El 24 de agosto de 1781, a las seis de la tarde, los jinetes de la mariscalía condujeron a Palluau a un hombre arrestado por vagabundaje. Lo encerraron en la prisión señorial sin asentarlo en el registro: lo habían dejado allí «en calidad de préstamo», a la espera de ponerlo a disposición de la jurisdicción competente. A la mañana siguiente, lo hallaron tendido sobre la paja, con una herida de gravedad en el cuello y rodeado de sangre. Los cirujanos a quienes requirieron los jinetes juzgaron su estado casi desesperado. El párroco acudió en varias ocasiones. En una certificación con fecha del 28 de agosto, hizo constar que el herido se hallaba tan exhausto que apenas respondía a sus preguntas con ademanes casi ininteligibles.
Poco después, el hombre desapareció. En la noche del 25 al 26 de agosto, ya no se encontraba en la celda. ¿Había logrado evadirse a pesar de su herida? ¿Alguien se lo había llevado en volandas? Y si había expirado, ¿adónde habían trasladado su cuerpo? Semejantes interrogantes convergían en un único enigma: ¿cómo desentrañar lo acaecido tras los cerrojos de Palluau?
El procurador fiscal Voyneau apenas llevaba dos días en el ejercicio de sus funciones. En la mañana del 27, abandonó su domicilio de Saint-Étienne-du-Bois, a dos leguas de distancia, y se presentó ante el juez de Palluau para que se levantara acta de la inspección ocular. Los andrajos del preso permanecían aún en la estancia. En las baldosas y los muros se advertían diversas huellas de sangre; bajo la paja, algunas manchas no habían llegado a secarse. Ninguna puerta ni ventana presentaba fractura. Sin embargo, el ventanal de la sala de justicia, emplomado y resguardado por unos batientes endebles, se alzaba a nueve pies del suelo de la calle. En cuanto a la puerta de entrada, pese a hallarse cerrada con llave, podía franquearse desde el interior por una sola persona. El recinto no acreditaba de forma indubitada una evasión: dejaba expedita más de una vía para salir de él o para penetrar en su interior.
Aquel mismo día, Voyneau formalizó una querella contra cuantos hubieran favorecido o consumado, de forma directa o indirecta, una fuga o un secuestro. La instrucción iniciada a la jornada siguiente tomó declaración a once vecinos de los aledaños de la prisión. El rumor público sostenía que el reo se había degollado a sí mismo con un cuchillo. Las manifestaciones recogidas parecían avalar esta versión, mas no esclarecían el paradero del herido tras los hechos ni los términos de su desaparición.
Pierre Seguin, mozo de carnicería, refirió que en la mañana del 25, hacia las siete, había oído al hijo del carcelero gritar que el desdichado se estaba matando. Tras subir a toda prisa, vio a un desconocido hundirse una hoja en la garganta, haciendo caso omiso de las súplicas que le dirigían. La mujer Peaudeau, que guardaba cama, declaró haber escuchado al hijo del carcelero llamar a su padre a voces: urgía subir, pues el cautivo se quitaba la vida. Aquellas deposiciones situaban un acto de automutilación en el centro de la causa, si bien su alcance difería: Seguin aseguraba haber presenciado el hecho, mientras que Peaudeau se limitaba a reproducir voces percibidas desde su lecho. Al sumario se incorporaron asimismo el certificado del cura y el atestado del oficial de la mariscalía. Ninguno de estos documentos señalaba a persona alguna como autora del traslado posterior del preso. En torno a este segundo extremo, los testimonios incurrían en contradicciones.
Voyneau no quiso resolver por sí solo un asunto tan espinoso. Escribió al sustituto del procurador general en Poitiers exponiendo los hechos y solicitando instrucciones procesales. Mientras se aguardaba la respuesta, el cadáver apareció al borde de un foso o una charca dependiente de la jurisdicción de Palluau. El avanzado estado de descomposición revelaba que la muerte se había producido varios días atrás. Ninguna pesquisa apuntaba a quiénes lo habían arrojado allí. Dado que despedía emanaciones pestilentes e insalubres, Voyneau dispuso su traslado al camposanto de La Chapelle-Palluau. Más tarde llegó la contestación del sustituto: si de los autos se colegía que el sujeto se había herido de su propia mano, procedía dictar contra él auto de prisión como suicida, a fin de sustanciar el proceso contra su memoria.
