Cuando John Hicks busca amparo tras la derrota de Monmouth, Alice Lisle no lo recibe a plena luz del día. Sin embargo, ha recibido un mensaje: Hicks pregunta si puede franquear el umbral de su casa. La respuesta, referida en las actas del juicio, es afirmativa. Pocos días después, el predicador llega al amparo de la noche acompañado de Richard Nelthorp, otro fugitivo. El tribunal no le reprochará haber albergado a Nelthorp; le reprochará haber concedido asilo a Hicks, a quien la Corona presenta como rebelde.
En Winchester, el 27 de agosto de 1685, Lisle comparece ante el juez Jeffreys. La compilación de causas judiciales publicada en el siglo XIX la describe como anciana, achacosa y dura de oído; se permite que un allegado permanezca a su lado para explicarle las incidencias de la audiencia. Se declara inocente. A la acusación le incumbe demostrar no solo que Hicks participó en la sedición, sino que Lisle era plenamente consciente de a quién franqueaba la entrada.
La primera parte de la vista se centra, por consiguiente, en Hicks. Tres prisioneros apresados por el ejército de Monmouth afirman haberlo visto en su campamento. Aseguran que les habló de la causa protestante del duque y censuró el gobierno de Jacobo II. Uno de ellos lo sitúa en las filas poco antes de la batalla; los demás refieren una conversación sostenida durante su cautiverio. La compilación añade que Hicks reconoce ser el hombre visto en Salisbury. Dichos testimonios ligan al visitante de Moyles Court con la insurrección, pero callan sobre el grado de conocimiento de Lisle.
A tal efecto, el jurado escucha a James Dunne, el emisario. Al principio, este narra una gestión casi baladí: un desconocido le encomienda averiguar si Lady Lisle accedería a recibir a Hicks. Ella conviene en verlo el martes al caer la tarde. Dunne añade que luego acompañó a Hicks y a Nelthorp por sendas apartadas, sin conocer a ciencia cierta sus nombres ni su condición. Sus respuestas zozobran ante los embates de Jeffreys. Niega haber llevado misiva alguna, mas Barter afirma haberlo visto entregar una al bailío. Niega haber comido en casa de Lisle, para terminar reconociendo que compartió la mesa con ambos hombres en un aposento donde ella se hallaba presente.
El trayecto se había urdido en sucesivas etapas. Dunne sitúa su primera visita a Lisle en sábado; Barter afirma haberlo escoltado hasta Moyles Court y haber presenciado la entrega de una carta al bailío. El martes, Dunne parte con los prófugos y vuelve a encontrarse con Barter en la llanura de Salisbury. Los hombres lo despiden antes del destino y le ruegan a Dunne que procure otro baquiano. En la sala, el debate desborda la mera cuestión de quién abrió el portón: cada recodo del camino, cada nombre recordado u omitido, cada versión del encuentro sirve para dilucidar si la llegada de aquellos dos hombres podía revestir apariencia de inocencia.
El magistrado lo apremia con un encono que transmuta la deposición en espectáculo. Trata a Dunne de embustero, lo conmina a recordar el «móvil» de que habrían departido Lady Lisle y él, y vuelve a interrogarlo sobre el itinerario y la presencia de los fugitivos. Él sostiene que la señora le inquirió si Hicks era inconformista; no recuerda que preguntara si había empuñado las armas. Barter aporta un testimonio más gravoso: sostiene que Dunne le habló de caballeros de cuantiosas rentas, de un «buen negocio» que lo enriquecería y de una estancia previa de los fugitivos en su propia morada. Dunne lo desmiente. El jurado asiste así a una prueba enfangada en contradicciones, reconocimientos tardíos y el escarnio público infligido al testigo por el juez.
