El marinero había regresado en dos ocasiones sin llegar a conocer a su hijo. La primera vez, se le aseguró que el pequeño Richard se encontraba al cuidado de un ama de cría, lejos de Gosport, a fin de mudar de aires y sobrellevar con mayor ventura los rigores de la dentición. Su permiso en tierra tocaba a su fin; zarpó de nuevo sin haberlo estrechado en sus brazos. A su regreso, en noviembre de 1810, aquel niño al que suponía ya de tres años de edad seguía sin echar los dientes y continuaba en paradero ajeno. En esta ocasión, no se conformó con una nueva epístola. Exigió ver a su vástago. Su esposa debía mostrárselo o traérselo sin más dilación.
En la relación legada por Camden Pelham, semejante tardanza no constituye una simple serie de contratiempos, sino el espacio que Harriet Magnis se vio obligada a poblar con un niño imaginario. Había escrito a su marido, por entonces en alta mar, asegurándole que encinta se hallaba. El artillero naval le había remitido trescientas libras esterlinas —los ahorros devengados de múltiples singladuras— con la orden expresa de que nada faltase a la criatura; y si era varón, mayor dicha. Una segunda misiva dio cuenta del alumbramiento e impuso al recién nacido el nombre de Richard, el de su propio padre. El marinero había cimentado su anhelo en lo que las cartas le pintaban. Cuna alguna, en verdad, le esperaba.
La trama había comenzado en Londres, en Martin’s-lane, donde moraba la familia Dellow. Tommy jugaba cerca de la vivienda en compañía de su hermana pequeña. Cierto día, se desvaneció. Habíase divisado a una mujer por las inmediaciones, mas las pesquisas iniciales no lograron dar con su paradero ni identidad. La crónica no consigna la fecha exacta del rapto ni las circunstancias pormenorizadas de cada hora; subraya, ante todo, el vacío que quedó en la calleja y una indagación que se equivocó de semblante.
Las sospechas recayeron sobre una dama inocente, esposa de un cirujano de la Real Armada. Diversos testigos creyeron reconocerla en el curso de dos comparecencias; fue remitida para su enjuiciamiento ante el tribunal del Old Bailey. Durante la vista, la pretendida identidad no resistió el examen. La encausada resultó absuelta por falta de pruebas concluyentes de que fuese ella la figura avistada junto al infante. Dicha absolución no devolvió a Tommy a los suyos ni señaló todavía a la verdadera autora del rapto. La afligida familia continuaba huérfana de respuestas, en tanto que otra mujer había debido responder de un desafuero jamás cometido.
La pista provino de Gosport. Un magistrado dirigió misiva a los Dellow participándoles que su hijo se hallaba allí y podía ser restituido a sus legítimos progenitores. El padre partió de inmediato y regresó a Londres con el pequeño. El sumario de los hechos no se detiene a pintar el cuadro del reencuentro; consigna la circunstancia más sobria y decisiva: Tommy estaba con vida y de vuelta en su hogar. Con todo, la restitución del menor trajo consigo una nueva comparecencia judicial. Ante el lord-alcalde, el padre se personó con William Barber, guardián de la prisión de Gosport, quien debía prestar declaración incriminatoria contra Harriet Magnis, vecina de la villa en cuya morada se había descubierto al niño.
Barber había reparado en un cartel que describía con minuciosidad los rasgos del menor desaparecido. La información le condujo derechamente a las habitaciones de los Magnis. Preguntó a Harriet si tenía a su cargo un infante y si era fruto de sus entrañas. Ella contestó, según anota Pelham, con voz vacilante, mas le condujo sin oponer resistencia hasta la alcoba donde el niño reposaba. Allí confesó haberlo tomado en Londres. Este primer reconocimiento no disipó todas las incertidumbres, pero desbarató de raíz la fábula del lactante remitida a su esposo: el muchacho no era Richard; se trataba de Tommy Dellow.
