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Justicia y escándalos · Francia

El lecho tras el establo

Charles Lebaron es hallado muerto en su establo el 16 de diciembre de 1828. Su criado Clément Vaultier confiesa haberlo matado y acusa a la esposa de haberlo instigado; Cécile Leboucher reconoce más tarde el crimen, pero sostiene que Vaultier la obligó a ayudarlo tras asesinar a su marido. Los testimonios, los indicios y los objetos ocultos se examinan ante el tribunal de assises. El jurado declara culpables a ambos acusados y los condena a muerte; la crónica no da cuenta de la ejecución.

El 16 de diciembre de 1828, Charles Lebaron fue hallado muerto en su establo, tras los caballos. Su camisa ostentaba la impronta de unos dedos ensangrentados; sus ropas no estaban en desorden y el suelo no ofrecía, a primera vista, indicio concluyente alguno. En la aldea, no obstante, Cécile Leboucher, su esposa, había manifestado en repetidas ocasiones el anhelo de verse libre de él. El criado Clément Vaultier, interrogado por la justicia, terminó por inculparse del homicidio y señaló a la mujer como su cómplice. Ella lo negó en un principio, para ofrecer después una versión en la que Vaultier obraba en solitario. La muerte de Lebaron abrió una instrucción en la que cada cual pugnaba por arrojar sobre el otro la carga del crimen.

Cécile Leboucher había contraído matrimonio con Charles Lebaron a los diecisiete años. Champagnac puntualiza que, «según se dice», fue forzada a este enlace por su madre; el texto no precisa qué ocurrió en verdad ni de dónde provenía semejante aserto. La unión resultó desdichada. Tras una disputa, Cécile había hecho comparecer a su marido ante el tribunal correccional y se había arañado el rostro, según el cronista, para lograr su condena. Siguió a ello una demanda de separación, antes de que la familia lograse avenir a los cónyuges. Aquella reconciliación fue efímera.

En los meses previos al asesinato, Cécile confió a una vecina que su marido la había reprendido y le había impuesto su labor; añadió: «¡Ah, si nos viéramos libres de él!». La vecina le advirtió que no debía proferir tales palabras. Cécile replicó entonces que él andaba a menudo transportando cargas y que bien podía quedar aplastado bajo un carromato si se hallaba ebrio. Esta conversación no prueba que se hubiese tramado un percance, mas revela que la idea de su desaparición se expresaba fuera del hogar.

Consta asimismo otro diálogo con un jornalero llamado Vaultier. Este le aseguró que, si tuviera un marido como el suyo, lo estrangularía. Cécile le inquirió si se sentiría capaz de ello. Más adelante, propuso a Clément Leroy, a la sazón criado en su casa, que la ayudase a envenenar a su esposo, con la promesa de que nada le sucedería y de que desposaría con él a continuación. Leroy no figura entre los encausados en el desenlace consignado por Champagnac. Estas manifestaciones, atribuidas a los testigos y a las actas del sumario, fueron admitidas por la acusación; no dilucidan aún quién participó en la muerte de Lebaron.

En la mañana del 16 de diciembre, el fiscal del rey de Saint-Lô recibió noticia de que Lebaron yacía sin vida en su cuadra. La postura del cadáver hacía poco verosímil una muerte provocada por los animales. El examen minucioso acrecentó la presunción de homicidio. Las vestiduras no presentaban desgarro alguno allí donde el lodo cubría las rodillas y los muslos; no se advirtió rastro de sangre en el establo. El faldón de la camisa, embutido en el pantalón, ostentaba la huella de unos dedos ensangrentados. La instrucción debía desentrañar de qué modo había llegado el cuerpo hasta allí y por qué motivo se le había vestido.

Las primeras pesquisas resultaron infructuosas. Diversas circunstancias dirigieron luego las sospechas hacia Vaultier, quien fue detenido. Tras un primer interrogatorio, y luego en un segundo, acabó confesando la muerte de Lebaron. Declaró que Cécile lo apremiaba desde tiempo atrás y que había ideado el modo de atraer al marido a su casa bajo el pretexto de entregarle cierta liga de cazar pájaros. El sábado anterior al crimen, Lebaron había acudido efectivamente a la morada de Vaultier; este, no obstante, se negó entonces a matarlo.

El lunes, jornada del homicidio, Cécile se presentó en repetidas ocasiones ante Vaultier en el propio domicilio de su esposo, donde el criado trabajaba. Conforme a las declaraciones de este, la mujer redobló sus instancias y le prometió que jamás le faltaría el dinero. Le aseguró que la ocasión se presentaba propicia: su marido se hallaba ocupado en moler trigo en casa de un vecino y regresaría extenuado. Ella misma se acostaría con él y con su pequeña hija, dejando la puerta abierta; en el instante acordado, trasladaría a la criatura a un aposento colindante y regresaría para auxiliar a Vaultier. Tales fueron los términos de la confesión del criado, ratificados en los interrogatorios sucesivos.

Vaultier aseveró haber aguardado en el patio tras despedirse y haber penetrado en la vivienda una vez se hubieron acostado los moradores. Refirió haber hallado a Lebaron sumido en el sueño, haberle asestado varios golpes y haberlo atenazado luego por la garganta. Afirmó que Cécile salió del aposento donde había resguardado a la niña y descargó también sus golpes contra su marido. Estos pormenores sustentaban el cargo de complicidad; deben atribuirse rigurosamente a la voz de Vaultier, pues Cécile los impugnó y ofreció otra relación de lo acaecido aquella noche.

