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Imposturas y fortunas · Inglaterra

La línea ausente del libro verde

Thomas Maynard: el documento falso que conocía al detalle las costumbres del despacho

La falsa orden de pago adolecía de un defecto singular: estaba demasiado bien hecha. No solo empleaba las fórmulas de rigor, no solo exhibía las firmas destinadas a sosegar a los negociados, sino que tenía en cuenta la reciente enfermedad de un empleado y al colega que lo sustituía. El falsificador conocía hasta las ausencias. Para descubrir en qué punto mentía el papel, fue menester averiguar primero todo lo que sabía.

Este asunto condujo a Thomas Maynard a Newgate, donde fue ejecutado el último día del año 1829. La intriga no había comenzado forzando una puerta ni mediante un pistoletazo. Un hombre se había presentado con un documento, había respondido a las preguntas de rigor y firmado con un nombre. Las ventanillas hicieron el resto, con esa regularidad de la que las administraciones extraen un legítimo orgullo y sus estafadores ciertas ventajas.

Mil novecientas setenta y tres libras

La orden llevaba fecha del 13 de abril de 1829. Se hacía pasar por un documento emanado del interventor de aduanas de Fowey, en Cornualles, y reclamaba el pago de 1973 libras. Cinco días más tarde, fue presentada en la oficina competente, acompañada del recibo prescrito por la costumbre. Se preguntó, según era norma, en nombre de qué banquero actuaba quien venía a percibir la suma. El nombre de Thomas Maynard fue consignado por cuenta de S. Smith y compañía, junto con una dirección.

Se extendió una orden contra el Banco de Inglaterra. Dos personas la llevaron allí y solicitaron la mayor parte de la suma en billetes, y el resto en moneda menuda. El dinero fue entregado. La reseña publicada en septiembre por Bell’s Life in London describe a continuación el rápido regreso de un portador resuelto a cambiar parte de los billetes por oro. La conversión tenía algo de urgente; mas no por ello dejó de dejar huella, pues los números de serie habían sido anotados.

Podemos figurarnos el alivio de quien salía con una fortuna allí donde había entrado con un mero papel. El documento no nos aclara si apresuró el paso o si tuvo la destreza de caminar despacio. Nos revela algo más elocuente: mientras los fondos mudaban de apariencia, los asientos contables permanecían. Lo que el banco acababa de desembolsar ya no podía volverse del todo anónimo.

El libro verde

Aquel mismo día, un empleado de aduanas concibió una sospecha al examinar el documento. Se lo mostró a un colega. Consultaron el registro donde debían asentarse las operaciones con anterioridad a la emisión de la orden. Ninguna entrada correspondía al documento abonado. El libro verde, como lo designaba el periódico, aportaba una contradicción harto más sólida que una simple impresión caligráfica: el documento imitaba una resolución que jamás había sido registrada.

Quedaba por explicar aquel conocimiento tan preciso del servicio. Dos empleados cotejaban habitualmente las órdenes según los puertos correspondientes. Uno había caído enfermo a primeros de mes; el otro había ocupado su puesto. La pieza apócrifa respetaba escrupulosamente esta mudanza. El hombre que la había preparado, o quienquiera que le sirviese de consejero, no se había limitado, pues, a copiar un modelo antiguo: seguía al dedillo la vida íntima del despacho.

Richard Huband Jones trabajaba en él. Estaba al tanto de las operaciones aduaneras y había prestado servicio en dependencias que permitían comprender sus intrincados trámites. Frecuentaba a Maynard y a Joseph William West; incluso se había alojado en casa de este último. Semejantes relaciones no bastaban para demostrar una conspiración, mas proporcionaban a las pesquisas una serie de nombres entre los cuales hacer circular los interrogatorios.

