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Justicia y escándalos · Francia

El muerto que temía comparecer

Acusada de haber asesinado a su marido, una mujer emprende su búsqueda. Él está vivo, pero su otro matrimonio le ofrece una excelente razón para permanecer oculto.

Buscaban su cadáver en las charcas de Nerbonne. Louis de la Pivardière se hallaba, no obstante, con vida, en plena capacidad de firmar ante notario, de personarse ante un magistrado y de hacerse reconocer por el vecindario. Aquello, empero, no bastaba. Su esposa continuaba abrumada bajo el peso de una acusación de asesinato, el prior de Miseray estaba a punto de padecer los hierros de la cárcel, y él mismo vacilaba en comparecer: para librar a los demás de un crimen imaginario, debía exponerse a responder de su propia bigamia.

Había contraído matrimonio en 1687 con la señora de Chauvelin, viuda de Menou de Billy. Aportaba ella cinco hijos de sus primeras nupcias y la heredad de Nerbonne, cuya renta rondaba las mil libras. El sosiego del hogar no tardó en quebrantarse. Llamado a filas en 1689, La Pivardière obtuvo tres años más tarde una lugartenencia en los dragones de Sainte-Hermine. La lejanía castrense le proporcionó una holgura de la que hizo un uso sumamente personal.

En Nerbonne, el prior de Miseray, vecino y capellán del castillo, frecuentaba a la señora del lugar. Las visitas dieron pábulo a las habladurías. Se conjeturó un devaneo galante, que pronto se dio por cierto en los corrillos. Champagnac califica tales rumores de meras maledicencias; habrían de procurar, sin embargo, un cómplice idóneo a las pesquisas venideras. Antes de que se concibiera un homicidio, ya se había configurado la pareja a la que atribuírselo.

Entretanto, La Pivardière viajaba. En Auxerre trabó conocimiento con una joven cuyo padre, alguacil y tabernero, acababa de fallecer. Ocultó a la doncella su estado conyugal. No consintiendo ella en desposarlo sino por la Iglesia y con honestidad, él le concedió tal apariencia contrayendo una segunda unión. Asumió asimismo el oficio de alguacil que el difunto padre dejara vacante. En la villa se hacía llamar du Bouchet, otro apellido que le pertenecía, y la vida provinciana veló la identidad del hidalgo ausente.

Cuatro hijos nacieron de aquel enlace, según refiere la crónica. La segunda desposada ignoraba la existencia de la primera. El marido sostenía dicho engaño merced a desplazamientos periódicos: anunciaba que partía a recaudar dinero entre sus colonos, regresaba a Nerbonne y volvía luego a Auxerre con las sumas obtenidas de su legítima consorte. A esta última le aseguraba que debía reincorporarse a su regimiento. Ambos hogares subsistían, pues, merced a dos explicaciones distintas para un mismo viaje.

En Nerbonne, el dinero servía para apresurar una partida; en Auxerre, parecía confirmar el desahogo del flamante esposo. La misma bolsa infundía sosiego a una mujer sobre la dicha conyugal tras haber permitido a la otra alejar a su marido.

El artificio funcionó durante varios años. Mas la señora de Nerbonne tuvo noticia vaga de aquellas segundas nupcias. Con ocasión de un regreso de su marido, hallábase el castillo concurrido por una reunión. Ella lo recibió con frialdad. Despedidos los convidados, estalló la disputa: le afeó enérgicamente aquella otra unión; él lo negó todo. Poco después, una criada acudió a advertirle que corría riesgo de ser prendido si pernoctaba en la hacienda.

El aviso surtió efecto. Antes del alba, La Pivardière partió a pie. Su caballo cojeaba; lo dejó en la caballeriza. Abandonó asimismo sus pistolas y su capa, que le habrían estorbado en el camino. Aquellas prendas olvidadas tras de sí narrarían una historia muy distinta a la de su fuga. Un hombre que regresa a su morada y desaparece en la noche, sin su montura ni sus pertenencias: a ojos de la vecindad, bien pudiera haber dejado de existir.

El rumor de un asesinato corrió de boca en boca. El procurador del rey en Châtillon-sur-Indre interpuso querella. Champagnac le atribuye una enemistad personal contra el prior de Miseray; tal encono constituye, a su juicio, la causa del encarnizamiento judicial. Las testificaciones acopiadas no tardaron en revestir las sospechas de una precisión temible.

Varios vecinos manifestaron haber oído una detonación. Dos sirvientas relataron un crimen. Una de ellas acusó a su ama de haber franqueado la alcoba a dos criados del prior; la otra aseveró haberse presentado cuando concluían de matar a su señor. La hija de La Pivardière, de nueve años de edad, declaró haber escuchado la voz de su padre implorando el socorro divino. Ninguna de estas declaraciones sacaba a relucir el cuerpo; su concurrencia bastaba, con todo, para comprometer la vida de varias personas.

