A las siete de la tarde del 15 de enero de 1804, Lockhart Gordon consulta su reloj y se extraña de que la calesa no haya comparecido aún. Aquella misma jornada, ambos hermanos habían dispuesto el viaje. En la casa de Elizabeth Westcraft, donde se hospedan Lockhart y su hermano Lauden, se había cursado la orden de que una posta aguardase con rigurosa puntualidad a dicha hora al final de Bolton Street. Sin embargo, en la residencia donde Mrs. Lee cena en su compañía, nada se le ha revelado acerca de este carruaje.
El yantar había comenzado hacia las cinco. Antes de sentarse a la mesa, Lauden aludió a unos sentimientos a los que Mrs. Lee asegura haberle rogado ya en el pasado que renunciara. Sostiene ella que les expuso la absoluta imposibilidad de sus pretensiones y les pidió mudar de plática. Concluida la cena, Lockhart anuncia que el carruaje no ha de tardar en llegar. Mrs. Lee pregunta de qué vehículo se trata. El proceso subsiguiente no dirimirá la controversia trabada entre los hermanos y esta mujer respecto a su libre consentimiento. La causa encallará en un escollo procesal distinto: ¿dónde se ejerció verdaderamente la supuesta violencia?
Mrs. Lee nació en 1774, hija natural de Lord Le Despencer, fallecido en 1781. A tenor de lo expuesto por el fiscal Mills, el testamento asignó un cuantioso patrimonio a ella y a su hermano; tras su enlace en Haddington, contraído con anterioridad a alcanzar la mayoría de edad, el esposo fue arrestado a instancias del Tribunal de Cancillería. En 1796, dicha corte reguló la adjudicación del caudal hereditario y le asignó una renta anual. Separada de su cónyuge tras escasos meses de convivencia, habita en soledad una casa sita en Bolton Row y apenas recibe trato social.
Los hermanos Gordon la trataron durante la infancia, en la época en que asistía a la escuela que la madre de estos regentaba en Kensington. Lauden, retornado de las Antillas en 1803, reanudó el contacto a finales de diciembre por mediación de su boticario. Lockhart, afincado ya en Londres, no la había visto desde su propio regreso. En la correspondencia que Lauden le remite, Mrs. Lee afirma no haber solicitado sino una simple amistad. Las misivas de él destilan una ardiente pasión; la de Lockhart, cuya caligrafía ella no acierta a certificar con certeza, empeña su concurso para respaldar a su hermano aun a riesgo de la propia vida.
El 12 de enero, ella convida a ambos hermanos a personarse el domingo. Hacen su entrada el día 15 a la hora estipulada. El coloquio previo al refrigerio reproduce las cartas y los impedimentos esgrimidos con anterioridad. Durante la comida, la conversación transcurre por cauces generales. Westcraft, por su parte, ha despachado la posta hacia el punto convenido y a la hora preceptiva.
En cuanto Lockhart saca a colación el vehículo, Mrs. Lee abandona la estancia, visiblemente turbada. Su criada Mary Davidson la oye exclamar que teme ser raptada. La sirvienta le replica que nadie osaría sacarla de su propia morada. Davidson declara a renglón seguido haber visto a los dos varones obligar a descender a su señora por la fuerza. Al precipitarse la doméstica para intervenir, Lockhart le encañona una pistola, amenazándola con descerrajarle un tiro si no guarda silencio. La mujer corre despavorida a la calle al grito de «¡asesinato, ladrones y fuego!», clamando que se llevan a su ama.
