Buscaban a Jean Prunière por los municipios vecinos. Se encontraba bajo la prisión.
Hacía cinco días que los gendarmes recorrían los alrededores de Montluçon; se habían registrado viviendas y los lugareños no hablaban de otra cosa que de aquella fuga que no había dejado rastro alguno. Con unos veinticuatro años de edad, el buhonero del Cantal parecía haber consumado aquello que tanto se temía de él. Se le tenía por hombre resuelto y audaz. Había desaparecido el 22 de mayo de 1830, entre las cinco y las seis de la tarde. Quienes debían custodiarlo habían perdido su pista; él, por su parte, había perdido toda posibilidad de desandar lo andado.
El día 27, a las cinco de la tarde, el alcaide se detuvo junto a las letrinas del patio de las mujeres. La puerta se hallaba entreabierta. Creyó percibir un gemido que ascendía de las entrañas de la tierra. Apenas era nada, comparado con el revuelo que había provocado la desaparición del recluso. Sin embargo, constituía el primer indicio que permitiría hallarlo con vida.
El pasaje escogido
Prunière se hallaba procesado por tentativa de asesinato. Tal acusación pesaba sobre sus espaldas cuando fue conducido a Montluçon; no nos autoriza, empero, a atribuirle una condena ya dictada. En el penal, aguardaba la suerte que hubiese de depararle la justicia. La gaceta insiste en su audacia, como si tal rasgo, anunciado de antemano, hiciese de la fuga un desenlace casi natural. Mas el coraje que se precisó para internarse en la cloaca no presagiaba las fuerzas necesarias para salir de ella.
En una esquina del patio de los hombres se abría una arqueta angosta. Más tarde, el carcelero recordaría aquella abertura al indagar de dónde provenía el lamento. Fue por allí, según la reconstrucción del corresponsal de prensa, por donde Prunière debió de descolgarse hacia el conducto de las letrinas. Bajo los patios separados, las canalizaciones comunicaban entre sí. Había dado con un pasadizo al que las cancelas y los guardias no prestaban la misma atención.
Podemos figurarnos el instante en que su cuerpo se desliza en él: junta los hombros, busca un apoyo, adelanta un brazo. El hueco, que parecía demasiado estrecho, se vuelve, movimiento tras movimiento, lo bastante holgado como para permitirle hundirse en la sombra. No puede enderezarse para otear el frente. Debe sondear la ruta con su propia carne antes de averiguar si conduce a alguna parte. Semejante progresión no es más que una evocación; los movimientos de la partida no contaron con testigo que los refiriera.
Entonces, una piedra le cortó el paso. Este pormenor, recogido tras su descubrimiento, devuelve la empresa a su brutalidad material. Había burlado los muros visibles, los portones, a los hombres prestos a prenderle. Bastaba un obstáculo en el cauce para retenerlo. No disponía de espacio para cobrar impulso, ni de otra dirección que hubiese podido elegir con desahogo.
La ciudad arriba
En la superficie, su desaparición provocó el efecto contrario: ensanchó el radio de las pesquisas. Puesto que ya no estaba en la cárcel, forzoso era buscarlo en otra parte. Los registros domiciliarios y las batidas de la gendarmería extendieron la sospecha por los confines de Montluçon. Una huida sin huellas puede antojarse una fuga minuciosamente preparada; se imagina uno al prófugo mucho más lejos del punto al que se acude para echarle mano.
El alcaide, entretanto, se arriesgaba a un procesamiento correccional. Su cargo convertía aquella ausencia en una amenaza directa para su persona. Cada rastreo infructuoso alimentaba el temor de haber dejado escapar a un reo calificado de peligroso, mientras que indicio alguno permitía dilucidar de qué modo. Aguardaba las consecuencias de una vigilancia juzgada negligente. El presidiario al que no se lograba hallar bien podía arrastrar en su caída a quien debió custodiarlo.
Entretanto, Prunière no cruzaba ninguno de los pueblos donde se le perseguía. Yacía en una atarjea en pendiente, entre las inmundicias que por ella descendían. El corresponsal calcularía en ciento veintidós horas la duración de aquel encierro subterráneo. Tal cómputo abarca días y noches cuya alternancia el detenido no podía seguir como quienes vivían sobre su cabeza.
