Antes de marchar al suplicio, el marqués de Favras habría preguntado si desvelar un nombre podría salvarle la vida. Según la relación de Thiers reproducida por Champagnac, había admitido haber recibido cien luises de un prócer del Estado para predisponer los ánimos en favor del rey, aunque sin nombrarlo. La respuesta que obtuvo no le satisfizo. Eligió morir con su secreto.
Esta última versión nos llega de labios de M. Thiers, a quien Champagnac cita tras haber reproducido ya un relato del Journal des révolutions de Paris. El marqués fue ejecutado en 1790, pero el capítulo que se le consagra no constituye ni un expediente sumarial ni una relación única. En él se congregan voces que defienden su inocencia y otras que detallan la acusación. Conviene, pues, deslindar la conspiración que se le imputó, las declaraciones que él mismo prestó y la sentencia que lo condenó.
Favras había nacido en Blois en 1745, en el seno de una familia de magistrados. Abrazó la carrera militar y obtuvo el cargo de teniente de los Suizos de la guardia de Monsieur, empleo del que dimitió en 1786. Champagnac lo retrata como a un hombre de fértil imaginación, propenso a concebir proyectos sobre una infinidad de materias. Se interesaba por la hacienda y había elaborado un plan destinado a liquidar la deuda del Estado en veinte años. Desde los albores de la Revolución, sus propuestas políticas lo tornaron sospechoso a ojos de quienes sostenían el nuevo orden.
En 1790, la acusación le atribuyó un designio mucho más desmesurado: reclutar en las fronteras un ejército de ciento cuarenta y cuatro mil hombres contra la Constitución, comenzando por reunir a mil doscientos jinetes armados, cada uno de los cuales llevaría a la grupa a un soldado de infantería. Aquellos dos mil cuatrocientos hombres habrían de irrumpir en París por tres puertas distintas, asesinar al alcalde Bailly y a Lafayette, y apoderarse después del rey y de su familia para conducirlos a Péronne, donde veinte mil hombres aguardarían su llegada. La precisión de las cifras confería al proyecto la apariencia de un plan consumado; sin embargo, no basta, en las páginas de Champagnac, para darnos a conocer los elementos probatorios en que el tribunal fundó su condena.
Llevado ante el Châtelet, Favras negó toda conspiración y se defendió con serenidad. Prudhomme, en su periódico, lo describió como un hombre de porte digno, de verbo fluido y réplica certera, cuya noble fisonomía y cruz de San Luis conmovían a los espectadores. Tal semblanza del encausado no equivale a la deposición de un testigo de la trama; da cuenta, más bien, de la impresión que causó entre quienes asistieron a la audiencia. El mismo relato sostiene que los magistrados deliberaron durante seis horas antes de condenarlo a la horca, precedida del acto de amnistía o disculpa pública y expiatoria de la ignominia.
El 18 de febrero, el condenado debía ser conducido al patíbulo. Una de las relaciones que cita Champagnac lo sitúa en el cortejo a las tres de la tarde: frente a Notre-Dame, descendió, tomó de manos del escribano el auto que lo condenaba y le dio lectura en voz alta. Llegado luego a la Casa de la Villa, pidió que se le permitiera dictar una declaración. Perdonaba, según dijo, a quienes lo habían acusado contra su propia conciencia, declaraba haber amado al rey y negaba haber querido recurrir a la violencia contra el nuevo orden. Añadía que el pueblo exigía una víctima y que prefería que la elección recayera sobre él antes que sobre un inocente más débil.
El escribano había deslizado faltas de ortografía y de puntuación en aquella declaración. Favras las enmendó con temple antes de despedirse de cuantos lo rodeaban. En la relación de Prudhomme, cuando el juez relator lo conminó a delatar a sus cómplices, el marqués respondió que era inocente. En el instante de subir al cadalso, se dirigió a los ciudadanos y les pidió que rezaran por él. Después, invitó al verdugo a cumplir con su deber. Estas palabras, transmitidas por una fuente favorable al reo, son las que el cronista resuelve consignar; mas no bastan por sí solas para calibrar el peso del sumario instruido en su contra.
