El sombrero había quedado en la habitación, junto con el martillo. Quien los había abandonado se dio a la fuga; quien podía relatar la agresión aún vivía. El 30 de noviembre de 1807, cuando el comisario subió al tercer piso de una casa en la calle del Pot-de-Fer, halló a la viuda Marye herida y a un cirujano afanado en curarla. Esta superviviente iba a poner nombre a la acometida. Más tarde, dos muertes se incorporarían al sumario. El jurado, sin embargo, no daría la misma respuesta a las tres causas.
La mujer que abrió la ventana
Hacía unos dos años que la viuda conocía a Manette Bouhourt, quien también se hacía llamar Auguste y ejercía el oficio de peluquero. Marye la describió como habitualmente vestida con ropas masculinas. Aquella misma mañana se había presentado en redingote y sombrero redondo, cuando la dueña de la casa aún se hallaba en la cama. Según la declaración de la herida, la visitante tomó asiento y luego se abalanzó de improvisto sobre ella esgrimiendo un martillo. Se trabó un forcejeo; Marye logró alcanzar una ventana y pedir socorro a gritos.
La huida dejaba dos objetos en la estancia, mas también un relato susceptible de ser impugnado por la agresora. Marye creía que el propósito era robarle. Hablaba de una intención que deducía del asalto, no de una sustracción que hubiese visto consumarse. La policía contaba con su testimonio, con sus lesiones, con el martillo y con el sombrero. Este expediente difería ya de aquellos que se reabrirían a continuación: aquí, la víctima no era un cadáver hallado tras varios días de silencio. Podía señalar a la persona que había franqueado su puerta y referir lo acontecido.
Bouhourt no fue detenida hasta el 18 de enero de 1808. La compilación de Champagnac refiere que había buscado amparo en casa de una mujer llamada Doisy, a quien conoció en prisión; no pormenoriza cada jornada de su fuga. Ante los instructores reconoció haber reñido con Marye, pero alteró de raíz el origen del altercado. Alegó los celos de la viuda, reproches y después denuestos. Sostuvo haberle asestado una bofetada antes de que la asieran por los cabellos y la arrojaran al suelo. El martillo, afirmó, se halló a su alcance de forma fortuita durante la refriega.
Dos versiones en torno a un martillo
En su descargo, el golpe se presentaba como el fruto de un enfrentamiento sobrevenido. En la deposición de Marye, el ataque había sido repentino y el arma ya venía empuñada por la visitante. No se trataba de una discrepancia menor: atañía a la preparación del acto y al designio homicida. Bouhourt aludió asimismo a una relación íntima y a desavenencias sentimentales. Estas aseveraciones formaban parte de su propia versión. No legitimaban erigir a Marye en causa indiscutible de su propia agresión, ni considerar la vestimenta de la acusada como indicio probatorio de culpabilidad.
Las pesquisas constataron igualmente que Bouhourt se había guarecido en un pasillo del segundo piso antes de salir a la calle. Allí se hallaron restos de sangre, entre ellos una huella palmar en la pared. Aquel vestigio acreditaba un paso; no explicaba, por sí solo, el detonante de la disputa. La instrucción debía cotejar tales elementos sin confundir la certeza material de una violencia con la justificación ofrecida por quien la perpetró. Mas, mientras se esclarecía esta agresión, dos asuntos más antiguos vinieron a gravitar sobre la misma persona.
El primero concernía a Gabriel-Pierre Boyssou, antiguo párroco y profesor de seminario, hallado sin vida en su domicilio tras las navidades de 1805. Poseía ciertos ahorros y acariciaba la compra de una casita cerca de Vincennes. Varios vecinos habían visto en su compañía a un joven al que presentaba como su sobrino; un visitante que, según se decía, procuraba hurtar el rostro a las miradas. De pronto, Boyssou dejó de dejarse ver. Cuando su prolongada ausencia alarmó al propietario, fue preciso recurrir a la policía y a un cerrajero.