En la escena que concebimos en el interior del caño, intenta primero retroceder. El esfuerzo no lo restituye a la postura anterior; tan solo le arrebata una parte del aliento que le resta. Espera antes de probar fortuna de nuevo. La piedra sigue al frente, el camino recorrido a la espalda, y la angostura que le franqueó la entrada no le concede el margen para emprender la retirada. El periódico conjetura que, extenuado, no pudo recular; prestamos ademanes a esta hipótesis sin erigirla en testimonio probado.
Busca una postura que le permita recobrar el aire. Su brazo tropieza con la pared antes de haber podido extenderlo; lo repliega, aguarda aún. Lo que al principio ahorró para no ser oído le falta ahora para pedir socorro. En esta misma evocación, el primer grito no halla réplica alguna. Debe insistir sin saber adónde llega el eco, ni si alma alguna se halla lo bastante cerca para percibirlo. Arriba, una puerta puede abrirse y luego cerrarse antes de que él haya reunido el vigor preciso para redoblar la queja.
Quisiéramos atribuirle noches de reposo entre tentativa y tentativa. El espacio apenas se lo consentía. En el momento en que dieron con él, se hallaría tendido sobre el costado derecho, con el cuerpo cubierto de llagas, los pies vueltos blancos y lívidos. Son estos los vestigios a través de los cuales nos llega su agonía. Revelan la zozobra física sin entregarnos la sucesión exacta de sus fatigas.
El rumor junto al patio de las mujeres
El 27 de mayo, el carcelero se aproximó al sonido que creía haber escuchado. Ya no se trataba de batir un camino real ni de interrogar a quien pudiera haberse cruzado con el fugitivo. El quejido parecía brotar de la prisión misma, mas de un sector al que no se suponía que Prunière hubiese podido acceder. El patio de las mujeres añadía una nueva dificultad a la conjetura.
Fue entonces cuando el alcaide recordó la comunicación existente entre los conductos. La arqueta del patio de los hombres cobraba de nuevo sentido en el suceso. Lo que se había buscado como una salida hacia los caminos comarcales bien podía ser una bajada interrumpida a medio término. Dio parte de inmediato a la autoridad municipal. La batida mudó de naturaleza: ya no se perseguía a un hombre a la carrera; era preciso horadar el firme para alcanzarlo.
Se practicaron catas en el interior del recinto carcelario y luego en el exterior. Los rescatadores escuchaban gritos sordos y silencios que nada tenían de tranquilizadores. El cronista asemeja tales acentos a los de un hombre sumido en el delirio. No se trataba de un diálogo con el cual Prunière hubiese podido guiarlos con exactitud. Avanzaban hacia una presencia intermitente, y cada pausa tornaba más incierto el tiempo que les quedaba.
La última zanja se abrió en la calle de la plaza Dauphine. Allí dieron por fin con él. Yacía en un conducto sumamente inclinado, tan estrecho que la gaceta consigna sus medidas como prueba fehaciente de lo que hubo de padecer. Estaba recostado sobre el flanco derecho, a las puertas de la muerte. Las pesquisas emprendidas en la lejanía acababan de rematar en aquel tramo de alcantarilla bajo la ciudad.
El hombre al que era preciso salvar
Su rostro, sus llagas y el estado de sus pies sobrecogieron a cuantos lo descubrieron. La descripción médica de la crónica se atiene a la época; baste retener que su condición era alarmante. Se le prodigaron auxilios de inmediato. Era joven, de complexión recia, y el corresponsal abrigaba aún la esperanza de que se le pudiera devolver a la vida.
Tal esperanza es la última noticia que consigna la correspondencia de Montluçon, fechada el 28 de mayo. Ningún veredicto sobre la acusación que lo había llevado a presidio, ninguna curación indudable la acompañan. La fuga había fracasado; el socorro había alcanzado al reo. El fruto de este segundo envite permanecía aún en suspenso cuando se redactó la crónica.
En la estampa de cierre que imaginamos, los hombres que se inclinan hacia él no le exigen que relate su evasión. Discurren el modo de manipular aquel cuerpo maltrecho sin agravar su quebranto. Prunière ya no tiene que buscarse una salida por sí mismo, ganar unas pulgadas ni ocultar su rastro. Su voz, por débil que resulte, se les ha vuelto imprescindible. Cinco días antes, para escapar de la prisión, le había sido indispensable esfumarse. Ahora, resultaba forzoso que continuasen oyéndolo.