Explicó acto seguido los resortes de la falacia. Su marido profesaba un entrañable amor a la infancia y ansiaba con fervor verse bendecido con descendencia. Ella había fingido un gravamen mientras él surcaba los mares, para notificarle luego el nacimiento de un varón. A cada escala o regreso a puerto, un pretexto sobrevenido interponía la distancia entre el marinero y el niño. Pelham presenta el anhelo del marido y la zozobra de la mujer como el móvil primordial de la sustracción; carecemos de los manuscritos originales o de las deposiciones completas para calibrar con justeza el grado de noticia o engaño que asistía a cada cual. Refiere la crónica que Magnis procuraba saciar semejante deseo y que su esposo había librado el caudal de sus economías en beneficio del hijo anunciado.
A su llegada en noviembre, la ficción no admitía ya más prórrogas. Magnis marchó a la capital resuelta a procurarse un chicuelo. Transitaba por Martin’s-lane cuando descubrió a Tommy a la puerta de una verdulería, al lado de su hermana. Entró con la excusa de comprar manzanas, acarició a los niños y obsequió al muchacho con una de las frutas. Seguidamente, pidió a la pequeña que la guiase hasta un obrador de confitería para adquirir unos dulces. Magnis aprovechó aquel instante para escabullirse con Tommy, dejando atrás a la niñita abandonada a su suerte. Mediante tan rauda triquiñuela, el párvulo que había constituido el eje de una mentira conyugal se convirtió en la presa de un nuevo traslado, hurtado a su hermana en un instante de desatención.
En Gosport, el marino había cobrado verdadero apego al chiquillo que juzgaba de su propia sangre. Pelham asienta que le profesó un sincero cariño paternal y que quedó profundamente desolado cuando la maquinación quedó al descubierto ante el juez de paz. Hubo de restituirlo a su verdadera familia. La crónica no nos permite desentrañar cómo rememoró Tommy aquel cautiverio, ni cómo sobrellevaron los Dellow las angustiosas semanas o años de incertidumbre. Tampoco nos desvela el nombre de aquella desventurada mujer erróneamente encausada. El cauce de los hechos verificables es más angosto: un infante recobrado, un padre que acude en su busca, un carcelero que sabe hilvanar las señas de un bando con un domicilio y una confesión que destapa la falsedad.
El epílogo judicial reviste contornos harto más borrosos que la ventura doméstica. Una vez expuestas las actuaciones que refiere Pelham, Harriet Magnis fue conducida a la prisión de Winchester a fin de comparecer en juicio ante el tribunal de assizes. Empero, eludió el rigor de la justicia, asevera el autor, por habérsela instruido causa en un condado incompetente: el rapto se había consumado en Londres. No se precisa si se incoó un nuevo procedimiento ni qué pena, de haberla, le fue impuesta. El capítulo concluye en este punto. Tommy había retornado a los brazos de sus padres, pero las letras del sumario dejan en suspenso el destino punitivo de la raptora.
La causa dio comienzo, pues, con un error de señas y concluyó con un defecto de jurisdicción. Entre ambos hitos, un padre creyó a ciegas en las cartas de un retoño al que jamás había contemplado cara a cara, y la clave vino a darla un pasquín impreso con la precisión bastante para que Barber diese con Tommy en Gosport. La relación de Pelham transforma estos lances en una lección moral sobre la impostura; réstanos a nosotros deslindar los hechos que consigna de las omisiones que arrastra. La verdadera madre y el auténtico padre recuperan a su prole. La inocente dama ve restituida su honra tras el veredicto. En lo tocante a Harriet Magnis, la crónica rehúsa brindarnos el fallo definitivo de la ley.
Nota documental: Relación adaptada del capítulo «Harriet Magnis. Tried for Child Stealing», inserto en la obra de Camden Pelham, The Chronicles of Crime; or, The New Newgate Calendar, vol. I (Londres, T. Miles & Co., 1887), págs. 510-511; edición que reproduce el prólogo fechado el 1 de julio de 1840. Este sumario retrospectivo no precisa la data exacta del rapto ni el patronímico de la dama falsamente incriminada; consigna, asimismo, que Magnis eludió las Cortes de Winchester a resultas de una acusación radicada en el condado indebido. No se ha procedido a la compulsa de los autos judiciales de la época.
