La carta llevaba la firma de Reine Orcel. Era precisamente aquello lo que debía infundir sosiego: la joven había cambiado de alojamiento, partía con el hombre a quien amaba y no quedaba más que preparar sus efectos para que mandase recogerlos. Sin embargo, Sophie Douillet se había despedido de ella la víspera, y Reine le había pedido expresamente que fuera a buscarla el domingo para asistir juntas a misa. Entre aquella cita tan cotidiana y una marcha tan intempestiva mediaba una discordancia insalvable. La misiva pretendía explicar una ausencia; en verdad, no tardaría en desatar la búsqueda de una desaparecida.
Reine había abandonado a su familia a principios de noviembre de 1826, con el pretexto de emplearse en el servicio doméstico en Grenoble. Se hallaba encinta de Joseph Vincendon, un pariente lejano que le había ofrecido palabra de matrimonio. Maestro de escuela en Beaucroissant, de veintiséis años, este alegaba las exigencias de su carrera profesional para postergar el enlace. Con la intermediación de Sophie, Reine había sido instalada en casa de la comadrona Morel. Se encontraba, pues, lejos de los suyos, quienes ignoraban su preñez, en una ciudad donde únicamente dos mujeres compartían aquel secreto y la escuchaban hablar de su porvenir.
Antes de partir, había reunido cerca de trescientos francos. Vincendon se hizo confiar aquel peculio, con el compromiso de ir enviándole sumas según sus necesidades. Dicho importe representaba para Reine una reserva consagrada al hijo venidero; para comprender su desamparo, es preciso considerar conjuntamente su aislamiento y la entrega de sus modestos ahorros. Escribía con frecuencia al maestro, apremiándole a acudir. Sophie y la comadrona recogían sus proyectos, sus desvelos por él y la esperanza de una unión una y otra vez demorada. El cronista de 1833 condena con severidad su credulidad; nosotros podemos vislumbrar, más bien, el alto precio que le costaba una promesa cuyo cumplimiento quedaba siempre al arbitrio de otro.
El 21 de diciembre, Vincendon anunció en Beaucroissant que iba a dar un paseo hacia Rives, pero tomó el camino de Grenoble. Llegó hacia las cinco de la tarde a casa de Sophie e instó a que lo condujeran ante Reine. Decía tener que marcharse esa misma noche en la diligencia. Sophie lo encontró demudado y taciturno. Estas impresiones se consignarían tras la desaparición; por sí solas, no revelan lo que el maestro tramaba. Aguardó fuera mientras ella subía a prevenir a su amiga. A continuación, los tres marcharon a cenar a una taberna de la plaza des Cordeliers, a orillas del río Isère.
Durante la cena, Vincendon preguntó si todavía montaba guardia un centinela en un muelle vecino. Sophie no supo informarle. Luego, mientras caminaban hacia la vivienda de la partera, le aconsejó que regresara a su arrabal antes de que clausuraran las puertas de la ciudad. Aún no daban las ocho; el cierre se producía a las nueve. Disponía de tiempo suficiente, pero juzgó oportuno retirarse con discreción para dejar a los jóvenes a solas. Fue en ese instante cuando Reine le recordó la misa del domingo. Jamás volvería a escucharse de su propia voz palabra alguna que la crónica nos haya podido transmitir.
A la mañana siguiente, un desconocido entregó a Sophie la carta rubricada por Reine. El emisario rehusó cualquier propina, asegurando haber sido ya retribuido. La misiva no llevaba fecha. Reine afirmaba haber sido acogida por unos amigos con quienes residiría de balde; Sophie debía sacar ocho francos de su cómoda y recoger todos sus enseres. Con todo, las comprobaciones practicadas en la alcoba no coincidían con exactitud con las indicaciones del papel. La fuente documental no precisa la índole de la diferencia advertida: sería ocioso añadir a la relación un cajón forzado o una prenda ausente. Aquella contradicción, unida a una partida tan repentina, bastó para que ambas mujeres desconfiaran por completo.
La comadrona escribió a Vincendon exigiéndole noticias de Reine, a quien había dejado a solas con él, advirtiéndole de que, en caso contrario, lo denunciaría a la justicia. Esta carta se extravió en Beaucroissant, fue recogida por unos chiquillos y exhibida en el pueblo. El maestro adujo que se trataba de una falsificación urdida por un escolar. Semejante subterfugio pretendía explicar incluso el matasellos postal. Mientras esta correspondencia andaba de mano en mano en la aldea, Sophie emprendió viaje a Plau, donde moraba la familia de Reine. Allí dio con Vincendon y le increpó pidiéndole cuenta de lo sucedido.
