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Justicia y escándalos · Francia

La voz tras la puerta

Puteaux, 1812. Los vecinos creen oír a un marido maltratar a su mujer. Tras la puerta, es él quien pide socorro; un mordisco y una huida por los tejados desmontarán la coartada de su agresor.

Cuando los vecinos llegaron a la puerta, creyeron un deber afearle la conducta al marido. Se oían gritos dentro de la vivienda, y Pierre Ferret estaba, a su entender, moliendo a palos a su esposa. Esta se hallaba en otra parte. Aquel a quien reprendían intentaba conservar el aliento preciso para implorar socorro, mientras un hombre le asestaba golpes de martillo. La confusión apenas duró unos instantes; bien pudo haberle costado la vida. A través de la madera cerrada, Ferret tuvo primero que sacar de su error a sus salvadores: no golpeaba a nadie, lo estaban matando.

Él contaba sesenta y dos años; su mujer, veintiocho. Semejante disparidad bastaba al cronista de 1833 para explicar de antemano el infortunio conyugal; no por ello nos exime de seguir el encadenamiento de los hechos. Antiguo albañil, Ferret trabajaba en París y había alquilado, desde octubre de 1811, una vivienda en Puteaux. Marguerite-Aubierge Parez, su cónyuge, residía allí junto a una criada, Denise Lavé. Solía reunirse con ellas al concluir la semana. Aquel hogar repartido entre dos poblaciones tenía sus costumbres, sus visitas previsibles, sus recriminaciones de dinero. Fue a partir de esas circunstancias ordinarias como se urdió una celada.

El lunes 17 de febrero de 1812, Denise acudió a buscar a Ferret a París. Su señora se quejaba de no haberlo visto durante los dos días precedentes; hallábase enferma y carecía de recursos. Ferret no llevaba encima más que una moneda de quince sueldos. Se la entregó a la sirvienta y prometió personarse esa misma noche. Cumplió su palabra, llegando a Puteaux antes de que oscureciera y poco antes que Denise. Su esposa lo acogió con frialdad, reiteró sus lamentos y ordenó acto seguido encender la estufa. A continuación, mandó a la sirvienta a comprar velas y salió ella misma a llevar un pantalón remendado a casa de cierto Lenormand.

El marido se quedó solo, o al menos así lo creyó. Aguardando sin ver regresar a ninguna de las dos, se decidió a salir a su encuentro. Al cruzar la estancia, oyó abrirse un gabinete. Un hombre surgió y comenzó a golpearlo. Ferret declararía haber reconocido a Charles Homo por la voz y luego por el gorro guarnecido de piel que llegó a tocar mientras se defendía. Aquel nombre no le resultaba ajeno: se le había advertido de un idilio de dicho individuo con su mujer. En el ardor de la lucha, ya no se trataba de verificar una sospecha. Había que impedir que el otro consumara su propósito.

Ferret gritó, forcejeó y mordió la mano que le apretaban sobre la boca. El agresor intentó asimismo estrangularlo; la corbata anudada a su cuello ofreció, según la crónica, un resguardo que contribuyó a salvarlo. Los alaridos llegaron por fin a oídos del propietario, Pouthaux. Este conocía las habladurías del vecindario y sacó enseguida su propia conclusión: el marido debía de estar maltratando a su mujer. Envió a su esposa y a su hija a averiguar qué sucedía. Un vecino, Meunier, las acompañó. Oyeron a un hombre pedir piedad. La primera palabra dirigida a Ferret, sin embargo, volvió a ser una reprimenda.

La respuesta echó por tierra aquella suposición. Meunier empujó la puerta, asegurada por el cerrojo. Esta cedió en parte, pero el martillo, encajado por debajo, impidió al principio franquearla por completo. A la luz que sostenía la mujer de Pouthaux, divisó a un individuo que ganaba la ventana y escapaba por los tejados. Tras renovados esfuerzos lograron entrar. Ferret se hallaba de rodillas, cubierto de sangre, junto a un anaquel bajo el cual se había refugiado. El auxilio había llegado; había llegado tras verse obligado a renunciar a cuanto creía saber de aquella casa.

