El 5 de agosto de 1819, Maria Stent llegó procedente de Liverpool a la posada Saracen’s Head, en Snow Hill. Desde allí escribió a su marido, a quien no veía desde hacía casi un año. En su carta le imploraba perdón, le refería que regresaba de América y le suplicaba que no revelase a sus padres su retorno. Carecía prácticamente de dinero e incluso le pedía un vestido de entre las ropas que había dejado atrás. Henry Stent recibió la misiva en Pimlico y partió de inmediato hacia la posada.
Aquel encuentro ponía fin a una separación iniciada el 29 de agosto de 1818. Henry, carnicero en Pimlico, contaba entonces con unos veintiocho años; Maria, con veintiséis. Llevaban siete años casados. La crónica recogida por Borrow describe su vida anterior como dichosa y toma partido abiertamente por el esposo. Maria había huido con Thomas Sweeting, vecino del matrimonio. Sin embargo, en las páginas que relatan la posterior agresión, la voz de la mujer reaparece a través de una carta y de las respuestas que prestaría ante el juez. No rogaba únicamente volver: pedía que se la dejara vivir al margen de todos, sin reavivar la deshonra de los suyos.
Sweeting frecuentaba a los Stent en calidad de amigo de la familia. Cuando enviaron a Maria al campo para reponerse de una enfermedad, él fue a visitarla a la casa de campo del tío de su marido, cerca de Uxbridge. Borrow le atribuye diversas estratagemas destinadas a convencerla de partir a su lado, incluidos dos simulacros de suicidio en los que se habría hecho socorrer oportunamente. De regreso en Londres, Maria terminó por consentir en la fuga. La víspera de la partida, ambos matrimonios pasaron la velada juntos. Mientras Henry jugaba a los naipes, se afirma que ella regresó a su hogar para recoger ropa, platería y dinero, antes de reunirse de nuevo con los invitados. Partió al amanecer siguiente.
Sweeting abandonaba a una esposa encinta y a cuatro hijos. Tres semanas después, según la crónica, regresó para exigir dinero a su mujer y le arrebató bajo amenazas sesenta libras que guardaba ocultas en el corsé. Ella dio a luz poco después, padeció un grave colapso y falleció; se dice que Henry Stent, a quien llamaron para ayudar a sujetarla con una camisa de fuerza, recogió su último aliento entre los brazos. La criatura recién nacida murió poco después. Estos episodios anteceden al proceso y nos han llegado bajo el prisma acusador del relato de Borrow. Configuran, en torno a la ausencia de Maria, una estampa de hogares destrozados que el cronista invoca para justificar la cólera del marido.
Maria y Sweeting marcharon seguidamente a Francia y más tarde a América. En su carta, ella evoca tempestades y el naufragio de un navío a lo largo de sus travesías. Detalla haber desembarcado un martes por la mañana, haber salido de Liverpool esa misma tarde y alcanzado Londres al alba. Afirma que se conformaría con pan y agua, o con una plaza en la casa de trabajo para indigentes (workhouse), con tal de obtener su perdón. Implora una pronta respuesta, pues apenas le restaban dos libras y cinco chelines tras costearse el viaje a Londres. La carta contiene una indicación postrera: una hora. Al caer la tarde, Henry estaría ante ella.
Hacia las seis y media, según los dependientes, Henry cruzó el umbral de la posada y preguntó por la viajera recién llegada en la diligencia de Liverpool. George King lo condujo a una estancia del fondo, reservada habitualmente a los pasajeros. Maria se puso en pie para salir a su encuentro. King cerró la puerta de inmediato; nada escuchó de lo que se dijeron. En la audiencia, Maria situaría la cita más tarde, entre las siete y las ocho. Sin embargo, los criados coinciden en señalar el suceso que interrumpió el servicio: un grito, luego un segundo, y un tercero antes de que pudieran alcanzar la habitación.