Los billetes habían viajado

En mayo se halló un billete de cinco libras. Tras arduas indagaciones, la pista condujo hasta una mujer apellidada Jennings, que convivía con Maynard. La senda no entregó de inmediato a los hombres buscados. El periódico da cuenta de un intervalo durante el cual los pesquisidores perdieron su rastro; el caso, no obstante, habría de reanudarse a merced de nuevos dispendios, de otros recuerdos y del contraste entre la antigua estrechez de los sospechosos y el desahogo con que se les había visto desenvolverse desde abril.

Jones, cuyos emolumentos anuales eran modestos, había abierto de pronto una cuenta ingresando una suma considerable en oro. Había adquirido diversos objetos pagando al contado. En una joyería de Prince’s Street, un cliente identificado con su persona había presentado un billete de gran valor para saldar una compra insignificante. El mancebo, falto del cambio necesario, lo había enviado a cambiar. Al prolongarse la espera, la actitud del cliente despertó sospechas; acabó marchándose con la promesa de regresar.

El billete, por su parte, siguió otro derrotero. Remitido al banco, pudo ser cotejado con la numeración registrada. Otras fracciones habían sido cambiadas en París; fueron vinculadas a West. Aquel dinero, con el que los procesados abrigaban acaso la esperanza de procurarse vidas nuevas, trazaba poco a poco la cartografía de sus encuentros.

Los papeles falsos adolecen a veces de esta flaqueza: que los billetes auténticos obtenidos merced a ellos se hallan rigurosamente inventariados. Para el gasto, una libra vale lo que otra cualquiera. Para una investigación criminal, su número de serie puede volverla tan personal como una epístola.

Las letras y los hombres

En el juicio, los tres encausados negaron su culpabilidad. Un testigo, Edward Bushell, atribuyó determinados trazos caligráficos a West y a Maynard. La defensa hizo comparecer a tres personas que declararon no dar fe a dicho hombre bajo juramento. Conviene retener este punto, pues impide relatar el proceso como una simple acumulación de pruebas incontestables. Una firma resultaba reconocida; la solvencia moral de quien la reconocía, en cambio, era impugnada.

El periódico de 1829 relata la condena de Jones y de Maynard, así como la absolución de West. La hoja de ejecución conservada en el Museo de Londres precisa la dispar suerte de los sentenciados: Jones fue deportado por siete años; Maynard marchó al cadalso. No inferiremos de esta diferencia una explicación conjetural sobre componendas o tratos entre los hombres. Los legajos examinados fijan las sentencias; no nos entregan todas las razones íntimas que los interesados pudieron atribuirles.

El 31 de diciembre, Maynard fue ahorcado en Newgate junto a otros reos. En el pliego impreso vendido para la ocasión, sus nombres se suceden, congregados por la fecha aun cuando sus causas nada tenían de común. Una falsedad documental, un hurto de ovejas y varios allanamientos de morada podían desembocar así en la misma estampa, bajo la efigie de una horca destinada a prestar copiosos servicios.

Para embolsarse las 1973 libras, Maynard no había necesitado convencer a cada empleado de su fortuna o de su probidad. Le había bastado exhibir aquello que todos aguardaban ver. La pesquisa, a la inversa, se inició cuando un hombre dejó de limitarse a reconocer la forma para cerciorarse del origen.

En el libro verde, la línea seguía faltando. La ausencia de unas pocas palabras había dejado al descubierto la orden falsa; meses de audiencias y diligencias no bastaron después para devolver al condenado su porvenir. Así es a veces como anida una gran tragedia en los archivos: en el sitio exacto donde nada llegó a escribirse.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La crónica de Bell’s Life in London proporciona las secuencias del fraude, el cotejo del registro, el rastreo de los billetes y los debates del proceso. El impreso conservado en el Museo de Londres confirma las distintas resoluciones: Maynard ejecutado, Jones deportado, West absuelto. No presentamos las sospechas contra West como una culpabilidad probada ni deducimos de la mera mudanza de fortuna una prueba concluyente.

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