El 20 de septiembre, Voyneau instó el libramiento del auto indicado por el sustituto, y el juez de Palluau lo decretó ese mismo día. La providencia se dirigía contra la memoria del difunto bajo la premisa del suicidio, sin imputar a un autor material la herida ni el posterior transporte. Más adelante, al dar cuenta de las sospechas que recayeron sobre Voyneau, la crónica de Champagnac asigna por fin un nombre al difunto: François. Su desaparición, su muerte y la incógnita de quién lo condujo hasta la orilla de la charca constituían tres extremos netamente diferenciados.
Una vez hallado el cadáver del preso, Voyneau sobreseyó las actuaciones. Sin embargo, el 26 de marzo de 1782, el procurador general ordenó a la sede judicial de Fontenay reanudar el proceso criminal. La instrucción, costeada a gran precio, examinó a más de ciento cincuenta testigos. Apenas arrojó luz sobre el asunto, anota Champagnac, pues los deponentes habían sido mal escogidos y sus declaraciones redactadas con excesiva premura. Se dictó orden de detención y prisión contra cinco individuos. La marea de testimonios no había disipado la incertidumbre sobre las horas transcurridas fuera del calabozo; antes bien, extendía la causa hacia las relaciones personales y las conversaciones de cuantos habían tenido tratos con Voyneau. Muy pronto, el propio procurador fiscal se vio encausado, imputándosele haber inducido y facilitado la sustracción y el asesinato de François.
El acusador se convertía en reo. A juicio de Champagnac, las sospechas contra Voyneau hallaban su verdadero origen en las animadversiones que se había granjeado en el ejercicio de sus atribuciones: el cobro de derechos señoriales, el repartimiento de las tallas y la alineación de las vías públicas. El cronista lo presenta como blanco de enconos nacidos de sus cargos y sostiene que la imputación carecía de fundamento probatorio, atribuyendo el litigio a intereses creados y rencillas comarcales.
El cargo formal se fundaba en una conversación relativa a la conducción del preso. Arrestado por la mariscalía, el reo pertenecía al fuero del preboste. Los jinetes debían trasladarlo, en el plazo improrrogable de veinticuatro horas, a la cárcel real de Montaigu. El 25 de agosto, hacia las cinco de la tarde, Voyneau se topó con el subteniente de la mariscalía, Saint-Étienne, a quien afeó no haber evacuado ya al herido. Saint-Étienne alegó que no era posible transportarlo ni a pie ni a lomo de montura a causa de su llaga. Voyneau habría replicado que bien hubieran podido llevarlo en una carreta, aunque el alquiler costase un luis de oro. La mujer Barreteau presentó aquellas palabras como una orden encubierta para hacer desaparecer al detenido.
Según Champagnac, la frase corrió de boca en boca y fue tergiversada por completo: la censura por una demora administrativa mutó en el fundamento del auto de prisión librado contra Voyneau. La crónica rompe una lanza por el procurador fiscal y desmenuza la peripecia de unas palabras, desde un diálogo sobre las obligaciones de la fuerza pública hasta una acusación formal por complicidad de homicidio. Ahora bien, la frase transcrita no demuestra por sí misma que se decretara un rapto. Del mismo modo que el testimonio del acuchillamiento tampoco desvela quién sacó después a François del penal.
El 21 de marzo de 1785, el tribunal revocó el auto de prisión dictado contra Voyneau y lo repuso con todos los honores en su empleo. Quien había comenzado denunciando los hechos ante la justicia se había visto forzado a purgarse de toda sospecha de crimen. El procurador recobraba su vara de oficio. Con todo, François seguía siendo el muerto de aquel proceso: ni los testimonios ni las diligencias exhumadas por Champagnac lograron jamás poner nombre a quien lo había arrastrado hasta la balsa. La restitución de la honra de un magistrado no bastaba para contestar a todas las preguntas que había dejado abiertas el desvanecimiento del cautivo.
