Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Italia

La sangre bajo la paja

Piamonte, 1808. Dos sirvientas descubren un cadáver en un pajar. Un hermano cambia tres veces de versión, un padre muere en prisión y una hermana debe ser apartada de la nómina de culpables.

La sangre había atravesado el entarimado antes de que nadie se resignara a contar lo sucedido. El 15 de mayo de 1808, dos criadas que conversaban en casa de los Sollier, en Chaumont, repararon en el reguero que manaba del pajar. Subieron, apartaron unos haces de paja y divisaron un brazo. No fueron más allá. Les quedaba salir de la vivienda para avisar a alguien; en aquella familia, semejante determinación iba a serles reprochada de inmediato.

Una de las dos mujeres, Élisabeth Olivier, servía en la casa de Jean-Baptiste Sollier. La otra, Barbe Guilhelme, había acudido a visitarla. Fue Barbe quien corrió a advertir a su propia ama; enterado el alcalde, se personó en el lugar de los hechos y reconoció a François, uno de los hijos del propietario. El cadáver permaneció custodiado durante la noche, a la espera del juez de paz de Susa. El hallazgo había desbordado ya el ámbito doméstico. La familia ya no era la única en decidir qué habrían de saber los vecinos.

Al día siguiente se procedió al examen del cadáver, hallado desnudo entre la paja. Las heridas de la cabeza se atribuyeron a golpes asestados con una piedra y un palo. La presencia de sangre en los dedos de la mano derecha hizo suponer que François había intentado protegerse el rostro. Los moradores de la casa sugirieron otra versión: algún rival en amores bien pudo haberlo asesinado. Señalaron un emparrado cuyas maderas parecían haber sido forzadas y que permitía alcanzar el pajar desde el exterior. Se ofrecía así, en apariencia, una vía de acceso franca a un desconocido.

Pronto supieron los instructores, empero, que las rencillas no requerían pasar por dicho emparrado. Los intereses de los hijos Sollier colisionaban en torno a los bienes paternos. Cada cual recelaba de las ventajas concedidas a los demás. Dos días antes del hallazgo, una disputa había enfrentado a François con el anciano; según se dijo, el hijo lo arrojó al suelo. La crónica de Champagnac retrata a toda la estirpe con tintes en extremo sombríos. Semejante severidad no constituye prueba jurídica contra ninguno de sus miembros, mas deja constancia de las discordias que la instrucción se esforzaría por desentrañar.

Joseph-Thomas, hermano de François, pasó en breve a ocupar el centro de las sospechas. Pesaban sobre él episodios pretéritos de violencia contra sus allegados y una manifiesta inquina hacia el difunto. Unos tratos de François habrían malogrado sus planes de contraer nupcias con la hija de un tal Joannes. El matrimonio, el patrimonio, el orden de nacimiento: en las sucesivas declaraciones y testimonios, cada privilegio parecía usurpado por alguien que se negaba a ceder el paso. El móvil distaba de ser un odio abstracto. Tenía las dimensiones estrechas y tenaces de una casa solariega que varios herederos juzgaban ya de su propiedad.

Marguerite, hermana de ambos, resultó asimismo encausada. Se refería que había reprendido con aspereza a la doméstica por desvelar los rastros de sangre. Ella brindaría una explicación distinta a tal reconvención: su único propósito habría sido prevenir al padre antes de que se enteraran los extraños. El matiz revestía importancia. El afán de preservar la autoridad sobre el hogar, aun en semejante trance, distaba de probar una participación en el crimen. Con todo, en aquel punto de la investigación, el reproche dirigido a la criada aproximaba de forma inquietante a Marguerite al secreto descubierto bajo la paja.

La conducta del padre concitó a su vez la atención de la justicia. Al ser advertido del flujo que goteaba, habría aludido ora a vino derramado, ora a la sangre de un animal. Se demoró en responder al alcalde, quien consignó además el empeño del anciano en dar sepultura al cuerpo sin aguardar la llegada del juez de paz. Padre, hijo e hija fueron reducidos a prisión. Las reacciones de unos, los dichos de otros y su común reputación concurrían en una misma prevención procesal; restaba dilucidar si aquella comunión en las sospechas correspondía a una complicidad en los actos.

El registro deparó el hallazgo de diversos efectos. Bajo la escalera de la cocina se incautaron de un astil de hacha manchado de sangre y de un sayo corto, color café, que François solía vestir. En el hombro de la prenda yacían cabellos ensangrentados, entre ellos una cana. La crónica halla en este escondite doméstico un sólido indicio contra la hipótesis de un agresor foráneo. No se disponía, no obstante, de método alguno de identificación individual equiparable a los de la ciencia actual. El sayo y el mango encauzaban las pesquisas hacia el interior del hogar; por sí solos, empero, no señalaban a la mano ejecutora.

El padre adujo que François había manifestado su propósito de acudir a Susa para cobrar el importe de una entrega de yeso. Al no verlo a la jornada siguiente, dio por supuesto que el viaje se había consumado. Negó los cargos que se le imputaban. Marguerite declaró haber pasado casi todo el día fuera de la casa y no haber regresado sino tras el descubrimiento. Joseph-Thomas, en un principio, negó con idéntica rotundidad todo extremo, hasta la existencia de un hacha en la vivienda. Poco después, su versión mudó: admitió haber dado muerte a su hermano, si bien en legítima defensa.

Relató que regresaba de casa de Joannes hacia la medianoche. François lo aguardaba presuntamente junto al establo, le arrojó una gruesa piedra y lo arrastró de los cabellos, exigiendo, en su condición de primogénito, desposarse antes que él. Joseph-Thomas habría huido hacia el pajar; perseguido y golpeado de nuevo, asió una piedra y acabó con su adversario. Su padre, aseguró entonces, lo ignoraba todo. Esta confesión le atribuía el golpe letal, pero procuraba mudar su causa: el reo pasaba a ser quien había intentado repeler un asalto.

