Antes de las siete, la lechera llamó repetidas veces al timbre en la calle de los Grenets. Acudía a traer la leche como de costumbre; nadie le respondió. Avisó entonces a los vecinos. Las puertas del jardín y los postigos permanecían cerrados, y ningún rumor salía de la casa. Cuando se alzó una escalera de mano contra el muro de la calle, se divisó una segunda escalera en el patio. Se abrió a continuación la puerta de la calle; en una habitación hallaron a las dos mujeres, la viuda Aillet y Louise Goussard, muertas a los pies de las camas.
Es el domingo 22 de junio de 1823, en Chartres. La viuda Aillet superaba los ochenta años; su criada rondaba los cincuenta y ocho. Vivían solas en una casa entre patio y jardín, contigua al claustro de Saint-Aignan. Sus lechos se hallaban en una misma estancia. Una lamparilla aún ardía. Un sillón estaba manchado de sangre, otro roto; la cómoda había sido forzada y se había extraído un cajón. Se había penetrado en dos gabinetes contiguos. Sin embargo, el aparador de la platería parecía intacto, al igual que el arca cerrada donde se encontraron doce mil cuatrocientos veinticinco francos, los doscientos francos de una mesita e incluso los treinta y seis francos dejados a la vista.
Lo que faltaba no tardó en advertirse: dos relojes de oro colgados de la chimenea. A uno de ellos le habían arrancado la cadena de acero; el otro, un reloj de repetición, lucía una cadena de oro, una llavecilla y un sello. La cuchilla manchada de sangre hallada en un gabinete pertenecía a la viuda Aillet. El arma que había herido a Goussard jamás apareció. La disposición de la casa, los diferentes instrumentos y las dos víctimas apuntaban a la intervención de al menos dos autores; un tercer hombre pudo haber permanecido en la calle. En cuanto a la vía de escape, las escaleras y los recientes desperfectos en la cornisa exterior dirigían la mirada hacia lo alto del muro. Puesto que las aberturas del jardín continuaban cerradas por dentro, aquella salida se antojaba la más verosímil.
Hacia la una, un testigo había oído un fuerte grito, seguido por el sonido violento de la campanilla y dos alaridos más. Hacia la una y media escuchó también a varias personas pasar con premura bajo sus ventanas. Otro testigo vio a cuatro hombres correr hacia la puerta de Saint-Michel, ataviados con blusas azules y zapatos herrados. Aquellas observaciones no arrojaban aún nombres propios. Con todo, fijaban en la noche los ecos de una casa cuyos moradores ya no responderían a la mañana siguiente.
Durante un tiempo, la instrucción no supo hacia dónde dirigir sus pesquisas. Las sospechas recayeron en André-François Bouin, apodado Lapalette, mozo de cuerda sin ocupación fija, conocido por su brutalidad y ya condenado con anterioridad por robo. Se detuvo en primer lugar a Curot, la mujer con la que cohabitaba. Esta refirió que Lapalette había salido el sábado por la noche y no había regresado hasta las seis del domingo. Interrogada con mayor apremio, relató que Fréon había pasado un día y una noche junto a él antes de partir juntos. Aunque su testimonio variaba, condujo a los investigadores hasta Charles-Philippe-Toussaint Fréon.
Fréon, peluquero y perfumista, había abandonado su domicilio a primeros de junio tras una disputa con su esposa, según sus propias palabras. Había partido hacia París casi desprovisto de fondos. El 18 de junio, antes de reanudar el camino, anunció a Cornut que estaría de regreso en Chartres el domingo o el lunes, o que de lo contrario estaría muerto, y que traería consigo dinero y un reloj de oro. Declaró asimismo llevar consigo un cuchillo comprado en el muelle de la Ferraille, del cual se serviría contra sí mismo si fracasaba en su empeño de conseguir dinero. Diez días antes del crimen había dejado su hogar; el 19 de junio llegó a Saint-Piat y luego se dirigió a Chartres amparado por la noche, temeroso de ser reconocido.
La crónica daba cuenta asimismo de una deposición más antigua, la de Basin. En 1813, Fréon le habría propuesto asesinar de común acuerdo al matrimonio Aillet y a su sirvienta para desvalijarlos. Le habría expuesto los medios que podían emplear. Basin aseguró haber rechazado aquella proposición con indignación; Fréon habría insistido y le habría citado para volver a hablar de ello mientras pescaban. Este testimonio hacía remontar diez años antes de los asesinatos una amenaza dirigida contra los mismos moradores.
Llamó primero a casa de Lapalette, huyó al oír la voz de un inquilino, merodeó por las calles y reapareció hacia las tres de la madrugada. Apenas reunidos, los dos hombres volvieron a salir. Al día siguiente pasaron la jornada en una taberna de Morancez, donde afirmaron haberse encontrado por casualidad mientras pescaban. Lapalette confió a un testigo que muy pronto nada le faltaría y que tendría algo que contarle si se portaba como un «buen muchacho». Fréon, por su parte, habló del traspaso de una tienda que costaba ochocientos francos y prometió treinta francos a su compinche, mientras Curot vendía dos sillas para que pudieran subsistir.