El lacayo William Martin sale a buscar un carruaje de alquiler, enviado expresamente por Lockhart. Cuando regresa a la casa, Mrs. Lee se ha desvanecido. Emprende la persecución de la calesa, pero la pierde de vista a poco andar. Comparecen los dos postillones en el estrado. El primero testifica haber recogido en Bolton Row a una dama y a dos caballeros que le conminaron a fustigar los caballos con celeridad, amenazando con dispararle de no apremiar el paso. En Uxbridge, los viajeros mudan de posta; Lockhart le gratifica con media guinea, estipendio más generoso de lo acostumbrado. No obstante, interrogado acerca del talante de Mrs. Lee, el postillón manifiesta no haber presenciado violencia alguna: ella reía al subir y nada le pareció anómalo. El segundo cochero sostiene igualmente no haber percibido coacción perceptible.
La declaración de Mrs. Lee acapara una porción dilatada de la vista judicial. Corrobora haber advertido a los hermanos sobre los límites que pretendía preservar. Niega categóricamente haber consentido la partida y asevera que, en Uxbridge, requirió una calesa para emprender el regreso, obteniendo por respuesta la imposibilidad de tal pretensión. No retiene con meridiana nitidez cada lance del periplo; afirma haber padecido un estado de gran zozobra que le impedía apercibirse de lo que acontecía en varios tramos del camino. Su propio testimonio contiene elementos susceptibles de favorecer a la defensa: fue ella quien accedió en origen a recibir a Lauden y quien convidó a Lockhart a unirse; antaño había mantenido un trato íntimo con ellos, y confiesa haber intercambiado besos con Lauden en el instante de la despedida.
El letrado Abbott la interroga en relación con un saquito de alcanfor que llevaba colgado al cuello, calificado como «amuleto contra el deleite carnal». Mrs. Lee admite haberlo arrojado por la ventanilla de la posta, mas aduce que lo portaba a modo de sedante para aplacar sus nervios. No acierta a recordar con precisión en qué tramo del camino se desprendió de él. Reconoce asimismo haber pronunciado al lanzarlo que ya no le era menester y que se abandonaba al placer. Añade empero que, acto seguido, presentó sus protestas. El adminículo y tales vocablos devienen argumentos capitaneados por la defensa; su deposición, sin embargo, persevera en recalcar el pavor que aseguró haber experimentado.
En Tetsworth, la comitiva pernocta en una posada. Mrs. Lee manifiesta que en aquel trance se hallaba bajo la impresión de que Lockhart podía atentar contra su vida y que era inminente una reyerta cruenta. A la mañana siguiente carece de ropas de muda. Recuerda que Lauden accedió a sus aposentos y declara haber compartido el lecho con él, si bien sostiene que las circunstancias no reflejaban un consentimiento libre. Incrimina a Lockhart de haber resuelto sacarla de su domicilio; lo cita instando a Lauden a no demorarse y a forzarla a salir. Los dos postillones que los condujeron, en contrapartida, no constataron la menor violencia durante el trayecto.
Al jurado no le corresponde calibrar la veracidad de cada memoria contrapuesta. El magistrado clausura el juicio al estimar que la acusación no ha probado que la fuerza se hubiese desplegado materialmente en el condado de Oxford. La violencia alegada en Bolton Row, en Londres, así como el traslado en posta, escapan a la demarcación donde los reos están siendo juzgados. La sala no puede en consecuencia proseguir la causa, y ambos individuos resultan absueltos. El juez, con todo, censura con severidad su proceder, señalando en particular la conducta de Lockhart, clérigo de la Iglesia de Inglaterra. Lockhart es puesto en libertad; Lauden permanece bajo custodia carcelaria a resultas de una demanda por deudas.
La absolución de los procesados no armoniza las discrepancias de los testimonios. Davidson relata la pistola y los forcejeos; los postillones no divisan ni la una ni los otros a lo largo de la ruta. Mrs. Lee expone su angustia y una voluntad oscilante según las horas; admite muestras de familiaridad corporal al tiempo que niega que equivaliesen a consentir la marcha. La maquinaria judicial se detiene al pie de la divisoria de un condado, antes de que las versiones queden deslindadas. Lo que se sentenció en aquella jornada atañía a los confines de la jurisdicción, no al enigma integral planteado por aquella cena.