Entretanto, Marguerite se demoraba en casa de Lenormand. Había asegurado que su marido no se encontraba en Puteaux. Denise fue a su encuentro y ambas regresaron juntas. Frente a la vivienda, los corrillos allí congregados le indicaron que a Ferret lo habían conducido a la alcaldía. Allí, el herido la acusó de haber orquestado su ausencia y la de la criada para dejar vía libre a Homo. Ella se desmayó. El alcalde devolvió luego al matrimonio a su domicilio, inspeccionó el lugar e hizo que atendieran al esposo; ordenó asimismo el arresto de Marguerite y de Denise. Esta última había llevado el recado y cumplido los mandados. Ello la situaba en el centro de los acontecimientos, sin bastar por sí solo para probar que estuviese al tanto de la trampa.

El hombre avistado en la ventana no podía permanecer eternamente en los tejados. Casi en el mismo instante de la huida, una vecina, la mujer de Guilbert, regresaba a casa con un farol y se topó con Homo en el rellano de su inmueble. Ella profirió un grito; él le exigió silencio y se esfumó. La testigo situó aquel encuentro a las seis y media. Él se dirigió a Suresnes, se dejó ver en la botica de un peluquero, luego en casa de un tabernero y encontró aposento para pernoctar. A la mañana siguiente, pretendió trabajar con su hospedero en el taller de un herrador. La gendarmería le seguía la pista; fue arrestado ese mismo 18 de febrero.

Se advirtieron en su mano izquierda marcas de dientes y una herida en un dedo. Ferret había relatado su mordisco; la mano del detenido conservaba sus huellas. Homo opuso, pese a todo, una coartada. Sostenía haber abandonado Puteaux a las cinco y media, haber alcanzado Suresnes hacia las seis y haberse acostado sobre las siete. El testimonio de la mujer de Guilbert no cuadraba con tan temprana partida. A la defensa le tocaba conciliar dos horas que resultaban difícilmente compatibles, mientras las lesiones vinculaban el cuerpo del acusado con el combate descrito por el superviviente.

Denise también habló. Refirió las palabras de su señora sobre la edad de su marido, sobre Homo y sobre la posibilidad de contraer nupcias con él una vez Ferret hubiese muerto. Declaró asimismo que Marguerite, recluida con ella, la había amenazado si revelaba su aventura amorosa. Las confesiones y posteriores retractaciones de los dos acusados principales enturbiaron la instrucción. Reconocer una relación adúltera no equivalía a confesar un intento de asesinato; restaba por dirimir quién había resuelto, planeado y ejecutado el ataque. La sirvienta aportaba palabras. El escenario del crimen, los testigos y las huellas de la refriega suministraban pruebas de otra índole.

En vísperas de la vista ante el tribunal de lo criminal, Homo mandó llamar al presidente de la corte y reconoció los hechos. Mantuvo su confesión ante los magistrados, si bien aseveró que Marguerite lo había inducido al crimen, lo había embriagado y le había proporcionado el martillo. Su letrado sostuvo que había actuado bajo un influjo que le privaba del libre albedrío, y cuestionó la premeditación. Marguerite fue defendida por el joven Mérilhou. La versión de Homo no constituía, pues, una simple confesión; repartía los papeles y podía aliviar el suyo propio. El jurado acogería ciertos puntos y desestimaría otro.

Tras varias horas de deliberación, declaró a Homo culpable de tentativa de asesinato premeditada y cometida en emboscada, aun reconociendo la existencia de una influencia exterior. Declaró a Marguerite cómplice por las instrucciones impartidas y las facilidades prestadas para la ejecución; no admitió que ella hubiese suministrado el martillo. Semejante salvedad se antoja sutil a primera vista, pero impide transformar todo el discurso del reo en la verdad jurídica del veredicto. El 22 de mayo de 1812, ambos fueron condenados a muerte. El Tribunal de Casación anuló la sentencia por un defecto de forma, y la causa se reenvió a Versalles.

