El 28 de agosto de 1787, el Parlamento de Dijon reconsideró una causa que ya había conducido a un hombre al patíbulo y a otro a las galeras a perpetuidad. Rehabilitó la memoria de Claude Gentil y de Guillaume Vauriot; asimismo, absolvió y sobreseyó de forma definitiva a Claude Pajot, Antoine Loignon y Jean-Baptiste Gentil de la acusación formulada en su contra. La misma sentencia ordenaba aplicar los rigores de la ley a los verdaderos culpables, mas suspendió la ejecución de Larue a la espera de la resolución regia. La justicia reconocía al fin su yerro, siete años después de acaecidos los hechos. Mas para Gentil, muerto sobre el cadalso, y para Vauriot, deportado a las galeras de por vida, el reconocimiento llegaba tras cumplirse ya las penas decretadas.
El asunto había comenzado en la noche del 5 al 6 de diciembre de 1780, en la ermita de San Miguel, cerca de Aignay-le-Duc, en Borgoña. Nicolas Maret, conocido bajo el nombre de fray Jean, moraba allí desde hacía más de veinte años. Se dedicaba a pintar en las iglesias y palacetes de los contornos, reparaba ingenios de relojería y vivía de su oficio y de sus colectas. Aquella vida hacendosa, unida a la fama de poseer cierto caudal ahorrado, pareció tentar la codicia de los malhechores.
Estando acostado en una alcoba de la cocina, percibió ruidos en su morada y temió que la puerta estuviese cediendo bajo los golpes. Varios individuos lo asaltaron, le calaron la capucha para cubrirle los ojos y le ataron de pies y manos. Lo conminaron a revelar el escondrijo de sus dineros. Negó al principio poseer suma alguna; mas las amenazas menudearon. Terminó por confesar que guardaba nueve luises y medio de oro en una arqueta de hoja de lata, oculta en el muro del huerto frente a un peral corpulento.
Los asaltantes fueron en pos de la caja, mas no dieron con ella. Condujeron entonces al ermitaño hasta el huerto para que les señalase en persona el paraje exacto. Apoderados ya del oro, lo devolvieron a su lecho y prosiguieron el saqueo de la casa. Se incautaron de un reloj de cobre, la caja de un reloj de plata que tenía en reparación, cierta cantidad de azúcar y dos medias botellas de licor. Antes de emprender la fuga, apretaron aún más sus ligaduras. Le despojaron de su sayo, advirtiéndole de que lo colocarían a la vista de todos sobre un árbol frente a la ermita para que algún caminante viniese en su auxilio. Fray Jean quedó así solo, maniatado y yerto de frío, hasta que acudieron a rescatarlo.
Hacía largo tiempo que trataba a la familia Gentil de Aignay. La madre, postrada e inmediata a la muerte, le confiaba las llaves cuando él se ausentaba; y fray Jean había rogado a Jean-Baptiste, uno de los vástagos, que lo mandara llamar para rezar a la cabecera en sus postreros instantes. En aquella noche aciaga, Jean-Baptiste se había apartado del lecho materno entre la medianoche y la una para acompañar a su hermana Marie. Al regresar, divisó lumbre en la ermita. Entró en su hogar, supo que la enferma empeoraba y partió de nuevo a buscar a fray Jean.
El postigo de la ermita hallábase atrancado. Jean-Baptiste saltó la tapia y alcanzó la cocina, cuya puerta quedó entreabierta. Desde la alcoba, el ermitaño le gritó que se aproximara y le suplicó que lo desatase. Jean-Baptiste encendió lumbre, reconfortó a su amigo y fomentó con vino caliente su brazo magullado. Fray Jean, harto turbado para acudir al lecho de la moribunda, le pidió que volviese junto a su madre y retornara media hora después. Le encareció, asimismo, que guardase riguroso sigilo sobre el despojo.
Al segundo regreso de Jean-Baptiste, el ermitaño reanudó el relato y aseveró haber reconocido a tres hombres por sus voces: Vauriot, Chaumonot y Claude Gentil, hermano carnal de quien le prestaba oído. Jean-Baptiste quedó consternado ante semejante imputación. Objetó que Claude yacía en cama cuando él había retornado junto a la madre, que lo había despertado antes de subir a la ermita, y que Vauriot y su hermano estaban enemistados; ni quince días antes, Claude había presentado querella contra él ante el procurador del rey. Fray Jean prometió no denunciar a Claude, facultando no obstante a Jean-Baptiste para relatar el robo sin declarar que se conocía a los perpetradores.
Empero, el silencio no perduró. Cuando Jean-Baptiste regresó a la casa materna, refirió el estado lastimoso en que había hallado al cenobita. Claude Gentil y Antoine Loignon subieron con él a la ermita. Fray Jean ya había desamparado el recinto para guarecerse en Beaunotte, en la morada del vicario Latour. Allí dio cuenta del asalto en presencia del procurador del rey. El magistrado se personó en la ermita y levantó el correspondiente atestado: halláronse una escopeta perteneciente al actuario Caillard, un leño que había servido de ariete contra la puerta de la cocina, el lienzo de pared desportillado cerca del dinero y las contusiones visibles en el brazo del religioso. La choza contigua donde Caillard guardaba su arma también había sido violentada.
