Ciento cincuenta y tres testigos reconocían en ella a la marquesa de Douhault. Habían sido interrogados; habían visto su rostro, oído su voz y confrontado sus recuerdos con los de ella. Y, sin embargo, aquella mujer no lograba recuperar su nombre. Se le oponía una muerta de la que afirmaba ser la superviviente, una presidiaria de la que se negaba a ser el doble y unos legajos que poseían ante los jueces una autoridad que su sola presencia no bastaba para derribar.
El caso de Champignelles, tal como lo narra Arthur Griffiths en su recopilación dedicada a la policía y al crimen, comienza ante una puerta cerrada. En octubre de 1791, una dama enlutada se presenta en el castillo. Pide entrar en su propia casa. El conserje le responde que la marquesa de Douhault falleció hace tres años y que el hermano de esta ha dejado órdenes terminantes. Ella se levanta el velo. La puerta permanece cerrada.
Al día siguiente, se la encuentra en la iglesia, junto a la tumba de quien afirma ser su padre. Varios vecinos quedan impresionados por su parecido con la difunta; otros interrogan a la criada que la acompaña. La visitante no altera su respuesta: es en verdad la marquesa, pero su hermano se niega a reconocerla. Acto seguido, los vecinos son convocados a son de tambor para que se pronuncien sobre su identidad. Griffiths cuenta noventa y seis, entre los cuales figuran soldados, oficiales y miembros del municipio. Ella evoca pormenores familiares y circunstancias que sus interlocutores juzgan convincentes.
Estos reconocimientos le brindan la oportunidad de llevar su reclamación ante la justicia. Exige su parte de la herencia de Champignelles y las rentas de las que habría sido privada durante su ausencia. El litigio adquiere así un cariz temible: para restituirle sus bienes, es preciso empezar por restituirle su existencia; para denegárselos, hay que explicar quién es esa mujer a la que tantas personas afirman conocer.
Su historia, expuesta en los memoriales preparados para su defensa, se remonta a una disputa doméstica. Tras la muerte del padre, el hijo habría logrado que su madre le cediera los derechos sobre las propiedades a cambio de una pensión que luego descuidó abonar. La marquesa lo acusaba asimismo de haber obtenido su firma en un documento en blanco. La madre, reducida a empeñar sus alhajas, había implorado el auxilio de su hija. Esta tomó partido por ella, amenazó a su hermano con un pleito y decidió marchar a París para actuar de concierto.
La viajera afirmaba haber partido al día siguiente de la Navidad de 1787. En Orleans aceptó la hospitalidad de unos conocidos. El 15 de enero siguiente, antes de reanudar el viaje, salió en coche; una dama le habría ofrecido una toma de rapé. Recordaba un dolor punzante en la cabeza, un sopor invencible y, después, la nada. Cuando recobró el sentido, se hallaba encerrada en la Salpêtrière. Allí nadie la llamaba Douhault, sino Buirette.
Contaba haber protestado, exigido su libertad e intentado avisar a sus allegados. Al cabo de diecisiete meses, un recurso ante la duquesa de Polignac habría permitido por fin su excarcelación el 13 de julio de 1789. Mas su hermano la rechazó, un tío suyo tampoco quiso reconocerla y le anunciaron que su madre ya no existía. Sostenía haber encontrado protectores en Versalles y, más tarde, letrados dispuestos a defender su causa a cambio de gravosos compromisos financieros. Tal era la versión de la demandante: su propia familia la habría hecho desaparecer, declarándola luego muerta para apoderarse de cuanto poseía.
El hermano presentaba una versión por entero distinta. Había acusado primero a la visitante de pretender apoderarse del castillo al frente de una tropa de trescientos hombres. Sostenía sobre todo que no era otra que Anne Buirette, antigua reclusa de la Salpêtrière. A tenor de los autos aportados contra ella, dicha Buirette se habría aprovechado de una merced real destinada a rescatar los objetos empeñados en el monte de piedad: haciéndose pasar por dama vinculada a la corte, se habría apoderado de las pólizas de empeño y malversado el dinero previsto para las redenciones. En lugar de una heredera perseguida, la parte contraria ofrecía a los magistrados el retrato de una experimentada estafadora.
Una fecha resultaba demoledora: el 3 de enero de 1786. La pretendiente la había señalado como el día de su ingreso en la Salpêtrière. Ahora bien, constaba que la marquesa aún vivía libremente en sus propiedades durante 1786 y 1787. ¿Cómo sostener que fuesen la misma persona? A este escollo se sumaban cartas plagadas de faltas y una manifiesta confusión en los nombres de pila del marqués. Los abogados contrarios confrontaban tales torpezas con la esmerada crianza de la auténtica dama, reputada por culta, música y versada en varias lenguas.
Presentaban también testimonios relativos a la última enfermedad de la marquesa, a los santos sacramentos recibidos y a sus exequias. Todo un cortejo de solemnidades públicas envolvía aquella muerte: médicos, parientes, autoridades municipales y el duelo formal de la familia. Parecía inverosímil que un deceso acreditado de tantas formas hubiese sido fingido. Sin embargo, al examinar las piezas los defensores de la demandante, el edificio pareció menos firme. Alegaron que no se aportaba la partida de defunción propiamente dicha y que las cartas de defectuosa caligrafía eran meras copias, no los originales.
El cotejo de los cuerpos tampoco zanjó la disputa. Se había afirmado que la marquesa tenía los ojos azules y cojeaba, mientras que la advenediza tendría los ojos negros y el andar desembarazado. Esta demostró que cojeaba y que sus ojos eran, en efecto, azules. Exhibió asimismo una cicatriz que atribuía a una estocada recibida antaño de manos de su marido. El tribunal civil de Saint-Fargeau rehusó, no obstante, reconocer su identidad, apoyándose en la fecha de su ingreso en la Salpêtrière.
Los recursos se dilataron. Tras varios años de pleito, la causa fue remitida a Bourges con tres interrogantes precisos: ¿había muerto verdaderamente la marquesa? ¿Era la demandante Anne Buirette? Y, de no serlo, ¿podía ser la marquesa? La fecha misma del pretendido deceso se desvanecía: unos mencionaban el 17 de enero de 1788; otros, el 18; otros, el 19. Las circunstancias del trance se discutían de igual modo. Las respuestas de los testigos sobre su filiación distaban de concordar. Dieciocho reconocieron a Buirette; catorce no le hallaron parecido alguno, entre ellos el propio cónyuge de esta última. Sobre doscientas veinticuatro personas oídas a propósito de la marquesa, ciento cincuenta y tres aseguraron reconocerla.
Varios peritos cotejaron las grafías. Compararon las cartas de la marquesa anteriores a su supuesta muerte con las de la demandante; denunciaron asimismo falsificaciones entre los documentos atribuidos a ella. La mujer justificó por fin la fecha de 1786 aduciendo un lapsus de memoria. La corte de Bourges confirmó, con todo, el fallo desestimatorio. Los testimonios y las pericias habían multiplicado los motivos de duda sin concederle el reconocimiento que demandaba.
Griffiths refiere que, al reanudarse el procedimiento bajo el Consulado y el Imperio, logró hacer admitir que no era Anne Buirette. Mas ello no bastó para sentar que fuese Douhault. Tampoco él desvela el enigma. Su crónica concluye con una última interdicción: al sobrevenirle la muerte, las autoridades habrían denegado que se grabara nombre alguno en su sepultura. La cancela del castillo se le había cerrado en vida; ni siquiera la losa destinada a cubrir sus restos debía declarar quién había sido.