Los dos, con arreglo a dicha confesión, vistieron después el cadáver y lo arrastraron hasta el establo para hacer creer que Lebaron había perecido bajo el envite de sus caballos. Relató Vaultier que habían borrado huellas en el interior de la casa, mudado una silla de sitio y ocultado los pañuelos que habían ceñido la cabeza del difunto. Agregó que bebieron aguardiente consumados los hechos. Los pesquisas hallaron los pañuelos señalados por Vaultier en los bolsillos de la viuda; habían sido retirados de debajo del jergón de un lecho. Pequeñas salpicaduras de sangre eran visibles en la jamba de la chimenea y se apreciaban charcos hemáticos en el trayecto que mediaba entre el portalón y la cuadra.

Cécile Leboucher sostuvo inicialmente que su esposo, tras volver de la faena, había marchado a caballo a casa de su madre. Aseguró haberse acostado como de costumbre y haber advertido, hacia las cinco de la madrugada, que aún no había regresado. Refirió haber acudido a casa de Pierre Leboucher para manifestarle su inquietud, antes de volver para preparar la sopa con su hija. Fue entonces, según su testimonio, cuando llegaron a anunciarle el hallazgo del cuerpo. Negó las circunstancias reveladas por Vaultier.

Confrontada con él, Cécile mudó de relato. Al día siguiente de su arresto, admitió que su marido yacía en el lecho conyugal en el instante de ser asesinado. Alegó, empero, que Vaultier la acosaba desde largo tiempo atrás para que diese muerte a su cónyuge y que le prometía proveer a su sustento tras el deceso de este. La noche del crimen, según ella, el criado se abalanzó sobre el lecho y las profirió amenazas a ella y a su hija. Afirmó que huyó a un gabinete y que Vaultier la coaccionó después para obligarla a transportar el cuerpo. Vaultier, por su parte, no se desdijo de su primera declaración y ratificó cuanto había expuesto.

Un testigo declaró haber visto aquella noche a Vaultier y a Cécile bajo el portalón de la hacienda, sosteniendo cada uno un extremo de cierto fardo. Manifestó que a la mujer se le desprendió la carga que portaba y que Vaultier la increpaba con aspereza, temeroso de ser sorprendidos. Habrían vuelto a entrar en la casa antes de encaminarse al establo. Este testimonio vino a sumarse a los pañuelos y a los rastros de sangre; no dirimía por sí solo la contradicción entre ambas versiones, pero situaba a la pareja de reos en el traslado del cadáver tal y como lo reconstruía el sumario.

Ambos comparecieron ante el tribunal de assises de la Mancha durante la segunda sesión de marzo de 1829. Cécile contaba a la sazón veintidós años. Durante la lectura del auto de acusación, Vaultier se mostró agitado por un instante; ella, según la crónica, tembló largamente. Cuando el presidente inquirió al criado si había dado muerte a Lebaron, Vaultier fijó la mirada en Cécile y respondió: «¡Fuimos los dos!». Ella perseveró en arrojar sobre él la entera responsabilidad del asesinato.

Los facultativos expusieron ante la sala las comprobaciones practicadas sobre el cadáver; se aportaron diversos pormenores de violencia que el propio Champagnac resolvió omitir. El jurado declaró culpables a ambos encausados y fueron condenados a la pena capital. La concurrencia manifestó ruidosamente su complacencia, al extremo de que el presidente debió reprimir los gritos y los aplausos.

Dos testimonios contrapuestos habían quedado así confrontados: según Vaultier, la mujer de Lebaron había concertado el encuentro y tomado parte en el homicidio; según Cécile, el criado la había forzado a prestarle auxilio tras segar la vida de su esposo. Las pláticas pretéritas, las huellas en la vivienda, los pañuelos y la declaración sobre el acarreo del cuerpo pesaron de modo decisivo en los debates. El jurado los halló a ambos culpables. Más allá de la sentencia, la última estampa que preserva la crónica es la de los condenados conducidos lejos de una turba ávida, por un sendero apartado para sustraerlos a su vocerío.

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Lectura íntegra del capítulo VIII28 (fuente local work/cap400/sources/champagnac/tome-8-chap-28.txt; SHA reservado e810e3e908939a46801033f275ba344d13007d3c21e30b64aca8fe0899d37e7c). Charles Lebaron es hallado sin vida el 16 de diciembre de 1828. Vaultier sitúa el asesinato en lunes y relata que él y Cécile trasladaron el cadáver; el suceso no se fecha de forma separada a su hallazgo. La confesión de Vaultier incrimina a Cécile acusándola de haber solicitado el crimen; esta lo niega y luego asegura que Vaultier la obligó, atribuyéndole a él la entera responsabilidad. Un testigo asevera haberlos visto transportar juntos un bulto. La cronología del matrimonio de Cécile se consigna bajo la fórmula «según se dice»; la supuesta coacción materna no se presenta como hecho probado. Dos reos comparecen ante el tribunal de assises en marzo de 1829, son declarados culpables y condenados a muerte. La crónica no refiere ejecución alguna. Se omiten detalles médicos truculentos; el episodio del matrimonio y los juicios de Champagnac se mantienen como testimonios o valoraciones de la fuente.

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