Se la daba por asesinada, sepultada en la casa de un comerciante, sustraída para siempre a las miradas de un pueblo que ya creía conocer a su homicida. Sin embargo, el 13 de enero de 1784, Marie-Jeanne Thillois regresó a Ay con su marido. Entregó la llave de su aposento al viñador que la hospedaba; su esposo levantó inventario de los muebles y dejó una copia al propietario. Difícilmente cabría concebir un desmentido más prosaico, más material, a semejante cúmulo de relatos extraordinarios. La presunta muerta zanjaba su mudanza. Y no obstante, la causa no concluyó allí.
Para comprender este retorno, es preciso remontarse a las puertas que se habían cerrado ante aquella mujer. Champagnac, que refiere el caso, pretende demostrar los peligros de las imputaciones nacidas del rumor; mas habla de Marie-Jeanne con el mismo desprecio cuyas consecuencias denuncia después. Tras sus calificativos injuriosos se perfila una existencia que las autoridades, los vecinos y los caseros no habían cesado de expulsar de un confín a otro. Su madre, escribe, la había entregado a la prostitución cuando apenas era una niña. Dos hombres con quienes mantuvo trato fueron ejecutados en Reims. Sus crímenes no guardaban relación con aquellos cuyos culpables se pretendería buscar más tarde a raíz de su propia desaparición.
Marie-Jeanne se había casado y luego vuelto a contraer matrimonio. A la muerte de su primer esposo se vinculaba una sospecha que el propio cronista solo consigna mediante un «se dice»; ninguna resolución judicial consta para respaldarla. El segundo la echó a la calle, junto con la criatura del primer enlace. Una mujer la acogió como criada, para luego despedirla al hallarse encinta. Siguió después Épernay, donde la policía le ordenó marcharse. Los informes que precedían a Marie-Jeanne viajaban, a todas luces, con presteza suficiente para cerrarle las puertas de cuantas estancias intentaba habitar.
El 30 de agosto de 1780, intentó quitarse la vida y fue socorrida por dos personas. De vuelta en Ay, cohabitó con un anciano de setenta años, quien, falto al fin de recursos, se retiró a casa de un pariente en Avenay. Ella acudió a pedirle dinero. Ante su negativa, una nueva tentativa exigió la intervención del anciano y del alcalde. Ambos auxilios, a los que se sumó más tarde un tercero prestado por mujeres de Ay, reaparecerían en la relación judicial de su muerte; pertenecían, en primer término, a su vida, a aquellos instantes en que alguien había podido todavía intervenir.
Dio a luz en el Hôtel-Dieu de Reims y regresó junto al anciano. Ciertas quejas relativas a su morada indujeron al alcalde a ordenarle que la abandonara, bajo apercibimiento de destierro de la villa. Tomó otro alojamiento, del cual los dueños volvieron a expulsarla. Unas mujeres la apartaron entonces de un nuevo lance desesperado; una de ellas consintió en hacerse cargo de sus dos hijos. Épernay, adonde Marie-Jeanne regresó, la expulsó por segunda vez. Así retornaba siempre a Ay, no tanto por el favor que allí encontrase, sino a falta de poder subsistir en otra parte.
Se alojó al fin en casa de un viticultor, Testulat Baudouin, y trabó relación con un maestro de danza. La crónica presenta las visitas masculinas que recibía, so pretexto de lavado y remiendo de ropa, como la prosecución de su antiguo trato. Pronta a dar a luz de nuevo, se vio otra vez ante la amenaza de perder su techo: el procurador fiscal hizo citar a Testulat para forzarlo a ponerla en la calle. Es a esta intervención a la que Champagnac vincula la acusación formulada contra el señor Genet, comerciante de Ay y cuñado del procurador fiscal. Marie-Jeanne le atribuyó la paternidad de la criatura que esperaba. El cronista vislumbra en ello una venganza; el relato no aporta prueba independiente de semejante designio ni de dicha paternidad.
