Catherine Phelippeau no exigía a aquel hombre que demostrase ser un príncipe. Deseaba únicamente saber si era su hijo. Antes de las cartas remitidas a los Borbones, antes de los visitantes que acudirían a reverenciar una majestad en la prisión de Ruan, habían existido una madre, una posada y un caminante a quien se le atribuía el semblante de un ausente. Todo el proceso adquiriría proporciones regias; mas su primera herida pertenecía al seno de una familia.
En 1815, un barquero llamado Fraimbaut topó con aquel desconocido mal ataviado y creyó reconocer al hijo de Phelippeau. El viajero lo negó, según el testimonio del barquero; pero este no dio su brazo a torcer, le prestó doce francos y lo condujo ante su supuesta madre. Es posible resistirse a quien engaña; resulta harto más arduo defenderse de quien trae consigo una esperanza. El hijo había abandonado el hogar para marchar al ejército. ¿Acaso el hombre que cruzaba el umbral podía ser aquel a quien tanto se había aguardado?
En la audiencia, Catherine refirió que él respondía ora que sí, ora que no. Terminó por dispensarle las atenciones reservadas a su propio retoño. No le agradó al forastero un reloj de plata que le deslizaron en la faltriquera; ella se concertó con su yerno para agenciarse uno de oro. Le mandó confeccionar ropas, le entregó caudales y soportó sus malos modales. El teniente de alcalde le había manifestado sus dudas: ella no quería correr el riesgo de repudiar a su propia sangre. La incertidumbre, lejos de cerrar la bolsa, no hizo sino abrirla de par en par.
Allí permaneció dos o tres semanas. Más tarde, cuando él mandó pedir nuevos socorros, Catherine impuso por fin una condición: que fuese él mismo quien firmase. Sabría reconocer la caligrafía de su hijo. Ante el tribunal, la mujer aludió a seiscientos francos; él aseguró haber recibido ochocientos, y cantidades aún mayores durante los interrogatorios. Empero, no era la cuenta lo que mayor pesadumbre le causaba. Lamentaba sobremanera los abrazos prodigados a un hombre a quien había confiado, junto a sus ahorros, algo que ya no admitía devolución alguna.
Aquel individuo viajaba bajo el nombre de Charles de Navarra. En Vezins y sus contornos, otros lo conocían como Mathurin Bruneau, criado en un hogar de zuequeros. Sus antiguas amistades y sus deudos tropezaron con la misma porfía: aceptaba su hospitalidad y conocía sus asuntos familiares, mas rechazaba el nombre con el que pretendían llamarlo. Su prima Jeanne Ténier relató que él le había prometido hacer felices a los suyos en cuanto ascendiese al trono. Ella le replicó, según declaró, propinándole un zuecazo en el hombro. La monarquía se reencontraba a veces con la familia bajo formas muy poco ceremoniosas.
Arrestado en Saint-Malo y encarcelado en Bicêtre, en Ruan, en enero de 1816, Bruneau bien pudo haberse diluido entre la masa de los penados. En un principio, tornó a fabricar zuecos. Sin embargo, los muros de la prisión iban a procurar a sus pretensiones los cómplices de los que carecía fuera. Étienne-Augustin Vignerot, persuadido desde antiguo de que el hijo de Luis XVI seguía con vida, quiso conocerlo. Le entregó tres monedas de oro, regresó con su familia y llevó a otros visitantes. Una creencia solitaria comenzaba a transformarse en cofradía.
Las donaciones se sucedieron. Rose Avenel, esposa de Dumont, facilitó dinero y vestiduras, mandó pintar un retrato del cautivo y favoreció las visitas. A juzgar por ciertos testimonios, podían hallarse en su celda vino, vajillas de porcelana, copas de cristal y hombres que lo trataban de «Sire». No necesitaba franquear la cancela para recibir a su corte. Quienes acudían no eran, con todo, meros conspiradores: unos albergaban esperanzas, otros observaban y algunos prestaban simples servicios. El juicio habría de deslindar con exactitud semejantes conductas.
La principal empresa de aquella corte fue un libro. Hubo reclusos que escribieron para Bruneau; Tourly copió cartas y proclamas, y Gabriel-Louis Branzon recogió notas para las memorias de su vida. El propósito era hacer llegar a la duquesa de Angulema la relación del hermano supuestamente extraviado. Apellidos, peripecias y recuerdos del Temple debían dotar al recluso de lo que sus solas aseveraciones eran incapaces de granjearle: una existencia continuada y coherente, apta para resistir a los interrogatorios.
Mas tal existencia se hallaba calcada de una novela. En la memoria procesal de 1828, la acusación coteja los relatos del pretendiente con el Cimetière de la Madeleine. Tourly admitió haber transcrito pasajes de dicha obra. La evasión del Temple mudaba de artificio según el relato: en una versión era un fardo de ropa blanca; en otra, un caballito de madera. Un personaje llamado Cipriano en el libro pasaba a ser Adriano en labios de Bruneau, a juicio del fiscal. Los detalles urdidos para convencer acababan por revelar el obrador donde se había fabricado la impostura.
Dos misiones con destino a París fracasaron. De Foulques intentó en vano hacer entrega de un ejemplar; la señora Morin, encargada asimismo de una misiva, no logró aproximarse a la princesa y quemó el pliego, según declaró con posterioridad. La autoridad sacó a Bruneau de Bicêtre. Ciertos pasquines sediciosos habían alarmado, entretanto, a Ruan y su comarca; se indagaron posibles vínculos entre sus autores y el cautivo. No obstante, la causa instruida ante el tribunal correccional no permitía hilvanar todas aquellas zozobras en una conspiración fehaciente. Restaba juzgar las entregas pecuniarias, la usurpación de nombres y las responsabilidades individuales.
La vista pública dio comienzo el 10 de febrero de 1818. Junto a Bruneau comparecieron Branzon, Tourly, la señora Dumont y el abate Matouillet, este último en rebeldía. La concurrencia reía con las réplicas del principal encausado; la compilación menudea en rasgos despectivos hacia su persona. Mas bajo las chanzas y los vituperios palpitaba una cuestión de lo más común: ¿habían donado sus caudales aquellas gentes convencidas de estar socorriendo al hijo de Luis XVI? Vignerot no ocultó su certidumbre ni su generosidad. El propio Bruneau admitió haber percibido socorros en virtud de tal calidad.
Los testigos de su infancia se encargaron luego de demoler la genealogía regia. Una de sus hermanas refirió haberlo acogido como a un hermano, pese a las negativas de este. Otra había recibido de su parte pormenores tan exactos de la familia que no dudó en reconocerlo. Ante el juez instructor, él la había llamado Mathurine; el presidente del tribunal destacó aquel apelativo de niñez como un indicio inequívoco de parentesco. Antaño ella le había enviado doce francos mientras purgaba condena, suma que él admitió haber recibido. Los importes menudos reaparecían en esta causa mayúscula: menos deslumbrantes que una corona, hilvanaban el transcurso de los años.
Antiguos camaradas depusieron acerca de la marina, la deserción y los trabajos en América. Bruneau caía en contradicciones, admitía un episodio de su pasado, rechazaba el siguiente y salía del paso con alguna agudeza. Declinó designar abogado defensor. Los letrados de sus coacusados plantearon, por su parte, una objeción que no cabía despachar con risotadas: haber creído a un individuo no implicaba forzosamente haber colaborado en su engaño. Branzon adujo haberse dejado embaucar; Tourly invocó idéntico error de juicio. Sus defensas inquirieron por qué razones conductas parejas sentaban a unos en el banquillo y permitían a otros declarar en calidad de testigos.
La sentencia del 19 de febrero fijó distinciones que el simple relato de una cuadrilla de estafadores habría difuminado. Bruneau fue declarado culpable de vagancia, atribución pública de títulos reales, estafas y desacato al tribunal. Se le impusieron cinco años de prisión por los delitos juzgados, más otros dos que cumpliría a continuación debido a su comportamiento durante las audiencias, amén de una multa de tres mil francos. Expirada la condena, permanecería a disposición del gobierno por el tiempo que este estimase oportuno. Los siete años no garantizaban, por tanto, una pronta libertad.
Branzon fue condenado a dos meses de arresto: la sala lo juzgó cómplice de la atribución de falsos títulos reales, mas no de las estafas. Tourly y la señora Dumont quedaron exonerados del proceso por falta de pruebas suficientes; el abate Matouillet resultó absuelto de la acusación en su ausencia. Para Tourly, confinado ya a resultas de una condena previa, el fallo no acarreó la libertad. La señora Dumont pudo recuperar su fianza. La justicia desgajaba así los destinos que Bicêtre había entrelazado.
Al darse lectura al fallo, Bruneau persistió en su reclamo. Abandonó la sala condenado bajo un nombre que renegaba de admitir. Catherine Phelippeau, en cambio, había rogado harto menos que el reconocimiento de un reino: una sola firma de su hijo le habría bastado. Entre ambas pretensiones, la causa había desplegado secretarios, retratos, embajadas y promesas. Hizo falta un dilatado proceso para reducir tanta majestad a una prosaica estafa; ninguna sentencia podía restituir a aquella madre las caricias que lloraba con más desconsuelo que su dinero.
