Cuando William Hartgill se negó a servir de intermediario entre Charles, lord Stourton, y su madre, interpuso una condición que debió haber sido de lo más corriente: que el joven lord garantizase a lady Elizabeth una renta anual. Viuda de William Stourton y madre de Charles, residía por entonces en casa de Hartgill, en Kilmington. Charles pretendía que ella se obligase, bajo fianza de una gruesa suma, a no contraer segundas nupcias; Hartgill rehusaba prestarle auxilio en ello sin garantías para el sustento de la dama. Una querella doméstica, nacida de una controversia sobre alimentos y tutelas, pronto degeneraría en una espiral de violencias que ni el Consejo ni la Cámara Estrellada lograrían contener.
Charles Stourton no era un vecino ordinario. Su padre había gobernado una plaza regia cerca de Boulogne; él mismo era un prócer rodeado de mesnaderos y vasallos. Tras la desavenencia con Hartgill, se presentó un domingo por la mañana en la iglesia de Kilmington acompañado de hombres armados con arcos, flechas y armas de fuego. John Hartgill, hijo de William, tuvo noticia de su llegada en pleno oficio, salió del templo con la espada desnuda y corrió a refugiarse en la morada paterna, sita a corta distancia del camposanto. Le dispararon varias flechas, mas erraron el blanco.
William, su esposa y algunos servidores se habían atrincherado en el campanario. John alcanzó la casa, tomó su arco largo, armó una ballesta e hizo cargar una escopeta. Partió de nuevo provisto de su arco; una sirvienta debía llevarle las otras dos armas. Las gentes de Stourton habían irrumpido en la iglesia. Uno de ellos cayó herido en un hombro por un disparo de perdigones, tras lo cual la partida emprendió la retirada. El padre aconsejó a John trasladarse a la corte y dar cuenta del agravio ante el Consejo. El lunes por la noche, el mancebo llegó a Londres y expuso lo acontecido.
El Consejo comisionó a Thomas Speak, alto sheriff de Somerset, para liberar a los sitiados y prender a Stourton. Este fue recluido en la prisión de Fleet, si bien su cautiverio resultó efímero. Sus secuaces permanecieron en los contornos de Kilmington hasta la llegada del sheriff. Apresaron el caballo de silla de Hartgill, lo condujeron ante la empalizada del coto de Stourton y lo atravesaron con un dardo de ballesta. Difundieron después el infundio de que Hartgill había estado cazando furtivamente en el parque con dicha montura. Durante el reinado de Eduardo VI, Stourton prosiguió, refiere la crónica, confiscando por la fuerza los bienes y el ganado de William Hartgill.
A la muerte del rey, William y John imploraron la gracia de María Tudor y su Consejo. La soberana se hallaba a la sazón en Hampshire. Ambas partes comparecieron convocadas; Stourton prometió que los Hartgill recuperarían su favor y sus posesiones si acudían a su encuentro. Mas no partieron solos: John Dackcombe, hidalgo de alcurnia, los acompañó para certificar su sumisión y la fianza recibida.
En un recodo del camino, cerca de la mansión de Stourton, surgió media docena de emboscados. Permitieron el paso a Dackcombe y a William, mas cerraron el camino a John. Cuando este pretendió hacer dar vuelta a su corcel para escapar, otros seis hombres le cortaron el paso por vanguardia y retaguardia. Antes de que pudiese desenvainar o desmontar de la silla, le asestaron tres o cuatro heridas y lo abandonaron por muerto. Media hora después, John recobró el sentido, cabalgó de nuevo y halló asilo en casa de Richard Mumpesson, en Maiden Bradley.
Esta felonía fue denunciada ante la Cámara Estrellada. Stourton resultó condenado al pago de una indemnización a los Hartgill y enviado de nuevo a Fleet. Empero, no tardó en obtener licencia para retornar a sus heredades, al amparo de un pretexto que el cronista no llega a precisar. Pocos días tras su arribada a Stourton Caundle, hizo saber a los Hartgill que estaba dispuesto a satisfacer la suma impuesta por el tribunal y poner fin al litigio. La cita se concertó en la iglesia de Kilmington, el lunes siguiente a la Epifanía, a las diez de la mañana.
Stourton acudió escoltado por quince o dieciséis de sus criados, colonos, caballeros y jueces de paz; su comitiva, a decir de las actas, rondaba los sesenta hombres. Los Hartgill aguardaban en el interior del templo. Se les instó a pasar a la casa parroquial anexa, so capa de que la iglesia no era recinto propio para ventilar negocios temporales. Ellos rehusaron entrar a cubierto si no era en el templo santo. Se dispuso, pues, una mesa sobre la hierba, a cielo raso. La prudencia de los Hartgill no frustraba el avenimiento; se limitaba a tasar sus términos.