El sábado por la noche, Fréon anunció que esperaba el dinero de una venta de efectos personales. Con todo, no acudió a casa del supuesto comisionista. A las diez de la noche salió con Lapalette, quien había hecho acostar a Curot dejándola encerrada bajo llave. Fréon calzaba los zapatos herrados y se cubría con la blusa de Lapalette. Ambos ofrecieron luego versiones divergentes sobre su itinerario. Fréon afirmó haber buscado a su amante y haberse reunido después con Lapalette antes de tomar el camino de París. Lapalette aseveró que había aguardado en el montículo de Saint-François, que habían ido a Lucé y que se habían separado en el bosque de Oisême. Los dos negaron haber transitado cerca del claustro de Saint-Aignan.
Sin embargo, hacia las diez y media de la noche, varios testigos vieron en aquel claustro, contiguo a la casa de Aillet, a dos hombres cuyas ropas coincidían con las de los acusados. Tres de ellos reconocieron a Lapalette; uno le vio pasar a las once desde el claustro hacia la calle de los Grenets. En aquella noche del 21 al 22 de junio hallaron la muerte las dos mujeres. En ese mismo instante, Fréon abandonó bruscamente a Lapalette y emprendió a pie la ruta hacia París. Alcanzó Ablis y más tarde Rambouillet, donde afirmó haber llegado mucho antes de lo que en realidad lo hizo, antes de tomar la diligencia.
El día 23 acudió a casa de Cornut con un reloj de oro antiguo de repetición provisto de su cadena. Decía haber tomado trescientos francos de casa de su padre; sin embargo, hacía largo tiempo que no pisaba su domicilio. Al día siguiente, el relojero Lejeune lo reconoció como el hombre que le había canjeado dos relojes antiguos por uno nuevo y ochenta francos. Las alhajas y la maquinaria recuperadas correspondían a los relojes de la viuda Aillet; el relojero encargado de su mantenimiento los reconoció formalmente. Fréon negó el trueque y sostuvo haber comprado un reloj de crisocal en la calle por dieciocho francos. Mas los testigos y los joyeros lo identificaron; él mismo había mostrado a un amigo un reloj que decía haber obtenido a cambio de otros dos.
El 27, el reloj fue empeñado en el Monte de Piedad, donde Fréon obtuvo por él ciento veinte francos. Lapalette, llegado a París el día 25, hizo allí grandes desembolsos y fue arrestado el 29 con ciento noventa francos en el bolsillo. Alegó haber vendido sus muebles y enseres, haber conservado unos ahorros y haber recibido cuarenta francos de Fréon; Curot afirmaba que él carecía de dinero. En su jergón se hallaron dos caretas de pergamino. Lapalette pretendió que databan de antiguos carnavales y que Curot las había ocultado; ella juró no haberlas visto jamás. Champagnac refiere que se sospechó que aquellas caretas hubiesen servido para disfrazarse, pero su verdadero uso no pasó de ser una conjetura de la instrucción.
Se sospechaba que Curot había permanecido vigilando. Los indicios no se juzgaron bastantes para procesarla: el 1 de agosto, el tribunal la sobreseyó libre de cargos y mantuvo el auto de prisión contra Fréon y Lapalette. Ambos comparecieron en agosto ante el tribunal de lo criminal de Eure-et-Loir. Su defensa corrió a cargo de letrados de oficio. Tras tres días de deliberaciones, durante los cuales el reconocimiento del relojero pesó con fuerza contra Fréon, el jurado los declaró culpables y fueron sentenciados a muerte.
Interpusieron recurso de casación. Fréon sufrió entonces violentos vómitos; Champagnac presenta este lance como un conato de envenenamiento. Repetía a su defensor que jamás sería ejecutado. Desestimado el recurso y fijado el día de la ejecución, los reos se atrincheraron en su calabozo. El suplicio hubo de aplazarse. Lapalette hizo entonces revelaciones sobre posibles cómplices; las nuevas pesquisas demostraron su falsedad, según Champagnac. Fréon y Lapalette fueron ejecutados con posterioridad, si bien la crónica no precisa la fecha exacta.
En su informe final, el ministerio público rindió homenaje a Goussard, quien, según sus palabras, había librado una larga lucha por salvar a su ama. Los dos relojes desaparecidos y la cadena arrancada habían guiado las pesquisas desde la chimenea hasta las tiendas de París; la deposición de Basin sobre la proposición que Fréon le habría formulado en 1813 remontó aún más atrás en el tiempo las sospechas contra uno de los reos.