El robo y la fractura constaban en los autos; la identidad de los ladrones, empero, estribaba en meros indicios. La sumaria comenzó al día siguiente. El 12 de diciembre se decretó auto de prisión contra Claude Gentil, Guillaume Vauriot y Claude Pajot. A la primavera siguiente, el preboste remitió las actuaciones al bailiaje de Châtillon. Se dispuso una nueva instrucción; Antoine Loignon y Jean-Baptiste Gentil fueron reducidos a prisión a su vez. La causa se dilataba por más de un año, mas el proceso no arrojaba las certidumbres que las delaciones parecían prometer.
El 7 de diciembre de 1781, el tribunal condenó a Vauriot a la horca previo tormento ordinario y extraordinario. En cuanto a Claude Gentil, Pajot, Loignon y Jean-Baptiste, se suspendió el pronunciamiento de la sentencia hasta después de ejecutado Vauriot. La apelación incoada ante el Parlamento de Dijon trastocó este reparto inicial de culpas. Sin examinar a nuevos testigos y sin advertir contradicción alguna en los descargos, la corte declaró a Claude Gentil reo principal del delito y lo condenó al patíbulo.
Gentil fue sometido al tormento el 13 de marzo de 1782. No reconoció la comisión del crimen ni los cómplices cuya delación se le exigía. Al pie mismo de la horca, protestó una vez más de su inocencia y murió ejecutado. El 19 de marzo, la corte pronunció sus fallos respecto a los demás: Vauriot fue condenado a galeras perpetuas; Pajot y Loignon quedaron sujetos a más amplia y dilatada instrucción sin término; Jean-Baptiste fue sobreseído libremente. Vauriot, a quien se había destinado en un principio al mismo suplicio que a Gentil, marchó finalmente a purgar condena perpetua en galeras.
Jean-Baptiste, por su parte, salió en libertad carente de recursos para proseguir el esclarecimiento de su causa. Hallábase sumido en la indigencia. Transcurrieron semanas antes de que allegara dinero bastante para encaminarse a Montargis. Estando allí, supo que un buhonero vendía pliegos con sentencias impresas sobre salteadores ajusticiados. Una sobrina, movida por la curiosidad, había advertido que una de aquellas relaciones guardaba un pasmoso parecido con los hechos que habían llevado al cadalso a su tío. Las circunstancias coincidían puntualmente con el expolio de la ermita: el allanamiento forzado, las ligaduras, los nueve luises y medio y los objetos sustraídos.
En Montargis, Jean-Baptiste se procuró los fallos y los llevó a Dijon. Puso los hechos en conocimiento del procurador general del Parlamento, quien le instó a valerse de letrado para obtener su desagravio y el de sus coacusados. El jurisconsulto Daubenton consintió en patrocinarle. Las sentencias impresas atañían a Jacques Périssol, Charles-Noël Larue y otros tres sujetos, declarados culpables de haber asaltado a un ermitaño en distinta jurisdicción. Mencionaban asimismo a Marguerite Roussel, tenida por conocedora del robo y receptadora de parte del botín. Périssol y Roussel habían sido sentenciados al cadalso; Larue permanecía aún preso en Montargis.
Interrogado el 22 de enero de 1785, Larue pormenorizó las circunstancias del latrocinio y delató a sus cuatro cómplices. Requerido por el fiscal sobre si Gentil, Vauriot, Pajot, Loignon o Jean-Baptiste Gentil habían tomado parte en él, Larue respondió con una negativa rotunda, manifestando que ni siquiera los conocía. Mediante cartas patentes del 23 de febrero de 1787, se mandó revisar el proceso de los Gentil. Larue fue conducido a Dijon e interrogado en cuatro audiencias; ratificó sus dichos sin vacilar. Manifestó saber que debía expirar, mas que no deseaba ver a inocentes oprimidos por un crimen que jamás cometieron.
Champagnac contrapone esta firmeza a la obstinación de fray Jean, a quien afea haber resistido a las evidencias sobrevenidas. Hace constar asimismo que el ermitaño se había equivocado respecto a Chaumonot, cuya ausencia y coartada quedaron fehacientemente acreditadas, yerro que de por sí debió volver sospechoso su discernimiento vocal. La crónica no brinda acceso a las piezas originales de todos los autos; no obstante, ofrece la sentencia de 1787 como la resolución judicial definitiva de la revisión. Aquella providencia rehabilitó la memoria de Gentil y Vauriot, descargó de culpa a los otros tres encausados y reservó las acciones legales pertinentes contra los delatores.
La ermita había sido forzada ciertamente; fray Jean, atado y expoliado en ella. Lo que faltó a los primeros fallos, a juicio de la crónica, fue la prueba concluyente de que los varones señalados por su voz fuesen en efecto los ladrones. Al delatar Larue a los verdaderos autores, ya perseguidos en otra curia, y excluir a los cinco reos, aportó una verdad que la corte de revisión pudo admitir. El pronunciamiento de 1787 restauró sus nombres, mas no devolvió a Gentil a los suyos. Respecto a Vauriot, enviado a galeras a perpetuidad en 1782, el relato nada aclara sobre el destino que corrió su condena tras acordarse la ejecutoria de revisión.
