En 1707, las cartas de Tallard llegaban abiertas al despacho del secretario de Estado. Debían ser examinadas, selladas y luego expedidas a través de Holanda con rumbo a Francia. En aquel tránsito obligado entre dos naciones en guerra, William Gregg halló el modo de intercalar sus propios mensajes. Los dirigía a Chamillart y ofrecía sus servicios al gobierno francés y a la corte de Saint-Germain, al tiempo que comunicaba noticias sobre los asuntos internos de Inglaterra. La pesquisa que sacó a la luz su correspondencia transformó a aquel amanuense de confianza en reo de alta traición.
Robert Harley lo había contratado confiándole la lectura y el sellado de la correspondencia que los prisioneros franceses en Inglaterra remitían a su patria. Conforme a la relación del obispo Burnet recogida por Borrow, Gregg había servido con anterioridad como secretario del enviado de la reina en Dinamarca, de donde fuera despedido por sus «malas costumbres». Harley no se preocupó por indagar dicho pasado. Se servía del escribano para obtener noticias y, al cabo del tiempo, le concedió un acceso privilegiado a los despachos de Estado.
Cierto día, varias cartas de Tallard fueron abiertas en los Países Bajos al haber despertado sospechas. En su interior se descubrieron los pliegos que Gregg había deslizado bajo la cubierta oficial. Uno de ellos contenía una copia de la misiva que la reina se disponía a escribir de su propio puño y letra al emperador. Gregg había distinguido con precisión los pasajes redactados por el secretario de aquellos que el lord tesorero había añadido de su cosecha. La carta instaba con premura al envío del príncipe Eugenio a España. De no haber sido interceptado el mensaje de Gregg, su copia habría llegado a Versalles mucho antes de que el original fuera recibido en Viena.
La revelación entrañaba un doble peligro: descubría resoluciones diplomáticas de primer orden y permitía a Francia desentrañar la mecánica íntima de su preparación. Gregg acompañaba tales revelaciones con un ofrecimiento de servicios, demandando en suma ser retribuido o alentado. El asunto fue elevado al duque de Marlborough, y las pesquisas no tardaron en conducir hasta el amanuense de Harley. Al ser prendido, confesó sin ambages y firmó su declaración. Se declaró posteriormente culpable y fue condenado como traidor por mantener correspondencia con los enemigos de la reina.
Aquel escándalo socavó la posición de Harley. Los whigs lo esgrimieron en su contra y el ministro se vio forzado a dimitir. Sus adversarios pretendían escrutar su papel en la administración y su conducta pretérita. La Cámara de los Lores designó una comisión para interrogar a Gregg y a otros reclusos. Conforme a la crónica, Gregg reveló a los comisionados que los papeles de Estado permanecían tan expuestos y a mano que los propios empleados de la oficina, hasta los porteros, habrían podido leerlos.
Describió asimismo la rutina de Harley en las noches de salida del correo. El ministro solía llegar a deshoras, impartía órdenes, redactaba sus cartas y partía de nuevo, dejando los documentos sobre la mesa para que fueran copiados. Tal descuido permitía a Gregg imponerse de su contenido, en particular de la misiva de la reina al emperador. Este testimonio explicaba con claridad cómo se había producido el acceso a los secretos, mas no probaba en modo alguno que Harley estuviese al corriente de las maniobras de su escribano. Gregg sostuvo que no había iniciado sus turbias prácticas sino en octubre, asegurando que, pese a conocer desde mayo el proyecto de la expedición contra Tolón, jamás lo había divulgado.
La comisión examinó paralelamente otra red de correspondencia: la de Valiere y Bara, a quienes Harley había empleado como espías y de quienes se sospechaba que suministraban noticias a Francia. Ambos cruzaban el canal de la Mancha entre Calais, Boulogne y la costa inglesa. Sus embarcaciones transportaban lana hacia Francia y traían de regreso aguardiente, géneros cuya importación y exportación se hallaban rigurosamente prohibidas. A su arribo a suelo francés, los pasadores se hospedaban en casa del gobernador o del comisario hasta que sus cartas partían y se recibían las oportunas respuestas.
A decir de los testigos examinados, Valiere y Bara recababan informes sobre los navíos mercantes y los buques de guerra fondeados en los Downs. Según se afirmó, habían instruido a las tripulaciones para arrojar la correspondencia al agua si se aproximaba un bajel inglés u holandés, pero no así cuando asomaba una nave francesa. Por tales indicios se les tenía por agentes de Francia. Con todo, la crónica distingue nítidamente este expediente del de Gregg: aquellos hombres gozaron durante largo tiempo de la protección de Harley, y nada demostró que hubiesen proporcionado informaciones de verdadero provecho al ministro.
Una sola de las alertas transmitidas por ellos se consideró verídica: un navío francés al mando de Fombin habría zarpado de Dunkerque para aguardar un convoy vinculado al comercio con Rusia. El corsario acechó la flotilla y apresó gran parte de ella. Harley, según refiere Burnet, no previno al Almirantazgo. Estos sucesos avivaron las acusaciones políticas contra el ministro, mas no demostraron que Gregg hubiese coadyuvado a la pérdida de nave alguna. En su declaración final, Gregg negó de forma categórica haber revelado el plan de Tolón o contribuido a los reveses padecidos en el mar.
Las sesiones de la comisión se prolongaron durante varias semanas. Los Lores elevaron su informe y las actas de los interrogatorios a la reina, suplicando que sobre Gregg cayera un castigo que sirviese de público escarmiento. Los autos dejaban ver dos causas distintas: la del escribano confeso y la de los contrabandistas cuyas actividades continuaban bajo sospecha. En el primer proceso, la condena ya estaba sentenciada; restaba al reo desvanecer los recelos más amplios que sus cartas habían suscitado.
Al aproximarse su hora postrera, Gregg persistió en exculpar a Harley de toda complicidad en el envío de pliegos a Francia. Suscribió una declaración en la que juraba que el ministro nada supo, ni directa ni indirectamente. Mantuvo asimismo que su primera carta databa del 24 de octubre de 1707, con posterioridad a la expedición de Tolón y a los desastres navales que se le achacaban. Tal fecha procedía de su propia defensa póstuma; si bien no restaba gravedad a sus actos, procuraba evitar que se le imputaran otros reveses militares. Señalaba el lucro pecuniario como único móvil de su conducta, desmintiendo cualquier adhesión a la causa del Pretendiente jacobita, de quien repudiaba explícitamente todo derecho dinástico. El texto no constituye un simple desmentido político: Gregg reconocía en él su traición y el hecho de haber traficado con la confianza dispensada por su señor. Por lo demás, su cómputo de las fechas y sus motivaciones permanecen como su última palabra terrenal, escrita a sabiendas de que el cadalso era ineludible.
En aquel memorial postrero, Gregg rechazaba asimismo la acusación de acuñación de moneda falsa que se había pretendido vincular a su pasado. Aseveraba que la alta traición constituía su primera falta de tal naturaleza y juraba no haber recibido remuneración alguna por los servicios ofertados. Sus acreedores, a quienes nada podía reintegrar, figuraban entre aquellos a quienes imploraba clemencia. Rogaba para ellos una recompensa celestial, pues él carecía por entero de medios para satisfacer sus deudas.
Gregg entregó su declaración a los sheriffs de Londres y de Middlesex en el mismo cadalso. Fue ejecutado en Tyburn el 28 de abril de 1708. Las cartas que ocultara entre los despachos de Tallard habían albergado una oferta de felonía; este último papel contenía confesiones, ruegos de perdón y los descargos que aún deseaba legar a la memoria de los hombres.