Stourton colocó sobre la mesa una sombrerera y una bolsa, aparentando que se disponía al pago. Llamó a ambos litigantes y les manifestó que el Consejo le ordenaba abonar la cantidad, de la cual percibirían hasta el último maravedí. Acto seguido, les reprochó no ser vasallos leales y los declaró bajo arresto por felonía. Sus secuaces los empujaron por la fuerza al interior de la casa parroquial; el propio Stourton les arrebató sus bolsas. Había prevenido de antemano dos maromas. Los Hartgill fueron maniatados y el señor golpeó al hijo en pleno rostro.
La mujer de John aguardaba en el umbral. Stourton desenvainó la espada y le asestó una estocada entre la cerviz y la cabeza; la dama se desplomó como muerta. Los dos cautivos fueron conducidos al presbiterio con los brazos atados a la espalda, sin ración de agua ni bocado. Hacia la una de la madrugada, los trasladaron a Bonham, hacienda vecina a Stourton. Allí quedaron encerrados por separado, aún trabados de pies y manos, sin fuego, sin lecho, sin agua ni alimento. En aquella estancia helada, la promesa de pago había dejado de ser un pretexto hacía largo rato; sólo restaban dos hombres sentenciados en vida.
A las diez, Stourton envió a cuatro de sus esbirros: William Farree, Roger Gough, John Welshman y Macute Jacob. Les ordenó llevar a los Hartgill al paraje señalado, advirtiéndoles que les diesen muerte si osaban gritar. Los cuatro los arrastraron hasta un cercado contiguo a la casona y les descargaron sendos garrotes en la cabeza hasta tenerlos por difuntos. Stourton contemplaba la escena a escasa distancia, apostado en la puerta de su galería. Seguidamente, los criados envolvieron a los dos hombres en sus propios capotes y los transportaron a través del jardín hasta la galería, depositándolos en un aposento del fondo. Stourton abría la marcha alumbrando con una vela.
Los cuerpos aún exhalaban gemidos, en particular el del anciano padre. Farree juró que no habían expirado. Según las actas judiciales, Stourton mandó al punto que les rebanasen la garganta, temeroso de que un sacerdote francés alojado cerca pudiera oírlos. Farree empuñó el cuchillo y ejecutó la orden mientras el noble sostenía la vela. Uno de los ejecutores deploró de inmediato su crimen, diciendo que ni todas las tierras del reino le habrían hecho consentir de haber sospechado semejante desenlace. Stourton le replicó con desdén que no había más que lamentar que si se hubiese degollado a dos carneros. Arrojaron los cadáveres a una mazmorra. Henry Sims y Roger Gough descendieron con cuerdas, cavaron una zanja y enterraron juntos a padre e hijo; Stourton, asomado desde arriba, les increpaba para que se diesen prisa.
Sir Anthony Hungerford mandaría más tarde exhumar los restos. Fueron hallados vestidos con las mismas ropas que llevaban al ser capturados, sepultados a gran profundidad bajo la tierra, dos hiladas de gruesas losas de piedra y una cantidad de virutas y despojos de madera que llenaría dos carretas. La crónica refiere además otros desmanes imputados a Stourton: el incendio de un pajar perteneciente a Thomas Chaffin, seguido de la incautación armada de mil doscientas ovejas y otras reses después de que Stourton lograse cien libras por daños y perjuicios contra él; menciona asimismo el despojo de una yunta de bueyes en Willoughby. Episodios todos ellos que ilustran su talante despótico, si bien ajenos al proceso de los Hartgill.
En el juicio celebrado en Westminster, en febrero de 1557 según el cómputo histórico moderno, Stourton demoró en responder a los cargos de la acusación. El juez principal le advirtió que su negativa a declararse culpable o inocente lo exponía al tormento del prensado judicial hasta la muerte. Respondió al fin; él y cuatro de sus hombres fueron condenados a la horca. El texto de Borrow data aún la vista y el suplicio en 1556, según la vieja usanza inglesa de iniciar el año el 25 de marzo; las crónicas de la época sitúan el desenlace en 1557. Stourton fue conducido desde la Torre de Londres hasta Salisbury en unión de sus cuatro sirvientes. Allí sufrió ejecución el 6 de marzo, fecha consignada en una hoja volante de aquellos días; antes de morir, anota Borrow, se lamentó de sus actos crueles e impíos. La promesa de restituir los bienes a los Hartgill no había sido sino una celada postrera; segó dos vidas y precipitó a su verdugo directo al cadalso.
