Un domingo de febrero, el oficio divino se ve interrumpido por un rumor que recorre la iglesia: Sarah Morduck es una bruja. El reverendo Martin la hace conducir a la sacristía. Ella llora y niega haber dado motivo alguno para semejante imputación. Afuera, los feligreses se arremolinan en torno a Richard Hathaway, un aprendiz de Southwark a quien consideran víctima de un maleficio. Dicen que está ciego, mudo e incapacitado para comer desde hace semanas. A sus ojos, Sarah es la causante; exigen que Hathaway le arañe la carne y le arranque sangre, convencidos de que tal ademán obrará su curación.
Martin acude a ver a Hathaway en compañía de su amo, un herrero. El joven responde al sonido de su voz, le toma la mano y parece comprender su oración. El herrero alega haber visto una mejoría en él después de que rasgara la piel de Sarah. El pastor se niega a deducir de ello que la mujer lo haya embrujado. Al día siguiente, regresa junto a Sarah y el hermano de esta. Hathaway consiente en que otra mujer sea introducida en la estancia; confundiéndola con Sarah, la araña e inmediatamente recobra la vista. Cuando se le hace ver su error, se desploma. Para Martin, esta equivocación basta para fundar una duda razonable; a su alrededor, empero, no pocos persisten en creer en el prodigio.
El lance no sosiega a la muchedumbre. Tras la partida del eclesiástico, varios vecinos arrastran a Sarah hasta la casa donde custodian a Hathaway. Esta vez él la hiere de verdad, tras lo cual asevera hallarse mejor, come pan y queso y bebe con avidez. El tabernero y el amo arremeten contra Martin: al tachar el asunto de patraña, aducen, ha arruinado su reputación. El vecindario colma de improperios al pastor, acusándolo de haber sido sobornado y sosteniendo que impidió el ahorcamiento de una hechicera. Para Sarah, la absolución no disipa el peligro; muy pronto se ve forzada a abandonar Southwark.
En el primer proceso, celebrado en Guildford, Sarah Morduck resulta absuelta del cargo de brujería. Richard Hathaway aún no es procesado por impostura. El escándalo renace cuando este persigue a Sarah hasta su nueva morada, en las inmediaciones del muelle de St Paul, secundado por Jones y un gentío furioso. Hern, un testigo presencial, refiere haberla visto ultrajada y obligada a tolerar que él la arañara de nuevo. Un juez de paz ordena que sea examinada por el doctor Hamilton, quien no advierte anomalía alguna. Lane, con todo, la manda encarcelar y rehúsa de inicio una fianza de cien libras. La mujer solo recupera la libertad merced a la mediación de Martin. Entretanto, los vecinos que dan fe al portento gozan de impunidad para acosarla hasta en su nuevo distrito.
El 24 de marzo de 1703, ante las cortes del condado de Surrey, Hathaway comparece acusado de impostura. El debate ya no versa sobre la supuesta hechicería de Sarah, sino sobre la pretensión del acusado de haber ayunado diez semanas, vomitado alfileres y sanado con la sangre de su convecina. Habiendo sido Sarah exonerada, el jurado debe dirimir si los signos esgrimidos por Hathaway fueron fingidos.
Los alfileres constituyen el núcleo de las demostraciones. William Bateman relata que se le previno de que Hathaway iba a devolverlos. Se le acercó una copa; el joven se contorsionaba y aparentaba sufrir dolores acerbos, al tiempo que los alfileres surgían sobre el piso. Bateman recoge varios de ellos: se hallan secos, algunos engarzados en cadenillas, e idénticos a los que ya le habían enseñado con anterioridad. Mas cuando pide una copa limpia y la sostiene junto a los labios de Hathaway, no cae en ella alfiler alguno. Finalmente, registra la faltriquera del muchacho y extrae manojos de alfileres curvados semejantes a los del suelo. Un impresor agrega que Hathaway le llevó un relato de aquellos vómitos para su publicación, exhibiendo una fuente colmada de alfileres como prueba documental.
La cuestión del ayuno resulta más ardua de verificar. Los partidarios de Hathaway afirman haberlo velado durante jornadas enteras sin verlo ingerir alimento. Una enfermera y otros testigos aseveran que presentaba un aspecto en extremo extenuado. Varios feligreses declaran que vomitaba alfileres mohosos y que jamás abandonaba su aposento salvo para acudir al templo. Una dama, la señora Davenport, asegura haber ordenado vigilarlo durante diecisiete días y haber inspeccionado sus ropas y su lecho. Su hijo, que también había montado guardia, zarpó hacia alta mar antes del juicio y no pudo prestar testimonio.
A estas declaraciones se oponen las del cirujano Kensey y su doméstica. Kensey refiere haber albergado a Hathaway en su hogar, sin dirigirle intimidación directa, mientras su criada le suministraba sustento a escondidas. Sostienen haberlo visto comer en repetidas ocasiones, a veces con franco apetito, para adoptar de inmediato un semblante desfallecido en cuanto se aproximaban visitas. En una ocasión, baila y juguetea con las tenazas tras beber cerveza fuerte; en otra, simula no poder levantarse del asiento. Kensey narra asimismo que Hathaway intentó fugarse y que, al ser aprehendido, forcejeó antes de desplomarse sobre la cama cual si careciera por completo de fuerzas.
El médico Hamilton desacredita las manifestaciones del supuesto sortilegio. No halla en la boca ni en la garganta de Hathaway nada que explique su estado. Juzga que los alfileres pudieron ocultarse con destreza manual y duda de que un ser humano subsista a una abstinencia tan dilatada sin agua ni viandas. Incluso sir Thomas Lane, quien en un principio tomó en consideración los indicios de posesión y autorizó a Hathaway a arañar a Sarah, admite que el joven comenzó a comer de inmediato tras sangrar a una mujer, bebiéndose después un gran vaso de un solo trago. Con anterioridad, Lane había ordenado el registro corporal de Sarah y decretado su prisión, desoyendo las objeciones iniciales de Martin contra el milagro.
Hathaway presenta a sus propios testigos. Algunos juran haberlo visto ciego, mudo, presa de convulsiones o desprovisto de apetito. Sus deposiciones pintan un cuadro de padecimiento ostensible, pero no permiten esclarecer qué comía fuera de su presencia. La acusación replica con las observaciones de la vida cotidiana y con los alfileres hallados en sus bolsillos. El magistrado recuerda al jurado que la cuestión estriba en determinar si Hathaway embaucó a la comunidad, y no si fue lo bastante crédulo para creerse él mismo víctima de maleficio. Les conmina asimismo a separar las pretensiones milagrosas de los hechos tangibles sometidos a su fuero.
El jurado no precisa retirarse a deliberar: declara a Hathaway culpable de impostura. El proceso no borra la ordalía de Sarah Morduck, vilipendiada por sus vecinos y obligada al destierro; tampoco erige a los vigilantes en observadores infalibles. Pone de manifiesto, más bien, la forma en que cuaja un rumor de brujería: la sangre brotando en la piel, los alfileres sobre las tablas, los testigos convencidos de haber presenciado un ayuno sobrehumano y, al cabo, los bolsillos que descubren nuevas gavillas de metal. Cuando el falso milagro deja de persuadir, la vindicta pública muda de diana. Hathaway es sentenciado como impostor; Sarah, por su parte, hubo de abandonar su barrio mucho antes de que la justicia se volviera contra quien la había señalado.
