Macnamara creyó al principio que ella se había asustado. Una detonación acababa de resonar bajo las arcadas de Covent Garden, y la dama a quien él ofrecía el brazo se desplomó. Se inclinó para socorrerla. Fue la sangre en sus manos lo que le advirtió de que no se trataba de un desmayo. Un instante antes, prestaba a Martha Ray la cortesía ordinaria del caballero que acompaña a una dama hasta su carruaje. Ahora, sostenía a una muerta.
La historia no tardaría en pertenecer a quien había disparado. Se glosaría su pasión, su carrera truncada, su congoja; se sopesaría la hondura de sus remordimientos, hasta componerle cartas cuyos lectores admirarían la sensibilidad. Martha, por su parte, no había tenido tiempo de transformar su última velada en una justificación. Salía del teatro. Era el 7 de abril de 1779, y debía volver a casa.
Una voz antes de un escándalo
Martha Ray vivía desde hacía largo tiempo con el conde de Sandwich. Su unión, de la que habían nacido varios hijos, la situaba en un círculo social donde su condición bien podía ser censurada por personas que jamás declinaban las invitaciones del conde. Mostraba afición por la música y una voz que sus contemporáneos elogiaron. No era únicamente la mujer mantenida por un prócer poderoso; poseía un arte, afectos propios, un hogar al que pertenecía por motivos muy ajenos a la crónica de un crimen.
Imaginemos un concierto en Hinchinbroke, la mansión de Sandwich próxima a Huntingdon. La última nota languidece, alguien deja caer la mano sobre el libreto, una conversación vacila antes de reanudarse. Martha abandona el silencio que su canto ha conquistado para regresar a ese otro, menos libre, donde cada cual juzga al prójimo. Un oficial, entre los convidados, clava en ella la mirada. Esta estampa es una evocación; el encuentro entre Martha y James Hackman en la residencia del conde pertenece a los testimonios pretéritos.
Hackman había ingresado en las armas tras un aprendizaje mercantil que no satisfacía su temperamento. Destinado a Huntingdon para tareas de reclutamiento, fue recibido en casa de Sandwich. Se prendó de Martha y le dirigió proposiciones de matrimonio que ella no aceptó. Respecto a la naturaleza exacta de sus vínculos, las crónicas han aventurado más certezas de las que los legajos autorizan. La adhesión del joven es indudable; no por ello nos descubre los verdaderos sentimientos de la mujer a quien importunaba.
Abandonó la milicia, se dispuso a abrazar el estado eclesiástico y recibió los santos órdenes en febrero de 1779. Al mes siguiente, fue instituido en el curato de Wiveton, en Norfolk. El oficial había mudado de sayo; la resolución de Martha permanecía intacta. En Londres, él se alojaba en Duke’s Court, cerca de St Martin’s Lane, lo bastante próximo a los coliseos para que la distancia no enfriara su obstinación.
El final de la función
El 7 de abril, Martha acudió a Covent Garden junto a la cantante Caterina Galli. Se representaba Love in a Village. El título brindaría a los cronistas una ironía sencilla, mas las damas acudían a presenciar una obra, no a forjar un símbolo. Concluyó la función; fue menester salir a la intemperie, hacer llamar al coche, sortear ese gentío en el cual cada uno busca abrirse paso con la enojosa convicción de que su destino prima sobre el ajeno.
Según el testimonio conservado en las actas, Macnamara advirtió la vacilación de Martha y le ofreció su ayuda. Ella tomó su brazo. Una vendedora de frutas, Mary Anderson, vio salir a la concurrencia y a un hombre enlutado siguiéndoles los pasos.
Detengámonos en el tránsito entre la sala y el arroyo. En el cuadro que cabe figurarse, el apellido del dueño del tiro va de boca en boca sobre las cabezas; la multitud se aparta a medias y vuelve a cerrarse, y la figura que aguardamos jamás es la que avanza. La contrariedad apenas pasa de leve. Es la salida ordinaria de un espectáculo, llena aún de ecos de lo escuchado. El hombre que acecha lleva dos armas. Solo él confiere a este trance un desenlace que nadie le ha demandado.
Hackman abrió fuego contra Martha y volvió luego una segunda pistola contra su propio pecho. Ella cayó sin vida; él sobrevivió a la tentativa y se asestó nuevos golpes con el arma antes de ser reducido. Los testigos vieron aspavientos, oyeron las detonaciones e intervinieron como buenamente pudieron. El boticario Mahon le arrebató la pistola con la que se golpeaba, lo condujo a su botica para vendarle las heridas y lo trasladó después a la taberna Shakespeare.