Siguióse a esta otra declaración. Joseph-Thomas reconoció esta vez haber aguardado a que François se durmiera para matarlo, ocultando luego sus ropas. El cambio resultaba decisivo. Entre rechazar a un hermano agresor y acometer a un hermano dormido, la conducta admitida desarmaba por completo la defensa invocada. Champagnac atribuye este nuevo descargo al remordimiento; no nos descubre, empero, qué aconteció en el fuero interno del procesado. Disponemos de una declaración sobrevenida, transmitida por un cronista persuadido de su culpabilidad, y debemos guardarnos de confundir esa convicción con una ventana a su conciencia.

El padre falleció en prisión durante el curso de la causa. Joseph-Thomas se retractó entonces de sus confesiones y acusó al difunto. El anciano, sostenía ahora, había salido en su defensa durante una riña, recibiendo de François una coz que a la postre le costaría la vida. Más tarde, el padre habría ido a ultimar a dicho hijo. Joseph-Thomas se pintaba ahora como un testigo impotente; sus primeras autoinculpaciones habrían sido exigidas por su progenitor, con la esperanza de salvar a ambos. Aquel a quien su primer relato declaraba ajeno al crimen se convertía en su autor material en el instante preciso en que ya no podía responder.

La instrucción contaba, sin embargo, con un paso dado ante una persona viva. Consumado el hallazgo del cuerpo, Joseph-Thomas había acudido en busca de la joven Joannes. Llevándola aparte del corro en que se hallaba, le requirió que declarase que él había permanecido a su vera durante toda la noche del 14 al 15 de mayo. Semejante coartada solicitada no casaba con la refriega en el pajar ni con la escena que más tarde atribuyó a su padre. Introducía, en el dédalo de versiones sucesivas, la tentativa de hacer avalar por un tercero una ausencia absoluta del lugar del crimen.

El 9 de septiembre de 1808, el tribunal de Turín condenó a Joseph-Thomas Sollier a la pena de muerte por el asesinato de su hermano. Marguerite resultó absuelta: los debates procesales no lograron acreditar su complicidad. El repertorio consigna el fallo, sin detallar la ejecución de la sentencia. El padre había sucumbido sin llegar a juicio. Preciso es mantener deslindados estos tres destinos, por más que el cronista englobe a la familia bajo una misma moraleja sobre la crianza y la discordia. Dos sirvientas habían hallado un cadáver; a la justicia le correspondió deslindar responsabilidades entre individuos a quienes la sospecha había confundido en un principio. Bajo la paja yacía una víctima. A su alrededor, los lazos de la sangre no bastaban para esclarecer el homicidio, ni para condenar a cuantos los compartían.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La visita de Barbe

Una novela corta de ficción seguiría a una sirvienta que acude a visitar a su amiga. Descubre un indicio de violencia en la casa donde esta última sirve desde la infancia; salir a dar parte al alcalde amenaza con hacerle perder a su amiga su único sustento. La jornada avanzaría al compás de las puertas que se le cierran y de los vecinos a quienes por fin se atreve a importunar. Los personajes y el desenlace serían ficticios. ¿Le gustaría leer esta obra donde la lealtad se mide por la capacidad de desobedecer y donde el primer acto de justicia consiste sencillamente en abandonar una casa?

Cargando votos…

novela

La coartada del noviazgo

Una novela original tendría por protagonista a una joven a quien su prometido implora que certifique una noche pasada juntos. Sabe que es falso, mas su negativa sacaría a la luz la visita de otro hombre que acudió a confiarle a un infante. Mientras dos familias negocian su declaración judicial como en su día pactaron la dote, ella buscaría un amparo seguro para la criatura que custodia. La trama y los protagonistas serían inventados. ¿Desearía adentrarse en esta narración sobre la confianza y la extorsión afectiva, donde la promesa matrimonial transmuta en amenaza y donde forjar el propio destino exige retractarse de la palabra empeñada?

Cargando votos…

trilogía

El reparto de los ausentes

Tres novelas de ficción seguirían a los herederos de una heredad parcelada a raíz de una muerte no esclarecida. Una hermana absuelta intentaría de entrada reabrir la casona; su sobrina hallaría después los libros contables de una partición clandestina; un nieto descubriría por fin que una rama entera del linaje fue borrada de las escrituras públicas. Cada entrega ofrecería un caso concluso, con personajes de ficción. ¿Le interesaría esta trilogía donde las tierras se transmiten aparejadas a las imputaciones, y donde hacer sitio a los ausentes exige a los vivos renunciar a la porción que creían suya?

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo 7, Champagnac, tomo VI, 1833, pp. 72–81, fuente única. Chaumont, cerca de Susa, jurisdicción de Turín, Piamonte anexionado entonces a Francia: clasificación geográfica Italia. Joseph-Thomas condenado el 9 de septiembre de 1808; no consta relato de la ejecución. Marguerite absuelta; el padre falleció en prisión sin sentencia. Causa de la muerte del padre: coz alegada exclusivamente por el hijo. Los episodios de legítima defensa, confesión posterior en el sueño y postrera acusación paterna constituyen versiones procesales, no omnisciencia del narrador. La violencia pretérita y la reputación se refieren como testimonios, no como juicio categórico adicional. La cana carece de identificación pericial concluyente. El móvil exacto y el remordimiento no se hallan probados por la crónica. No se asume la moraleja sobre crianza o censura familiar. No se consultó ningún escaneo directo para este expediente.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete