El lunes 4 de marzo de 1822, cuatro hombres irrumpieron en la alcoba de Honorah Goold, en la casa de su madre, en el condado de Cork. La joven, de unos dieciséis años, se hallaba en cama. Le preguntaron si era la primogénita. Respondió que no. Le dijeron que no se alarmara: no era a ella a quien buscaban. Bajaron las escaleras y regresaron pocos minutos después. Esta vez respondieron ellos mismos a su pregunta: era ella, en efecto, la mayor. Le ordenaron levantarse.
John Walsh, que comparecería bajo el nombre de John Cussen, hizo salir a sus compañeros para que ella pudiera vestirse. Luego la tomó en brazos, la llevó afuera y la colocó delante de un hombre a caballo. Aquel hombre se llamaba Browne; Honorah jamás lo había visto. En la noche cerrada, no podía distinguir la hora. Contaría doce personas, todas a caballo, en la partida que se la llevaba contra su voluntad. Al aproximarse a la morada de Daniel Browne, padre del hombre, trajeron un asiento para ella en la parte posterior de la montura. La joven suplicó a Browne que la dejara marchar. Él se negó. La sentaron a su espalda y le arrojaron un capote de hombre sobre los hombros, pues no había tomado capa alguna.
Cabalgaron durante toda la noche. En Freemount, los captores se detuvieron para buscar sustento, sin éxito. Honorah cayó varias veces del caballo. En una posada, una mujer la oyó llorar y le preguntó su nombre. Uno de los hombres, Guerin, quiso golpearla por haber interrogado a la joven. Cussen y Daniel Doody se encontraban entre los cinco que entraron con Browne. Más tarde, la tropa alcanzó la casa de David Leahy padre, donde Honorah fue situada cerca del fuego de la cocina. James Leahy le dijo que no llorase: debía regocijarse, pretendía, pues el hombre que se la había llevado era un caballero instruido y no un bellaco. Ella respondió que jamás consentiría en desposarlo.
La condujeron después a otra estancia, donde se encontraban la esposa de Leahy y una muchacha, Mary Cahill. Honorah pidió dormir cerca de la señora Leahy. Aquel martes por la mañana, tras su llegada, durante el desayuno, Browne permaneció a su lado. Cuando los demás abandonaron la habitación, ella se levantó y corrió hacia la puerta. Él le cerró el paso. Borrow relata que intentó arrancarle las ropas; ella gritó pidiendo socorro. Quiso luego obligarla a acostarse y la amenazó con exponerla ante quienes aguardaban afuera. En este punto, la crónica abrevia su testimonio. Se reanuda con los traslados impuestos a la muchacha, de refugio en refugio, sin restituirle la libertad.
El miércoles por la noche, fue conducida a una cabaña vecina y reintegrada al día siguiente a la morada de los Leahy. Allí permaneció hasta las tres de la tarde, antes de ser trasladada a casa de Maurice Leahy, a dos millas de distancia. Browne la acompañaba. Durmió en aquella casa; declaró que Browne se había acostado con ella. Tras un día y una noche, fue llevada a casa de un hombre llamado Lane, y luego a la de Mahony. Cada traslado prolongaba la separación de su madre y la dejaba bajo la custodia de otros miembros de la partida. Afirmó que todos aquellos desplazamientos se llevaron a cabo contra su voluntad.
El domingo siguiente, la devolvieron a la casa de David Leahy. James Leahy y Browne estaban presentes. Permaneció allí hasta la noche del martes 12 de marzo, pasando luego por varias cabañas y regresando siempre con los Leahy. Estos trayectos nocturnos se sucedían sin restituirle la libertad. El jueves 14 de marzo, la condujeron de nuevo a casa de David Leahy. Su testimonio menciona a continuación un certificado, sin precisar el día en que lo redactó. Ante David Leahy, James y Browne, escribió aquel papel declarando que había permanecido en casa de los Leahy por su propia voluntad. En el juicio, reconoció haber redactado el documento, pero explicó que lo había hecho bajo el influjo del miedo y con la esperanza de ser restituida a su familia. La firma era de su puño; el consentimiento, aseguraba, no lo era.
La huida de los captores ante el ejército no puso fin a su cautiverio. Daniel Riedy la condujo a una cabaña mientras los soldados se encontraban en las inmediaciones. Disparó un tiro de pistola en su dirección y luego se la llevó a una montaña. Honorah relató haber permanecido allí media hora antes de que él la devolviese a la choza donde Browne la aguardaba. Fue transferida una vez más a casa de otro Leahy. Durante aquellas semanas vio armas en poder de los hombres; entre los acusados, precisó, solo Riedy había disparado la pistola. Finalmente fue abandonada en una cabaña al borde de un camino, el domingo 24 de marzo. El ejército la halló ya sin sus captores.
William Allen, magistrado del condado de Cork, la descubrió cerca de Abbeyfeale, debilitada hasta el punto de no poder caminar, sentarse ni tenerse en pie. Requirió diecisiete horas para transportarla a lo largo de trece millas, en parte en una carreta y en parte sobre una litera portada por hombres. Su declaración ofrece una medida palpable de lo que el rapto había costado a aquella a quien pretendían conducir al matrimonio.
La acusación no se sustentaba únicamente en la palabra de Honorah. William Connell relató que había visto a la joven en casa de Maurice Leahy hacia las tres de la tarde. La familia había anunciado la víspera que se la esperaba. A su llegada, la llamaron «Miss Goold»; lloraba amargamente. Connell aconsejó a Maurice Leahy que llamara al ejército y la devolviera a los suyos. Leahy le replicó que se metiera en sus propios asuntos. Aquella noche preparó su propio caballo, tomó prestado otro para Browne y Honorah, y los envió hacia la casa de Lane. Connell refirió haber recomendado a Browne que la tratase con dulzura. Browne respondió que cuantas más privaciones padeciera, antes cedería.
Honorah identificó a Cussen, Doody, James y David Leahy; Connell distinguió las resoluciones de Maurice; Allen describió las pesquisas y el lamentable estado en que la halló. El acta del proceso congregó a siete acusados, encausados por haber auxiliado en el rapto y en la tentativa de obligar a Honorah a desposar a Browne. Borrow refiere que la defensa hizo comparecer a testigos que describieron a los Leahy como hombres respetables y evocaron el terror infundido en las montañas por los insurgentes. El jurado deliberó unos diez minutos y declaró culpables a todos los prisioneros.
El capítulo no recoge las penas pronunciadas tras dicho veredicto. Mas en la audiencia, Honorah había podido responder ante el papel que se le oponía. No negaba su caligrafía: era bien suya. Impugnaba que pudiera llamarse consentimiento a lo que había escrito para volver a ver a su familia. Maurice Leahy había preparado su montura y tomado prestada otra para Browne y Honorah; en casa de los Leahy, hasta habían arrancado una declaración de estancia voluntaria. Ante los jurados, la muchacha colocó tras aquella fórmula la puerta atrancada, las amenazas y tres semanas de cautiverio. La firma permanecía, pero ya no bastaba para disipar la violencia de la coacción.
