El paraguas era un consuelo harto precario frente a una condena a muerte. Capel Lofft, sin embargo, lo había llevado consigo. Aquel 23 de abril de 1800, la lluvia y el viento acompañaron la salida de Sarah Lloyd; restaba cerca de una milla por recorrer entre la prisión y el cadalso. La joven tenía los brazos atados. Aceptó el paraguas y lo sostuvo ella misma. El hombre que caminaba a su lado había asistido a su juicio, escrito en su favor y respaldado cuantas gestiones se emprendieron para salvarla. En aquel instante, apenas le era dado ofrecerle cobijo.
Pocos días antes, los lectores de los periódicos habían aprendido a distinguir en Sarah una figura muy distinta. Una sirvienta monstruosa que, según se decía, habría prendido fuego a la casa de su benefactora para consumar su ruina. El Times del 11 de abril, en el fragmento reproducido por George Borrow, detallaba incluso la urdimbre del crimen: cuatro focos de fuego, materias combustibles dispuestas bajo la escalera y un ama encerrada en la planta alta a quien el vecindario logró rescatar. El cuadro era minucioso. Padecía tan solo de un defecto mayúsculo: el incendio y la intención homicida jamás habían sido juzgados.
El ama se llamaba Mrs. Syer y residía en Hadleigh. A Sarah se la acusaba de haber introducido en la vivienda a un hombre que, tras robarle, habría provocado el fuego. Dos cargos se formularon contra la sirvienta: uno por robo con fractura y otro por incendio premeditado. En las audiencias de Bury, celebradas en abril, el jurado desestimó el allanamiento y solo la declaró culpable del hurto, tasado en cuarenta chelines. El segundo cargo no llegó a someterse a veredicto. Subsistía, con todo, una condena; bastaba aquella para que, al amparo de la severa ley invocada, Sarah fuese enviada a la horca.
Lofft conocía dicha discrepancia más allá del mero rumor. Había formado parte del gran jurado que admitió las acusaciones y presenció después los debates judiciales. La muchedumbre le impidió entonces divisar a la acusada. Solo la vio con claridad tras la sentencia, cuando comenzó a visitarla en presidio. En las cartas que Borrow preservó, su indignación contra las noticias impresas se confunde con la memoria de aquellas conversaciones. Describe a una joven de respuestas francas, voz apacible y continente modesto. Se había erigido en su defensor; las palabras de su semblanza son las de un hombre resuelto a su amparo.
En el estrado, Sarah apenas pudo valerse de los testimonios favorables que ahora proliferaban. Sus antiguos amos habrían podido dar fe de su probidad, pero nadie los mandó llamar durante su cautiverio. Al preguntársele quién podía deponer a su favor, solo atinó a nombrar a Mrs. Syer. Fue, pues, hacia la misma mujer que la encausaba adonde dirigió la mirada para acreditar lo que había sido antes del delito. Lofft destaca este pormenor en su misiva: los jurados no llegaron a oír a las numerosas personas cuyos atestados sobrevinieron tras el veredicto.
El otro encausado permaneció asimismo al margen de la dilucidación forense. A decir de Lofft, no se aportó indicio alguno contra aquel individuo que permitiera al jurado sopesar la responsabilidad de cada cual. El defensor de Sarah lo consideraba el autor principal, el hombre que la había instrumentalizado. No pretendía por ello disculpar el latrocinio admitido por el jurado. Su alegato era más acuciante: habiéndose acreditado una culpa circunscrita frente a una fábula de asesinato que corría de boca en boca, la prerrogativa del indulto conservaba entre ambas todo su sentido.
Se recogieron firmas. Los antiguos patronos de Sarah se sumaron a la súplica; el magistrado instructor, el presidente y varios miembros del gran jurado secundaron el ruego. La propia Mrs. Syer figuró entre quienes imploraban que se le perdonase la vida. La parte acusadora y los valedores de la condenada coincidían así al pie de una misma demanda. No se reclamaba necesariamente la nulidad de la sentencia, sino una prórroga, una conmutación o providencia alguna que frenara el cadalso.
El 21 de abril, desde Troston, Lofft se dirigió por carta al Monthly Magazine. Le restaban apenas dos jornadas. Suplicaba a los lectores que suspendieran el juicio y a los redactores que incorporasen sus advertencias a las imputaciones que ya cundían. Temía sobremanera que el memorial no alcanzase las manos del rey en vida de Sarah. No era una sutileza de pluma: aquel pliego contenía una súplica de gracia, y resultaría estéril debatir sobre su curso una vez que la reo hubiese perecido.
La tregua esperada no llegó. Refiere Borrow que el duque de Portland, juzgando intempestiva la compasión de los peticionarios, despachó a un correo del rey con orden perentoria de consumar el suplicio. ¿Llegó la súplica a ojos del monarca? Lofft guardó siempre la certidumbre de que no fue así. Sus cartas no bastan para transformar tal recelo en certeza burocrática; dejan ver, en cambio, la carrera desesperada y perdida entre una demanda colmada de rúbricas y una orden ejecutiva que, por su parte, sí alcanzó su destino.
En la mañana del día 23, Sarah refirió haber conciliado mal el sueño al inicio de la noche, gozando de mayor sosiego hacia el amanecer. Se despidió de sus compañeras de celda; cuenta Lofft que infundió en ellas mayor aliento del que requirió para sí. Calculaba que no alcanzaba aún los diecinueve años. Casi siete meses de prisión habían marchitado su semblante. Caminó bajo el paraguas hasta el cadalso, sin que fuera preciso sostenerla. Lofft jamás había presenciado un ahorcamiento; a este, sin embargo, resolvió comparecer.
Faltaba un tablado idóneo. El verdugo pareció turbado y los preparativos se dilataron, consigna la crónica del testigo. La propia Sarah apartó sus cabellos y colaboró en el ajuste del dogal en torno a su cuello. Después dio ella misma la señal. En la carta que redactó a renglón seguido, Lofft intentó describir aún su temple y los ademanes que presenció; su fervorosa admiración trasluce en cada línea. Mas ninguna de tales observaciones podía ya fundamentar una suspensión.
El 19 de mayo empuñó no obstante de nuevo la pluma. Reivindicó la distinción que el jurado había trazado y reiteró su convicción de que aquel fallo buscaba salvar a Sarah. Ya no pretendía mudar el parecer de los jueces. Demandaba que dejara de vincularse a la difunta un incendio y una tentativa criminal que tribunal alguno había sentenciado. La petición no había logrado atajar la muerte. Restaba tan solo que aquella carta alcanzase a los vivos.