Thomas Turner entró el primero, seguido de Thomas Pithouse. Turner vio a Maria tendida boca arriba y a Henry arrodillado sobre ella. Vislumbró el cuchillo y retrocedió. Pithouse relata una tentativa de su compañero por arrebatarle el arma, seguida de una puñalada asestada en el cuello de Maria. Turner corroboró este último golpe, sin coincidir con exactitud en la descripción de su propio ademán. Ambos hombres habían entrado a tiempo de ver cómo proseguía el ataque. Henry dejó caer el cuchillo y proclamó haber consumado su designio. No ofreció resistencia a quienes lo retuvieron.
Turner le advirtió que semejante acto acababa de firmar su sentencia de muerte. Henry replicó que se sentía satisfecho y le reprochó a Maria su conducta. Los testigos recogieron entonces las palabras de la herida: reconoció haber obrado mal con él, le otorgó su perdón y le suplicó un beso. Pithouse afirma que Henry se arrodilló y la besó dos veces. Los sirvientes la acomodaron sobre un postigo para trasladarla al hospital de San Bartolomé. Durante el trayecto, la mujer llamaba a su marido y tendía la mano; uno de los hombres del cortejo se la tomó, y ella creyó estrechar la mano de Henry.
En la prisión de Giltspur Street Compter, Henry escribió a su hermana Eliza para anunciarle que había visto a Maria y que se encontraba bajo custodia. Al dorso añadió: «La he apuñalado», aclarando que no había querido escribirlo en la primera página por no causarle una honda impresión. Le pedía a Eliza que preparase a sus padres para encajar la noticia. Añadía que resultaba inútil acudir esa misma noche, pues no se franquearía el paso a nadie, confiando en ver a los suyos a la mañana siguiente. Maria había rogado que ocultasen su retorno a su propia familia; Henry encomendaba ahora a su hermana la tarea de notificar su reclusión a la suya. En el juicio compareció acusado de asestar diversas cuchilladas a su esposa con el designio de matarla o causarle lesiones graves. Se declaró no culpable.
Maria fue llamada a declarar. Suplicó que no la obligaran a hablar en contra de «el mejor de los maridos». El juez le formuló las preguntas de rigor para acreditar su identidad, su matrimonio y su regreso; ella confirmó haber huido el 29 de agosto de 1818 y haber vuelto de Liverpool en agosto de 1819. Al ser interrogada sobre lo acontecido en la estancia, adujo no guardar el menor recuerdo. Solo rememoraba haberse despertado en el hospital, con heridas en el cuello y en otras partes del cuerpo. La defensa del marido le hizo confirmar que la turbación la había desbordado al contemplar a su esposo y que la memoria se le había nublado después. No obstante, su testimonio no bastó para desvirtuar las escenas descritas por los dependientes de la posada.
El caso, por lo demás, no dependía únicamente de la memoria de la víctima. Pithouse y Turner habían descrito el arma y el golpe postrero. King, que había introducido a Henry en el aposento, precisó sus propios límites: no presenció ninguna de las agresiones, tan solo el cuchillo ensangrentado sobre las tablas del suelo. Había dejado a los demás junto a la pareja para correr en busca de un agente. Los testigos, pues, no daban fe de la misma fracción del suceso. Sus declaraciones permitieron al tribunal reconstruir lo que Maria afirmaba ser ya incapaz de recordar.
La defensa presentó a varios testigos que conocían a Henry desde hacía tiempo. Lo describieron como un hombre apacible, bondadoso, generoso y particularmente devoto de su esposa. Aquella intachable reputación debía contrastarse ahora con los escasos minutos relatados por los dependientes. La propia Maria, al subir al estrado, había implorado que no la forzaran a deponer contra quien consideraba «el mejor de los maridos». El magistrado le indicó que lamentaba contrariarla, pero que resultaba su deber interrogarla y el de ella responder.
Tras media hora de deliberación, el jurado declaró a Henry culpable, recomendando no obstante clemencia en consideración a su buen carácter previo. Una petición firmada por numerosas personalidades de probada respetabilidad fue remitida al príncipe regente, quien resolvió conmutar la pena capital por dos años de prisión. La carta que había congregado a Henry en la posada había entreabierto la puerta del perdón; ante el estrado judicial, aquel reencuentro cobró forma en boca de los testigos que irrumpieron en la alcoba.