La plaza de Grève rebosaba de gente. Champagnac refiere que llegaron a alquilarse ventanas hasta por treinta y seis libras para presenciar la ejecución. La misma muchedumbre que había clamado por la muerte de Favras se sintió luego conmovida por su entereza y lo creyó inocente. El cronista advierte en ello los vaivenes de un público sucesivamente sanguinario y compasivo. Los gritos que pedían la cuerda y el farol habían acompañado, no obstante, todo el proceso, y el cadalso se alzó a gran altura a fin de que su muerte pudiera contemplarse desde cualquier ángulo. Tras la ejecución, corrió el rumor de que había sobrevivido y de que el verdugo lo había suspendido por las axilas para fingir el estrangulamiento; la crónica refiere esta historia como un rumor posterior y no como un hecho comprobado.
La cronología de aquella jornada difiere según las relaciones conservadas. Prudhomme, tal como lo cita Champagnac, hace pasar a Favras por Notre-Dame y luego por la Casa de la Villa, donde redacta su declaración antes de ser ajusticiado. Thiers, citado a continuación, lo conduce asimismo a la Casa de la Villa, pero sostiene que permaneció en ella hasta entrada la noche, mientras el pueblo aguardaba en la plaza. Ambas fuentes lo muestran impávido y dan fe de su muerte en la horca; únicamente la de Thiers refiere la conversación sobre los cien luises y su negativa a nombrar al personaje que se los habría entregado. Tampoco coinciden en el itinerario ni en la hora fijada para el suplicio.
Thiers incorpora el diálogo que otorga todo su peso al silencio de Favras. El marqués habría confesado haber recibido cien luises de un alto personaje del Estado que le pedía disponer los ánimos en favor del monarca. No dio nombre alguno. Al inquirir si semejante confesión podía salvarle la vida, la respuesta que recibió no le pareció suficiente garantía. Resolvió guardar el secreto. Champagnac no aporta indicio alguno que permita identificar a dicho personaje; el silencio del ajusticiado no nos autoriza a elegir a uno en su lugar.
A juicio de Champagnac, la penumbra que envolvió el proceso, el tono de la declaración y las últimas palabras recogidas por un testigo contemporáneo bastan para convertir a Favras en víctima de una intriga cortesana. El autor equipara su suerte a la de La Mole y Coconas, ejecutados en tiempos de Carlos IX tras haber sido entregados por el duque de Alençon, y sugiere que los hombres más poderosos salvan en ocasiones el pellejo inmolando a sus servidores. Es este un juicio de la crónica, que toma partido abiertamente. El relato que ha llegado hasta nosotros no ofrece el pormenor íntegro de los interrogatorios ni el careo de testigos y piezas de convicción; de ningún modo consiente transformar este paralelo en una certidumbre jurídica. Para dotar de mayor fuerza a su comparación, Champagnac evoca el proyecto que atribuye al duque de Alençon, hermano de Carlos IX: abandonar la corte para ponerse al frente de los hugonotes y de los descontentos. Una vez descubierta la trama, el príncipe habría entregado a La Mole, a Coconas y a otros confidentes para justificar su lealtad. La analogía reduce a Favras a la condición de un subalterno sacrificado por un valedor que permaneció en la sombra; mas tal es el marco conceptual elegido por el autor, y no el hallazgo de una identidad que el marqués jamás llegó a revelar.
El marqués murió ahorcado. Había negado el proyecto violento que se le imputaba; poco antes de su ejecución, de acuerdo con Thiers, habría admitido un vínculo político circunscrito al dinero aceptado para servir al rey, sin avenirse a revelar el nombre de quien se lo había entregado. Entre ambas versiones perviven una sentencia capital, un gentío enfurecido, una declaración dictada por el reo y el secreto que se llevó a la tumba. Su ejecución es indudable en el texto; su completa inocencia, afirmada por Champagnac, sigue siendo la deducción particular del autor y no el fallo de un tribunal consignado en las páginas del capítulo.
