A las siete en punto, la muchedumbre ya se agolpaba frente al County Hall. Aunque la vista no comenzaría hasta dos horas más tarde, los bancos se hallaban abarrotados y los pasillos, cegados por los curiosos. Samuel Fallowes fue conducido al banquillo de los acusados. Venía a responder por la muerte de Betty Shawcross, hallada sin vida en el establo de la hacienda donde servía. El folleto impreso en 1823 funde los pormenores del sumario con el estricto juicio moral de sus redactores.
El presunto crimen se remontaba a la noche del viernes 21 de marzo. Betty prestaba servicio como criada en casa de Robert Cheetham Murrey, en Bredbury. Los testimonios la señalaban como grávida de cinco o seis meses, y a Fallowes como el hombre que la había cortejado. Una segunda peripecia de gravidez planea a lo largo del litigio: Mary Coups, antigua sirvienta del capitán Humphreys, aguardaba también una criatura de Fallowes y debía desposarse con él en el mes de enero. Se trataba de dos mujeres distintas. El informe confunde a menudo sus nombres en los comentarios marginales, pero la víctima de la causa incoada en Chester fue inequívocamente Betty Shawcross.
El hilo inicial se presentó bajo la forma de una misiva. El viernes 21 de marzo, Betty se la entregó a Rebecca Leigh, quien marchaba hacia el mercado de Stockport, ordenándole que la pusiera en manos de Ann Hickman, la posadera. Betty deseaba averiguar si Fallowes recalaría allí y encareció que se la hicieran llegar sin demora. Hickman declaró que Fallowes acudió a su establecimiento ese mismo día y que recibió el pliego en torno a las doce y media. Lo leyó en su presencia sin solicitar respuesta. Más adelante, admitió ante el condestable haberlo recogido, afirmando que Betty le reclamaba auxilio pecuniario para el sustento de la criatura. Aseguró haber quemado la carta en el fogón del salón.
La jornada de Fallowes fue minuciosamente reconstruida por varios declarantes, sin que testigo alguno lograra seguir sus pasos con total continuidad. Su criado Thomas Oakes lo vio emprender camino hacia el mercado a eso de las diez de la mañana y regresar alrededor de las cinco de la tarde. Tras el ordeño de las reses, hacia las seis y media, el joven zagal le perdió la pista. John Walton, otro criado, recordaba haberlo divisado junto a la caballeriza y visto alejarse luego a pie por la senda que conducía a Stockport y Bredbury. Fallowes vestía a la sazón chaqueta y chaleco negros, calzones de pana y polainas de tono claro. No había vuelto al cortijo cuando los dos domésticos se retiraron a dormir.
David Clarke afirmó haberlo reconocido en Stockport entre las seis y las siete, cerca de Millgate, caminando con rumbo a Bredbury. La apostilla del folleto atribuye este avistamiento a esa idéntica velada; la fecha extraída en el texto mecanografiado de su declaración resulta ambigua si no se coteja el facsímil original. Dicha hora parecía poco conciliable con la partida del hogar tras el ordeño. El impreso puntualiza que los relojes de Bramall iban adelantados con respecto a los de Stockport, desfase que explicaría la discrepancia sin dilucidar el minuto exacto. Sea como fuere, Fallowes fue visto en ruta hacia la morada de Betty poco antes de que ella desapareciese de la casa de sus señores.
Robert Thorniley, que también trabajaba para los señores Murrey, vio a Betty en la cocina alrededor de las once y cuarenta y cinco. Afirmó que ella había salido poco antes, no sin rogarle que no echase el cerrojo a la puerta del corral. Cuando la sirvienta subió después hacia el pasillo, creyó que se recogía en su aposento, aunque no pudo asegurarlo con certeza. A la mañana siguiente, Joseph Barker salió en su busca. La descubrió en el establo, tendida de bruces, tras un pajar que ocultaba la vista del cobertizo desde la casa. Ajustó el portón, corrió a avisar a otro sirviente y acudieron los vecinos. Mary Twedale la vio a renglón seguido: Betty yacía rígida y fría, con su cofia arrojada al lado y las sayas en desorden.
El cirujano John Cheetham procedió al examen del cuerpo en el lugar. Describió dos heridas abiertas en la coronilla y otra en el occipucio, producidas a su juicio por un instrumento contundente, amén de un profundo corte en el cuello que había seccionado la vena yugular. Betty presentaba asimismo equimosis en las manos y una cortadura en el pulgar. El facultativo dictaminó que la degollina bastaba para haber provocado la muerte por desangramiento masivo; determinó asimismo que se hallaba encinta de unos cinco o seis meses. El tribunal recogió estas conclusiones en su declaración. El cuaderno impreso, que recalca a cada instante la atrocidad del acto, añade a la relación anatómica un tono de severa condena moral.
William Saxon halló cerca de los restos una navaja de afeitar, supuestamente ensangrentada, que entregó al juez instructor. Sin embargo, Thorniley, llamado a declarar de nuevo, sostuvo que no existía mancha alguna de sangre cuando él vio el arma el sábado. Mary Murrey, la señora de la hacienda, y el propio Thorniley juraron jamás haber visto una herramienta semejante en su heredad. James Hodgkinson, antiguo criado de Fallowes el año anterior, fue interrogado acerca de una hoja que su amo solía emplear. Titubeó en el reconocimiento; fue incapaz de certificar bajo juramento que el hierro hallado fuese el mismo, aunque concedió que guardaba notable parecido. La salvedad no es menor: el arma homicida provenía del establo, pero su atribución a Fallowes dependía de una identificación vacilante y del misterio de sus ropas desaparecidas, no de un cuño ni de una prueba material irrebatible.
