durante cuatro años y medio. Madame de Sévigné escribió a Pomponne regocijándose por el voto mayoritario que había evitado la muerte. También La Fontaine lloró la ruina de su mecenas en una elegía consagrada a las ninfas de Vaux, impetrando la gracia real.
Fouquet fue trasladado a la fortaleza de Pinerolo escoltado por cincuenta mosqueteros a las órdenes de d’Artagnan. Se le apartó de dos fieles servidores, Pecquet y Lavalée, que pretendían compartir su prisión. Tampoco a su esposa le fue concedida la licencia para acompañarlo. El cautiverio suponía así un desarraigo tanto como un castigo: el hombre que había regido las finanzas de la monarquía se hallaba despojado de los suyos, confinado lejos de la corte donde otrora había brillado.
La religión le deparó consuelo. Compuso tratados de piedad. Tras varios años en Pinerolo, el conde de Lauzun fue conducido allí a su vez, castigado por los arrebatos que sucedieron a su proyectado enlace con Mademoiselle, matrimonio que el rey se había negado a consentir. Fouquet, que hasta entonces no había mantenido trato alguno con el mundo exterior, ignoraba cuanto acaecía en la corte. Apenas pudo dar crédito a las nuevas que Lauzun le revelaba. Aquellas nupcias que habían acarreado la desgracia del conde se le antojaban una fábula inverosímil, tan ajeno lo había mantenido el aislamiento respecto al discurrir del tiempo cortesano.
Fouquet sobrellevó sus cadenas con entereza, escribe Champagnac. Expiró en Pinerolo el 23 de marzo de 1680, a los sesenta y cinco años de edad, tras dieciséis años de encierro en la fortaleza. Ciertos autores pretendieron que había muerto en el seno de su familia, sepultado en el olvido. Champagnac refiere que Gourville sostuvo semejante versión, mas advierte de que resulta contradictoria y desprovista de todo fundamento probatorio.