El segundo proceso concluyó, el 27 de julio, con una nueva condena capital. Champagnac refiere a renglón seguido la ejecución de ambos reos, sin precisar en este punto la fecha exacta. Ferret, por su parte, había sobrevivido; este expediente es el de una tentativa, a pesar de la pena de muerte dictada contra sus artífices. Queda sobre todo la historia de un hombre cuyo clamor fue malinterpretado antes de ser socorrido. Los vecinos habían llevado hasta su umbral una explicación prefabricada. Le salvaron la vida en el instante preciso en que aceptaron, al fin, despojarse de ella.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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Los que oyen

Una novela corta de ficción seguiría los pasos de una vecina que se niega a abrir la puerta tras oír gritos, convencida de conocer las rencillas domésticas de la vivienda contigua. A la mañana siguiente, un detalle le revela que la voz no pertenecía a quien ella suponía. Para desentrañar lo ocurrido, se ve forzada a buscar a un inquilino del que todo el edificio se mofa y a quien nadie se digna hacer preguntas. La trama y los personajes serían inventados. ¿Le gustaría esta nouvelle donde el peligro germina de las certezas cotidianas y donde una mujer debe arriesgar su reputación de persona juiciosa para escuchar, por fin, lo que resulta incómodo?

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La calle que sabía

Una novela original tendría por protagonista a un artesano que sobrevive a un asalto, sólo para descubrir que sus vecinos relataron los pormenores de su matrimonio antes de dar cuenta del crimen. A medida que recobra las fuerzas, las confidencias de unos y otros abren nuevas heridas: deudas, socorros inconfesables, alianzas y lazos de dependencia. Una segunda desaparición le obligará a investigar entre las mismas personas que le salvaron la vida. Los personajes y el desenlace serían ficticios. ¿Desearía esta novela de barrio donde las buenas intenciones demoran la verdad y donde recuperar el propio lugar exige desmantelar la historia que los demás han tejido para uno?

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Las ventanas de la calle Alta

Una trilogía de ficción recorrería una misma calle en tres momentos cruciales de su historia. Una ventana abierta frustraría una agresión; una ventana tapiada ocultaría un pasaje secreto; una ventana iluminada suministraría, al fin, una coartada falaz. Cada volumen contendría una investigación completa con personajes inventados, enlazados por oficios y fincas transmitidos de generación en generación. ¿Le interesaría esta trilogía donde los moradores aprenden con lentitud a erigirse en testigos, y donde escrutar en casa ajena fuerza a menudo a reconocer aquello que uno prefirió ignorar bajo su propio techo durante años?

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Fuente retrospectiva consultada en su totalidad. Pierre Ferret sobrevive: la causa versa sobre una tentativa. Las menciones al término «asesinato» empleadas en la confesión no implican el fallecimiento de la víctima. El reconocimiento por la voz y por el gorro se atribuye formalmente a Ferret; el mordisco se constató sin peritajes forenses modernos. Homo sostuvo que Marguerite le había facilitado el martillo, pero el jurado descartó expresamente este extremo, distinción que se mantiene con rigor. La premeditación y la influencia exterior se consideraron de forma simultánea, sin interpretaciones doctrinales añadidas. Sentencia de casación dictada el 12 de junio por vicio de forma; segunda condena a muerte impuesta el 27 de julio de 1812. La ejecución se consigna sin especificar fecha exacta. Denise fue arrestada y testificó posteriormente; se ignora su destino judicial definitivo. Se ha omitido cualquier juicio moralizante retrospectivo sobre la diferencia de edad. No se asegura la localización exacta de la detención de Homo.

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