Barter expone asimismo su propia intervención en los hechos. Tras saber que hombres perseguidos se encaminaban a Moyles Court, acude a prevenir al coronel Penruddock. Este destaca una partida militar hacia la hacienda. Hallan a Hicks y a Dunne ocultos en el secadero de malta; Nelthorp es descubierto en una cavidad contigua a la chimenea. Lisle había negado la presencia de otros forasteros. Arguye que los soldados irrumpieron con violencia y que saquearon su hogar. Mantiene que únicamente admitió a Hicks en calidad de predicador disidente, a sabiendas de que se arriesgaba a ser perseguido por sus conventículos religiosos, pero ignorando en absoluto que hubiera tomado las armas.
La tropa no franquea la entrada de inmediato. Penruddock afirma haber aguardado ante la casa cerca de media hora antes de que Carpenter acudiera al portal. El bailío desvela que hay forasteros en una de las dependencias, al tiempo que suplica que no se revele a su ama que él los ha delatado. Corresponde luego a Penruddock relatar el hallazgo de los tres fugitivos. La relación de hechos brinda a la defensa asideros para impugnar el registro y matizar las negativas de Lisle, mas carece de un testigo independiente capaz de testificar qué sabía ella antes de la cena.
La defensa no puede borrar la realidad de la cena. La señora Carpenter testifica haberla preparado por orden de su señora y haberla servido en la estancia donde pernoctaban los hombres. Vio a Lisle en la estancia. El bailío Carpenter corrobora que la casa cobijó a los huéspedes, mas no recuerda haber oído el nombre de Nelthorp antes de su captura. Por su parte, George Creed declara que Nelthorp aseguró que Lisle ignoraba su llegada y desconocía su identidad. Jeffreys desestima esta declaración por improcedente: Lisle no está procesada por albergar a Nelthorp, sino a Hicks.
Al formular su defensa, Lisle ya no desmiente sus vínculos con Hicks. Admite haber consentido en recibirlo. Sostiene que lo creía perseguido por sus prédicas, no por sedición, y que jamás habría comprometido a sabiendas el porvenir de sus hijos. Añade haber respaldado al rey durante la sublevación y que su propio hijo militó en las tropas reales. Su justificación tropieza con la escena del banquete y con la resolución de acoger a Hicks al abrigo de la noche; se estrella igualmente contra los testimonios discordantes que pretenden probar su connivencia.
En su resumen final, Jeffreys conmina al jurado a atenerse a las pruebas, si bien prodiga consideraciones sobre la rebelión y la lealtad debida. Hace hincapié en que Lisle inquirió si Hicks había servido en el ejército y no lo despidió al percatarse de que venía acompañado. La fuente reseña una única vacilación en el jurado: los legos consultan si constituye formalmente traición albergar a un rebelde antes de que este haya sido declarado convicto. Jeffreys replica que tal extremo resulta indiferente. Reanudada la deliberación, declaran a Lisle culpable.
El veredicto no clausura la vista. Al día siguiente, Jeffreys le reprocha no haber «satisfecho» a la justicia mediante la confesión cabal de la trama. La pena prevista para una mujer convicta de alta traición es la hoguera. Varios clérigos logran una prórroga de unos días; allegados de la reo imploran después al soberano la gracia de sustituir el fuego por la decapitación. La súplica se ampara en precedentes de damas ajusticiadas sin recurrir a la pira. Jacobo II rubrica el mandato. Alice Lisle es decapitada en la plaza de Winchester el 2 de septiembre de 1685.
El compendio procesal de 1825 deja un nudo sin resolver en el corazón del pleito. La vianda compartida y el asilo quedan demostrados por varios testigos; la certidumbre exacta de Lisle sobre el papel de Hicks en el alzamiento pende de relatos inconexos, arrancados bajo las amenazas y los constantes atropellos del magistrado. La crónica achaca abiertamente a Jeffreys haber forzado la sentencia. No nos franquea el acceso a la conciencia íntima de Lisle; tan solo deja constancia de lo que el tribunal hizo con sus réplicas y de cómo, en el curso de breves jornadas, un acto reconocido de hospitalidad se mudó en sentencia de muerte.