El hombre relató entonces un pretendido asalto sobre el puente de piedra de Grenoble: cuatro mozos los habrían despojado de sus bienes y arrojado a Reine a las aguas del Isère. No obstante, imploraba a Sophie que asegurase a los parientes que la joven se hallaba a salvo. El peligro mortal que describía y el tranquilizador mensaje que pretendía transmitir se anulaban mutuamente. Habló asimismo de pagar a la comadrona, de mandar a buscar las pertenencias de Reine y de huir al extranjero. Sophie se negó a secundarlo. Acudió directamente a enterar a los padres. El secreto de la gravidez, que había mantenido a la muchacha alejada del hogar, dejaba de amparar a quien le había jurado desposarla.
En los días subsiguientes, Vincendon ofreció aún nuevas versiones. Ante una vecina, se presentó como el mero intermediario de un primo, encargado de entregar fondos a una joven encinta de este último. En dicho relato, los asaltantes ya no eran cuatro, sino tres. Confesó haber tomado la diligencia bajo un nombre fingido. No menguaba únicamente el número de agresores: su propio papel menguaba también, transfigurándose de amante prometido en desdichado emisario. Estas versiones sucesivas, recabadas de testigos dispares, habrían de pesar en el proceso mucho más que las consideraciones sobre su palidez o sus lágrimas.
Se ocultó y, poco después, usurpó la identidad de un recluta llamado a filas, Jean Caillat. Provisto de la hoja de ruta de este, marchó destinado a un regimiento en Dunkerque. Empero, el título de aptitud para la enseñanza primaria, que conservaba entre sus ropas, reveló su verdadera identidad. El título de su oficio, retenido en medio de su mudanza de nombre, le impidió borrarse bajo el uniforme ajeno. Arrestado, fue conducido preso de vuelta a Grenoble. La crónica refiere que, durante su presidio en Tournus, sus compañeros de celda oyeron de sus labios confesiones de homicidio; no recrearemos aquí una escena fehaciente, pues no contamos al respecto más que con aquel testimonio indirecto.
Entretanto, el 25 de febrero de 1827, el cadáver había sido hallado en las graveras del Isère. El estado del cuerpo no consentía un reconocimiento facial indudable. Sophie, la comadrona y el esposo de esta vacilaron en un principio, pero terminaron por identificar las ropas que Reine vestía la noche de su desaparición. Tal es la identificación que hace constar la fuente, sustentada en las prendas halladas. La ropa que la falsa carta mandaba recoger había servido para desviar la atención; la que cubría a la muerta devolvió irremediablemente a los testigos a su último encuentro.
Ante el tribunal de la corte de lo criminal del Isère, en la primera quincena de julio de 1827, Vincendon abandonó la patraña de los asaltantes desconocidos. Alegó entonces que Reine se había arrojado por su propia voluntad al río ante su negativa a contraer un matrimonio inmediato. El presidente le interrogó sobre los motivos de no haber pedido socorro y sobre las razones que le habían llevado a sostener previamente relatos incompatibles. Vincendon confesó asimismo haber sido el autor material de la carta suscrita como Reine Orcel. Este reconocimiento postrero no probaba por sí solo todos los pormenores materiales del crimen, pero despojaba definitivamente a la difunta de aquellas palabras con las que se había pretendido anunciar su marcha.
Tras tres días de debates, el jurado declaró a Vincendon culpable de homicidio sin premeditación. Tal delimitación jurídica debe respetarse, aun cuando el cronista y la acusación pública percibieran en múltiples circunstancias la preparación de un designio preconcebido. El tribunal le condenó a trabajos forzados a perpetuidad, descartando la pena capital. El relato consigna seguidamente la marca de la infamia pública impuesta al reo. Esta condena no devolvió a Reine el matrimonio prometido, los ahorros sustraídos ni el porvenir anhelado; empero, echó por tierra una última usurpación. La carta no había salido de su mano. En una causa donde tantos habían hablado en su lugar, la justicia lograba, al menos, reparar esa verdad.
