El martes 21 de julio de 1807, hacia las once de la noche, Sarah Leeder divisó en la charca comunal un bulto informe que flotaba a la deriva. Lo tanteó con una vara. La masa se hundió para volver a emerger de inmediato; imposibilitada por la oscuridad para discernir qué tenía ante los ojos, regresó a su casa. Con las primeras luces del alba volvió al lugar. Dos manos afloraban bajo la superficie, y los puños de una camisa aparecían empapados de sangre. Llamó a un muchacho para alertar al vecindario. Un cuarto de hora después, los lugareños extraían el cadáver del agua: pertenecía a Samuel Alden. Tenía el rostro acuchillado y la cabeza casi desprendida del cuello.
El cuerpo fue conducido en un carro hasta la morada que compartía con Martha, su esposa, y el hijo de corta edad de ambos. Con el fin de desentrañar cómo había terminado en la charca, los testigos remontaron sus recuerdos a la noche del sábado 18 de julio. Edmund Draper se había reunido con Samuel en la taberna The White Horse, en Attleburgh. Martha se hallaba presente; tras anunciar que regresaba a casa con el niño, se marchó. Draper se quedó bebiendo con el marido hasta cerca de la medianoche y luego lo acompañó a pie hasta su domicilio. El acompañante afirmó encontrarse perfectamente sobrio; Samuel, en cambio, apenas podía sostenerse. Draper no presenció disputa alguna. La vivienda apenas contaba con dos estancias principales —la cocina y la alcoba— separadas por un angosto pasillo. Al entrar allí unos breves instantes, reparó en que el fuego del hogar ardía con inusitada viveza. Samuel seguía con vida cuando él se despidió.
Hacia las tres de la madrugada, Charles Hill pasó ante la vivienda mientras se dirigía a Shelfanger. La puerta permanecía abierta; Martha se hallaba a escasos pasos. Ella le refirió haber regresado del pueblo con Samuel y Draper, asegurando que después había visto a su esposo salir de nuevo sin saber qué rumbo tomaba. Draper, sin embargo, la había visto marcharse de la hostería mucho antes que ellos. Añadió asimismo haber ido a buscar agua al foso del huerto, al otro lado del camino. En el interior de la casa, Hill entrevió un montón de ropas viejas junto al hogar; Martha adujo que cubrían al pequeño que dormía, un niño de unos siete años.
La mañana del domingo, Martha conversó con William Parson, con quien coincidió en compañía de Mary Orvice. Le contó que dos hombres vestidos de marineros habían desfilado ante su puerta hacia las dos de la madrugada y que les había rogado que hicieran volver a Samuel si topaban con él en el camino. Temía, según sus palabras, que lo hubiesen asesinado o arrojado al agua. Al día siguiente, aseveró haber recorrido a pie más de treinta millas en su busca.
La noche del lunes, Sarah Leeder había prestado una azada a Martha, quien se la había solicitado pretextando que una cerda del vecino le había hozado y destrozado las patatas. La herramienta llevaba grabadas las iniciales J.H. Tras el hallazgo del cadáver, Leeder la descubrió abandonada junto a una fosa abierta en la zanja que rodeaba el huerto de los Alden. La excavación era poco profunda y presentaba rastros de sangre en las inmediaciones. De este modo, la azada vinculaba un apero prestado con el paraje exacto donde el cuerpo había sido ocultado antes de su traslado definitivo a la charca, sin que por sí sola bastara para determinar quién había empuñado el mango.
Los vecinos procedieron asimismo al registro minucioso de la casa. Los pies de la cama, el jergón, la pared zaguera, la campana de la chimenea y el estrecho pasillo exhibían manchas de sangre; sobre la madera de la campana, varias señales parecían haber sido raspadas a cuchillo. Un saco ensangrentado yacía sobre el lecho junto al retal de otro costal que aparentaba haber sido lavado a medias. En el cobertizo se descubrió un saco distinto, disimulado bajo cerca de un centenar de bloques de turba. Por último, una podadera, también manchada pero sometida a un tosco lavado, fue localizada en una pieza a oscuras.
Mary Orvice habitaba a corta distancia. Conforme a su testimonio judicial, Martha la mandó llamar el domingo 19 y le espetó a bocajarro: «He matado a mi marido». Acto seguido la guio a la alcoba, donde Samuel yacía ya sin vida. Orvice vio una podadera ensangrentada tirada por el suelo. Martha le exigió que sostuviera un saco abierto mientras ella introducía el cadáver. Orvice aseguró bajo juramento que Martha cargó luego ella sola con el saco fuera del inmueble, cruzó el camino y depositó a Samuel en la zanja, cubriéndolo someramente con tierra. Concluido esto, Orvice se marchó, negando haber tomado parte material en la muerte.
La noche siguiente, Orvice afirmó haberse hallado una vez más con Martha. La vio arrastrar con sus propios brazos el cuerpo desde la zanja hasta la charca, siempre dentro del saco, para luego deslizarlo en las aguas. Concluido el cometido, Martha se llevó la tela. Orvice negó haber prestado ayuda alguna en este segundo traslado. Semejante distinción revestía una trascendencia capital: en la vista oral, el magistrado previno expresamente a los jurados de que aquel testimonio podía proceder de una cómplice en la ocultación del cadáver y debía acogerse con suma cautela.
Las restantes declaraciones aportaron decisivos puntos de contraste. La sangre localizada en la alcoba y el pasillo coincidía punto por punto con el itinerario descrito por Orvice; la oquedad en la zanja y la azada prestada jalonaban una de sus etapas. Parson e Hill sacaron a relucir las versiones divergentes con las que Martha había intentado justificar la desaparición de su marido. La podadera manchada y los sacos incautados constituían otras tantas pruebas materiales. Ningún testigo había presenciado el asalto letal. Correspondía por tanto al jurado calibrar la confesión de Orvice confrontándola con los indicios materiales, las observaciones de los vecinos y las contradictorias respuestas de la procesada.
El 27 de julio, ante sir Nash Grose en el tribunal de lo criminal de Norfolk, Martha compareció para responder por la muerte de su esposo. Al concedérsele el turno de defensa, hilvanó un relato inconexo. A juicio de Borrow, la acusada pretendía sobre todo sembrar la sospecha sobre el testimonio de Orvice e implicarla en el crimen, en lugar de articular una negativa coherente frente a los cargos. El juez reiteró a los jurados la necesidad de sopesar con recelo las aseveraciones de Orvice, atendiendo a su participación en la maniobra de traslado, si bien les indicó retener aquellos extremos que resultaran esclarecidos y corroborados de forma palmaria por las demás pruebas.
Tras una breve deliberación, el jurado emitió un veredicto de culpabilidad. El magistrado condenó a Martha a ser arrastrada sobre un zarzo hasta el patíbulo, ahorcada y posteriormente entregada para su disección anatómica. Tras el fallo y en vísperas de subir al cadalso, Borrow refiere que confesó el crimen. En esta postrera versión, Samuel había regresado ebrio la noche del 18 de julio; estalló una violenta disputa y él la amenazó con golpearla. Al tenderse el hombre sobre la cama, ella tomó la resolución de ultimarlo, corrió a buscar la podadera a la estancia contigua y le asestó los tajos en la frente. Sostuvo que Orvice no había participado en el homicidio, aunque sí la había ayudado a embutir el cuerpo en el saco.
El mediodía del viernes 31 de julio, Martha fue conducida sobre el zarzo hasta Castle Hill y ejecutada en la horca.