A la mañana siguiente, James Ridgeway, mozo de diez años, aseguró haber visto a Fallowes hacia las siete bajo el puente de Croft, a escasos doscientos metros de la vivienda, vestido con abrigo oscuro y pantalones claros. Según el relato infantil, el hombre advirtió su presencia y huyó siguiendo el lecho del arroyo. Ridgeway conocía a Fallowes desde hacía dos años y no abrigaba dudas sobre su persona. Otros declarantes confirmaron la ausencia del amo de su hacienda. Al reaparecer, llevaba una chaqueta clara, un chaleco negro desgastado y unos calzones viejos que un criado afirmó no haberle visto vestir jamás.
Las prendas vestidas el viernes no volvieron a encontrarse. Fallowes brindó versiones encontradas. Al condestable Barratt le arguyó en un primer momento que se había desplazado a Toft para ver a otra joven en cinta; la lluvia le habría obligado a retroceder y habría pernoctado en un cobertizo, acurrucado sobre el heno. Afirmó haber alcanzado la hacienda cerca de las dos de la madrugada, pero prefirió no despertar a la servidumbre. Al ser interrogado sobre el sayal negro y los calzones de paño, replicó que estaban empapados, que los había tendido en un seto para que se secaran y que se los habían robado. Aseguró haber regalado las polainas a un pordiosero. Con todo, nadie en la morada recordaba haberle oído lamentar la pérdida ni el hurto de tales prendas.
Ante el coroner, Fallowes rectificó y aseveró que su primera declaración a Barratt había sido «una patraña», inventada por temor a los testimonios que decían reunirse contra él. Propuso entonces otra explicación: tras el ordeño vespertino, se habría emboscado para espiar a los cazadores furtivos en los campos hasta las cinco de la madrugada, metiéndose luego en el pajar sobre la paja para no alterar el sosiego de su familia. Semejante coartada fue rebatida por los domésticos y por el guardabosques William Hamilton, quien negó haber imputado a Fallowes la colocación de lazos ni la captura de presas de caza. La causa no contaba con testigo presencial del hecho cruento; la fiscalía urdió su trama anudando la ausencia nocturna, el desajuste horario, la carta, la muda de ropas y las sucesivas contradicciones del procesado.
Fallowes no hizo uso de la palabra para declarar. La defensa convocó a vecinos que hicieron encendido elogio de su conducta: un varón sobrio, hacendoso y estimado hasta la fecha por la comunidad. El capitán Humphreys expuso que lo trataba desde hacía trece años sin tacha alguna. Su comparecencia aludió también a la ruptura nupcial de enero con Mary Coups, desvinculada por completo de Betty. Varios conocidos de Fallowes recalcaron su respetabilidad. Sus dichos, sin embargo, no desvirtuaban los indicios de la noche del 21 de marzo; proporcionaban a los jurados una semblanza diametralmente opuesta a la que la acusación había cincelado con el peso de las sospechas.
El compendio del proceso aclara que el cronista no pudo transcribir con exactitud el razonamiento del juez Warren, cuyo tono de voz era sumamente bajo. Los nueve «puntos» que se insertan a continuación constituyen, pues, la síntesis personal del autor, no las palabras fidedignas del togado. El cronista hace hincapié en el trato carnal con Betty, la misiva, la noche en vela, los testimonios del camino, la navaja barbera y la ropa desaparecida. Resalta asimismo que las explicaciones de Fallowes mudaron sin cesar y que varios testigos desmintieron sus coartadas. Esta salvedad crítica previene de confundir la opinión editorial del opúsculo con la dirección jurídica que recibió el jurado.
Tras unos veintiséis minutos de deliberación, el jurado regresó a la sala con un veredicto de culpabilidad. Fallowes enmudeció cuando se le demandó si tenía algo que manifestar antes de escuchar la condena. El juez pronunció la pena capital y anunció que el lunes inmediato sería el postrer día de su existencia terrenal. Una carta de Humphreys, remitida a la mañana siguiente, revelaba que Fallowes había derramado amargas lágrimas en la intimidad de su celda. Esta pintura contrasta con el semblante gélido e impertérrito que el folleto describe de su porte en la audiencia judicial.
Llegado el día de la ejecución, la crónica refiere que Fallowes abandonó a pie el castillo de Chester en las primeras luces del alba, siendo luego conducido en carreta hasta la cárcel municipal, donde fue ahorcado hacia la una de la tarde. Rehusó hacer confesión pública de sus culpas; según parece, se limitó a confiar a su capellán que ya había rendido cuentas ante Dios. El autor interpreta este mutismo como una negativa contumaz a confesar y culpa a la familia de connivencia, sin prueba palmaria alguna. Atribuye asimismo a varios testigos la afirmación de que el reo jamás clamó por su inocencia tras el veredicto. Lo único documentado por la letra de molde es el fallo, la condena y el suplicio; confesión alguna del delito figura en sus páginas.
El proceso redujo así una desaparición entre dos muros —la casona de Bredbury y el establo— a un encadenamiento de señales y minutos: una carta entregada, una cancela sin tranca, un hombre ausente en la tiniebla, una vestimenta mudada, una navaja de reconocimiento precario. Los jurados juzgaron suficientes tales indicios para enviar a un reo al patíbulo. El panfleto, por su parte, jura que conforman una cadena inquebrantable e impele al lector a compartir su convicción. Cabe aceptar la sentencia judicial sin atribuirle la certeza fáctica de la que el documento carece: los testimonios se contradicen en puntos nodales y la crónica del cadalso no suple la ausencia de una confesión. El verdadero drama late en la grieta que media entre la convicción judicial y las flaquezas del archivo histórico.