Genet le había vedado el acceso a su casa, por temor, según la misma relación, a que la mala fama perjudicase a sus negocios. Héteme aquí dos negativas, una de cobijo y otra de trato, en torno a las cuales se articularía una incriminación de gravedad muy distinta. Desamparada por el maestro de baile, expuesta a los ultrajes y carente de lo indispensable en pleno invierno, Marie-Jeanne pasó la velada del 19 de diciembre de 1783 en casa de una conocida. Hacia la medianoche, anunció tener una cita y salió. No regresó a su estancia. Transcurrieron ocho días sin que diera señales de vida; aquella cita, de la que casi nada se sabía, brindó a la villa cuanto requería para forjarse una certidumbre.
Habiendo señalado a Genet como padre de la criatura, se dio por sentado que había acudido a su morada. Al no reaparecer, se supuso que él la había ultimado. Se llegó a asegurar que la había enterrado en su propia casa. Cada conjetura parecía corroborar la precedente, pese a dimanar todas de un mismo vacío: nadie sabía dónde se hallaba. La justicia intervino y dio principio la instrucción del sumario. Una mujer que tantas penalidades había padecido para encontrar cobijo en vida pasaba a ser, al presumírsela muerta, objeto de una solicitud a la que la compasión jamás había concedido semejante forma.
En rigor, se había reunido con su esposo a escasas leguas de Ay en pos de una reconciliación. Su comparecencia del 13 de enero, la restitución de la llave y el inventario del ajuar imprimían a aquella ausencia un cariz enteramente distinto. Sin embargo, Marie-Jeanne volvió a desaparecer ese mismo día. El 11 de febrero, hallaron su cadáver en las aguas del Marne, a media legua de Ay. Había perecido ahogada; mas tal hecho no revelaba si su muerte obedecía a su propia voluntad ni si los hombres encausados con anterioridad a su regreso habían tomado parte en ella.
Las diligencias incoadas en Épernay cobraron nuevo vigor. Un monitorio fijado en las esquinas intimó, bajo conminación de censuras eclesiásticas, a quienes supieran algo o hubiesen oído murmuraciones al respecto a comparecer para deponer sobre Marie-Jeanne y Genet-Dubuisson. Declararon sesenta y un testigos. La cifra asombra; no acredita, por sí sola, cuántos habían presenciado efectivamente los hechos que relataban. El 10 de mayo, Genet hijo y Feutré, aprendiz en la casa, fueron objeto de decretos de mandamiento de prisión. Genet padre fue citado a comparecer en persona. Los tres interpusieron recurso contra tales providencias.
El padre permaneció en el lugar y fue sometido a interrogatorio. El hijo y el aprendiz, siguiendo al principio el consejo de sus allegados, pusieron tierra de por medio; no regresaron sino cuando ciertas medidas que los ponían al abrigo de la captura les permitieron personarse por su propio pie. La instrucción no fue proseguida por los magistrados de Épernay. Champagnac les atribuye el pesar de haber ido demasiado lejos: es su particular interpretación. Destaca, sobre todo, que se había comenzado a perseguir a los autores de un homicidio antes de contar siquiera con un cuerpo, y que la mujer presuntamente asesinada había reaparecido después a la vista de todos.
El 11 de septiembre de 1784, los acusados fueron absueltos de la instancia; obtuvieron la facultad de hacer imprimir y fijar la sentencia. Champagnac considera, por su cuenta, que las tentativas precedentes y la indigencia de Marie-Jeanne bastaban para demostrar el suicidio. Tales elementos no facultan al lector para reconstruir los postreros instantes, huérfanos de todo testigo en la crónica. La conclusión judicial reviste mayor precisión que la convicción del cronista: los tres hombres quedaban absueltos. El fallo podría en adelante lucir en las paredes de la misma villa que había albergado el monitorio. Entre ambos carteles quedaba suspendida la existencia de Marie-Jeanne, largo tiempo rechazada y luego contada por tantas voces que se había acabado por olvidar comprobar si aún se hallaba en este mundo.