Con ayuda de algunos transeúntes, Macnamara hizo llevar a Martha al mismo establecimiento. Hackman, malherido, recibió las primeras curas. La noche se escindía en dos: un cadáver al que ningún afán devolvería el aliento y un reo al que urgía impedir que atentara de nuevo contra sí mismo. Pidió ver a Martha; Macnamara se opuso y mandó recluir el cuerpo en una estancia aparte. Esa sobria negativa restituyó a la finada una última distancia que su verdugo acababa de arrebatarle.
La carta que nada resolvía
En el bolsillo de Hackman se halló una misiva dirigida a su cuñado Booth. Manifestaba en ella su firme determinación de morir, zanjaba cuentas pecuniarias y encomendaba a la dama que decía profesar amor. Durante la vista, este pliego sirvió para sostener un distingo: el reo habría maquinado su propio suicidio, mientras que la muerte de Martha habría obedecido a un arrebato imprevisto. Hackman no negaba los disparos. Pretendía tan solo que se disociara el propósito asumido de un desenlace que presentaba como un ciego extravío.
Un papel redactado antes del crimen reviste una fuerza singular. Procede de un tiempo al que los jueces ya no pueden asomarse y parece brindarles un pensamiento aún incontaminado. Pero quien empuña la pluma selecciona de antemano lo que desea legar. El escrito probaba una resolución suicida; no bastaba para acreditar, por sí solo, todo cuanto su autor hubiese o no premeditado. Las dos armas de fuego, sus pasos a lo largo de la velada y las declaraciones de los testigos debían cotejarse con sus palabras.
Martha recibió sepultura el 14 de abril en Elstree. Dos días más tarde, Hackman compareció ante el tribunal de Old Bailey. Los testigos refirieron la desbandada del teatro, la caída, el estruendo y los auxilios. En su descargo, el acusado alegó que elDesignio de matar a Martha solo le había asaltado en el último instante. El jurado pronunció el veredicto de culpabilidad. Las sutilezas con que pretendía arropar su conducta no exculpaban un homicidio cuyas circunstancias habían quedado plenamente manifiestas.
James Boswell presenció el proceso. Cuando más tarde lo evocó ante Samuel Johnson, la causa halló acomodo en una conversación que la posteridad conserva con singular relieve. Johnson deducía de la posesión de dos pistolas la evidencia de un plan urdido contra dos personas. Beauclerk le objetó que un hombre resuelto a matarse bien podía proveerse de una segunda arma por si la primera fallaba. La disputa subió de tono; las normas de urbanidad entre comensales no tardaron en eclipsar las intenciones del reo.
Corrieron de nuevo los manjares y el vino. Johnson, empero, no perdonó el tono con que Beauclerk le había replicado; se lo afeó minutos después, avivando la pendencia. Boswell dejó constancia de aquel banquete en el que la comida se vio menos tiempo turbada por una muerte que por el agravio entre dos caballeros.
Tras las últimas palabras
El 19 de abril de 1779, Hackman subió al patíbulo en Tyburn. Apenas doce días mediaron entre el disparo fatal y el cadalso. En ese plazo vertiginoso cupieron el traslado de los restos, los registros, unas exequias, las testificaciones, la defensa y la sentencia; los siglos venideros le añadirían copiosas páginas de conjeturas. El joven clérigo pereció, legando a la literatura un personaje cuyos hábitos y aflicción parecían reclamar una complacencia novelesca.
Al año siguiente, la obra Love and Madness ofreció unas supuestas cartas cruzadas entre los amantes. Eran enteramente apócrifas. Su difusión basta para advertirnos de la ligereza con que suele colonizarse el silencio de una víctima, tomando luego por confesión lo que otros pusieron en su boca para disculpar su asesinato. No tomaremos prestada de ese epistolario una correspondencia que los autos jamás consignaron.
En Covent Garden se sucedieron otras funciones, se llamaron otros carruajes. Hombres y mujeres continuaron enlazando los brazos para hendir el gentío. Es en ese ademán cotidiano, antes de trocarse en testimonio judicial, donde Martha recobra acaso su verdadero ser: una mujer que apura la noche, que confía en regresar a casa y cuyo mañana a nadie más importaba. Hackman le arrebató ese porvenir. A nadie le es lícito despojarla de él por segunda vez pretendiendo que su muerte fue la prueba de un amor desmedido.
