El carruaje del señor Knox rueda por el condado de Derry a comienzos de noviembre de 1761. Su hija viaja a su lado. Un herrero acompaña al padre y a la joven dama cuando, de improviso, surgen cuatro hombres armados. Dos encañonan con sus pistolas al postillón para forzarlo a detenerse. John M’Naughton se halla entre los asaltantes. Dispara primero un trabuco contra el herrero, pero yerra el tiro. Uno de sus cómplices alcanza al hombre en el brazo; la herida le impide hacer uso de la escopeta que ya disponía.
M’Naughton y otro de los atacantes abren fuego entonces hacia el interior del coche. La ventanilla se cierra. M’Naughton rodea el carruaje por el flanco opuesto y descarga un arma cargada con cinco balas. Los proyectiles hieren de lleno a Miss Knox. Una doncella echa la cortinilla y grita despavorida que su joven señora ha sido asesinada. El lacayo del señor Knox, que se había guarecido tras un montón de turba, hace fuego contra M’Naughton; el propio señor Knox dispara también desde el interior del carruaje. Herido en la espalda, M’Naughton huye a caballo.
Miss Knox es trasladada a una cabaña cercana. Muere unas tres horas después de recibir los disparos. Al día siguiente, un destacamento de caballería ligera apresa a M’Naughton y lo conduce a la prisión de Lifford. El lord teniente promete una recompensa de quinientas libras por la captura de los cómplices. Estos caen pronto en manos de la justicia; a uno de ellos se le admite como testigo de cargo. George Borrow inscribe estos sucesos en el desenlace de una prolongada querella en torno a la joven. Su relato se inicia mucho antes del asalto al carruaje.
Nacido en Londonderry, hijo de un comerciante y nieto de un regidor de Dublín, M’Naughton había recibido una esmerada educación. Un tío le legó una renta anual de seiscientas libras. Contrae un primer matrimonio, alquila en Dublín una distinguida mansión y disipa caudales muy por encima de sus facultades. Un acreedor obtiene contra él una orden de embargo. Cuando el alguacil acude a prenderlo, M’Naughton se encuentra en el salón en compañía de su esposa encinta. Borrow atribuye al anuncio del arresto los dolores de parto que acometen a la dama: da a luz una criatura muerta y fallece a los pocos días.
Transcurren los años. M’Naughton traba relación con el señor Knox, acomodado hacendado del condado de Derry. La hija de Knox ha de percibir cinco mil libras al alcanzar la mayoría de edad, en virtud de las capitulaciones matrimoniales de sus progenitores. M’Naughton la corteja; ella promete desposarlo siempre que su padre otorgue el consentimiento. Knox se niega en redondo y prohíbe al pretendiente volver a pisar la casa familiar. M’Naughton suplica que no se le cierren las puertas: una exclusión tan tajante, alega, levantaría maliciosas sospechas en la comarca. Knox consiente en recibirlo de nuevo.
M’Naughton reanuda sus visitas y asedia a la joven con idéntico fervor. Arranca de ella la promesa de desposarse al expirar un plazo de dos años, habida cuenta de su minoría de edad. No obstante, durante un encuentro en casa de un vecino, proclama que ya son marido y mujer. Miss Knox lo desmiente y pone los hechos en conocimiento de su padre. Knox le escribe prohibiéndole de manera terminante toda visita y afeándole su conducta pretérita. M’Naughton no se limita a responder a su corresponsal: hace insertar en la prensa un anuncio donde declara que Miss Knox es su legítima esposa. Knox publica una réplica en los mismos términos públicos.
El padre traslada a continuación el litigio ante el tribunal eclesiástico. La corte desecha el pretendido matrimonio y advierte a M’Naughton de que, si se considera agraviado, habrá de impetrar reparación ante la justicia ordinaria. M’Naughton recurre ante el tribunal de Delegados. Un magistrado libra un mandamiento para detenerlo. Encolerizado, escribe al juez amenazando con matarlo cuando acuda a celebrar la audiencia del circuito judicial. Semejante intimidación motiva una orden de arresto dictada por el Tribunal del Banco del Rey. M’Naughton abandona Irlanda con destino a Londres, donde se presume más seguro.
Miss Knox sigue siendo su única obsesión. Regresa a Irlanda bajo un disfraz y merodea por las inmediaciones de la finca paterna. Borrow observa que la familia no adopta cautela alguna para protegerse, pese a la palpable amenaza que entraña su retorno. El herrero que escolta el carruaje mantiene estrechos vínculos con la casa: su esposa estuvo al servicio de los Knox. Frente a él y a la servidumbre, M’Naughton comparece con tres secuaces. El ataque consignado por la crónica no enfrenta únicamente a un padre con un pretendiente: arrastra a los criados de la hacienda a un sangriento tiroteo.
Se constituye una comisión especial para juzgar a los encausados. Dos jueces se trasladan a Lifford. La vista ha de abrirse el 8 de diciembre, pero los letrados de M’Naughton promueven tantas excepciones procesales que se aplaza tres jornadas. La audiencia da comienzo a las ocho de la mañana y se prolonga hasta las once de la noche. Los dos magistrados no abandonan la sala durante todo el proceso.
Uno de los cómplices declara como testigo de la acusación; otro resulta absuelto. M’Naughton y un tercer individuo, apellidado Dunlap, son hallados culpables de delitos castigados con la pena capital. Tras pronunciarse el veredicto, M’Naughton implora clemencia para Dunlap, aseverando que este no había obrado sino bajo sus órdenes. La súplica no altera un ápice la sentencia.
Llegado el día de la ejecución, M’Naughton se halla aún sumamente débil. Dos hombres lo sostienen hasta el patíbulo. Borrow describe con minuciosidad su atuendo: gorro de dormir anudado con cinta negra, medias blancas, hebillas negras, chaleco de franela ribeteado de luto, botones negros y un crespón en el brazo. M’Naughton requiere al verdugo para que cumpla con premura su cometido. Al indicársele la escala, sube sin vacilar. Mas, en el instante en que el lazo ciñe su cuello, salta con tal ímpetu que la soga se quiebra.
Escribe Borrow que bien habría podido huir si las fuerzas y la presencia de ánimo lo hubiesen asistido. El gentío abre paso a su alrededor, cual si pretendiera hurtarlo por un momento al rigor de la ley. Es alzado de nuevo y conducido al cadalso. El ejecutor toma entonces la cuerda de Dunlap, la ajusta a la garganta de M’Naughton, asciende por la escala y la asegura a la horca. Esta vez, el reo cae al vacío y expira casi al instante. Dunlap presencia su muerte antes de ser ahorcado a su vez. Ambos hombres son ajusticiados cerca de Strabane el 15 de diciembre de 1761. La promesa de matrimonio no había otorgado a M’Naughton los derechos que reclamaba. La joven que se los había negado yacía muerta; Dunlap, para quien imploraba gracia, lo acompañaba ya en el suplicio.