El sobrino recobrado en la memoria
Boyssou yacía en su lecho. El médico dictaminó que las heridas procedían de un instrumento contundente, como pudiera serlo un pesado martillo. Faltaban enseres, el secreter había sido forzado y las bolsas del dinero estaban vacías. La ausencia de signos de efracción en los accesos inducía a presumir que el homicida había sido recibido de buen grado. Semejante conjetura apuntaba con naturalidad al supuesto sobrino. No acreditaba, con todo, ni su identidad ni el pormenor de sus actos. La causa incoada a raíz del arresto de Bouhourt pretendió mudar aquel visitante anónimo en un individuo plenamente identificado.
Varios testigos afirmaron reconocer entonces en ella al mancebo visto en casa de Boyssou, pese al bienio transcurrido. Se recuperaron asimismo, en casas de empeño donde solía pignorar bienes, diversos objetos procedentes del domicilio de la víctima. Bouhourt admitió haberlos depositado, mas alegó haberlos recibido de un amante llamado Duplaidois. Champagnac tilda a este sujeto de personaje imaginario. Su crónica, publicada en 1833, apenas deja resquicio a la duda; los miembros del jurado, sin embargo, sí la conservaron. La procedencia controvertida de los efectos debía ser juzgada en derecho, no dirimida por el mero talante del cronista.
El otro crimen era el de Antoine-François Prévost, afincado en la calle Hyacinthe. Se le había visto en un café, acompañado de un joven de redingote, la última noche en que dio señales de vida. Desde entonces, su alcoba guardó un denso silencio. Una fetidez acabó por alertar al vecindario; la madre solicitó que se comprobara qué ocurría. Mediante una escalera, alguien atisbó por la ventana y divisó el cadáver. El aposento estaba cerrado con doble vuelta de llave, aunque sin el cerrojo interior echado.
Tres causas en el mismo banquillo
En el aposento yacía una hachuela ensangrentada. Los facultativos juzgaron que guardaba correspondencia con las heridas infligidas. Varias personas reconocieron a Bouhourt como la compañera de Prévost; uno de los testimonios se fundó inclusive en la voz. Ella negó haberlo tratado, haber pisado su morada o haberse dejado ver a su lado. En este legajo no justificaba, pues, un objeto reconocido entre sus manos —como en el caso de Boyssou— ni un forcejeo admitido —como en el de Marye—. Oponía a los testigos una negativa absoluta.
A primera vista, los paralelismos podían antojarse demoledores: un visitante de trato familiar, un arma abandonada en el escenario, golpes en la cabeza, una fuga y, finalmente, ruedas de reconocimiento. Empero, la semejanza entre varios crímenes jamás sustituye a la prueba en cada uno de ellos. La acusación delineaba una figura única que habría de explicarlo todo; la defensa debía responder por separado a una superviviente, a unas prendas empeñadas y a recuerdos de vecindad. Las tres causas compartían el mismo banquillo sin brindar, en rigor, los mismos elementos de convicción.
Tras los informes del ministerio fiscal y del defensor de oficio, los jurados deliberaron durante cinco horas. Su veredicto fue unánime respecto a la agresión perpetrada contra Marye: apreciaron el propósito de matar y la premeditación. En cambio, por los asesinatos de Boyssou y Prévost no declararon culpable a Bouhourt. La pena capital sancionó, por ende, el atentado consumado contra la mujer que había logrado sobrevivir, y no una condena por los dos homicidios pretéritos. El recurso de casación fue desestimado; la recopilación señala que la sentencia se ejecutó, sin precisar la fecha.
Champagnac concluye impugnando casi esta distinción jurídica. Evoca el clamor del público, achaca a la conducta sexual de Bouhourt una explicación omnímoda y retoma las dos muertes como si el veredicto del jurado nada hubiese deslindado. Tal certidumbre pertenece a las páginas de su libro. El desenlace judicial permanece más riguroso, y más inquietante, que la estampa de un monstruo de antemano descifrado: se castigó un asalto premeditado; dos asesinatos quedaron sin autor probado. Marye había abierto su ventana y había podido dar testimonio. Boyssou y Prévost habían quedado tras puertas cerradas; sus nombres no podían añadirse a una condena con el único propósito de redondear un relato.