La señora de Nerbonne se sustrajo a la acción de la justicia. Ignoraba el paradero de su marido y no podía exhibirlo para su descargo. En París suplicó que la causa fuera encomendada a otro magistrado. El 18 de septiembre de 1697, la cámara de vacaciones la remitió al tribunal de Romorantin. Entretanto, continuaba buscando a aquel vivo de cuya muerte la inculpaban.

Las pesquisas alcanzaron por fin Auxerre. Sabedor La Pivardière de que venían de parte de su primera consorte, emprendió de nuevo la huida. Fue prendido en Flavigny. Allí supo que no se perseguía únicamente a un esposo infiel: su mujer se hallaba procesada por haberle dado muerte. La segunda esposa, al descubrir el engaño, lo instó con todo a socorrer a la primera. Esta intervención habría de pesar más que los ardides con que hasta entonces se había escudado.

Hizo levantar ante notario un acta en la que daba fe de su existencia y la firmó. Compareció ante el juez de Romorantin. Este lo acompañó por los contornos de Nerbonne, donde fue reconocido. Puestas en presencia de su antiguo amo, las dos sirvientas que al principio habían aludido a un impostor concluyeron por reconocer a La Pivardière. El relato del homicidio se topaba a partir de entonces, erguido frente a sí, con el mismísimo hombre a quien pretendía haber aniquilado.

Champagnac añade una escena sobrecogedora: el magistrado de Châtillon, atareado en rastrear el cuerpo en los estanques, habría visto surgir en la orilla a aquel a quien buscaba en el fondo del agua. Semejante aparición, referida a modo de humillación del acusador, no suspendió el procedimiento. La causa pasó al parlamento y el prior de Miseray fue aherrojado con grillos en los pies.

La Pivardière encomendaba la defensa de su mujer a letrados y atacaba a los jueces de Châtillon. Empero, no comparecía en persona ante dicha jurisdicción. A la imputación imposible de su asesinato podía suceder la, harto menos ilusoria, de su bigamia. Tras quince audiencias, una sentencia del 23 de julio de 1698 decretó su arresto y ordenó la prosecución sumarial al teniente criminal de Chartres.

La segunda esposa intercedió una vez más. Acudió a implorar de Luis XIV un salvoconducto para el hombre que la había embaucado. El monarca concedió uno por tres meses. Al amparo de tal gracia, La Pivardière se constituyó prisionero en Fort-l'Évêque e interpuso recurso contra la última resolución. El prior recobró la libertad; el 22 de julio de 1699, el recurso prosperó y La Pivardière obtuvo asimismo su excarcelación.

Hubo de aguardarse todavía hasta el 14 de junio de 1701 para conocer la sentencia definitiva. Quedaron anuladas todas las actuaciones y los acusados absueltos libremente de la causa. Una de las sirvientas fue condenada por falso testimonio a la retractación pública, a la marca con hierro candente y al destierro perpetuo del territorio del parlamento. La otra había perecido entre rejas durante la instrucción sumarial. El juicio de un asesinato jamás perpetrado había devorado años de libertad y no devolvía con vida a cuantos había confinado.

La Pivardière no se reinstaló de manera duradera junto a ninguna de sus dos mujeres. A tenor del desenlace ofrecido por Champagnac, obtuvo el mando de una brigada y cayó muerto a manos de contrabandistas algún tiempo después. Su primera esposa falleció también; la segunda tomó nuevas nupcias y sobrevivió largo tiempo a la contienda judicial. Aquel espectro en vida había hallado al fin una muerte verdadera, bien lejos de las aguas estancadas donde buscaron sus despojos. Dejaba tras de sí a dos mujeres que se habían visto forzadas a bregar para mantenerlo con vida ante la ley, mientras él, durante tantos años, les había ocultado su verdadera existencia.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo II33 leído en su integridad; sin acceso a reproducciones ni autos judiciales originales. 1701 = sentencia definitiva del 14 de junio; causa incoada en 1697. Los amores de la primera esposa y el prior no están probados; constan como murmuraciones. La inquina de los magistrados se atribuye al cronista, no a hechos contrastados de forma independiente. El pasaje de los estanques se adscribe expresamente a la crónica y no se consigna diálogo alguno. Se deslindan dos momentos de reconocimiento: actuaciones y pesquisa en Romorantin y, con posterioridad, la traba para comparecer ante el parlamento a causa de la bigamia. El salvoconducto trimestral no equivale a un indulto perpetuo. Anulación final y falso testimonio de la criada; la otra sirvienta pereció en prisión. Ningún nombre de pila de las esposas ha sido inventado; la segunda mujer permanece anónima. Champagnac da cuenta de los óbitos posteriores sin precisar fechas. La narración se ciñe en exclusiva a dicha crónica retrospectiva.

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