El 9 de septiembre de 1836, Charles Samuel Bartlett es visto en posesión de una pistola de caballería. Envía a un muchacho a comprar pólvora y fulminantes; este lo observa moldear un trozo de plomo para fabricar una bala. Al día siguiente, Bartlett abandona su alojamiento en compañía de su suegra, Mary Lewis. Antes de que termine la jornada, la mujer será hallada muerta cerca de un sendero que conduce al río Frome. Siete meses más tarde, el juicio de Gloucester articulará estos actos en una acusación formal de asesinato.
Bartlett lleva por entonces una vida errante en una compañía de comediantes ambulantes, la troupe de Ingleby. Pelham lo retrata como un hombre de familia respetable e instruido, pero de carácter disoluto. La compañía se traslada entre ferias, hipódromos y otros lugares de esparcimiento. En agosto recala en Monmouth. Bartlett conoce allí a la hija de un zapatero llamado Lewis y contrae matrimonio con ella. El enlace le reporta cuarenta y cinco libras; la familia le promete una suma suplementaria a la muerte del padre de la joven. Los desposados permanecen un tiempo con los Lewis y luego Bartlett regresa con sus compañeros de escena.
El 5 de septiembre, Mary Lewis se entera de que su hija y su yerno se encuentran en Bristol. Se dirige allí y los visita en diversas ocasiones mientras Bartlett trabaja en la feria. Un altercado previo ya los había enfrentado. Al día siguiente de haber sido vista la pistola, Bartlett sale de su posada junto a Mary Lewis. Varios testigos los ven juntos en el camino de Stapleton.
Entran en la taberna Mason’s Arms y toman un refrigerio. Bartlett pide prestado un cuchillo al tabernero con el pretexto de querer tallar un trozo de madera. Se retira al patio trasero, donde se apila la leña. Cuando regresa, los testigos lo notan alterado; procura ocultar el rostro. Paga las consumiciones. Ambos parten de nuevo a pie. Luego tuercen hacia Tebbutt’s Lane, un callejón que desemboca hacia el Frome. La última vez que se los ve antes del disparo, Mary Lewis camina junto al hombre que, la víspera, había fundido una bala.
Poco después resuena una detonación. Menos de una hora más tarde, se descubre el cadáver de Mary Lewis tendido en el suelo. Sus ropas están en desorden; le han arrancado el tocado y el chal, y tiene una pierna doblada bajo el cuerpo, como en las últimas convulsiones de la agonía. Es trasladada al Mason’s Arms. El examen forense revela una bala que penetró por la parte posterior de la cabeza tras atravesar el gorro.
Bartlett acude a ver el cuerpo. Al ser conducido a la habitación, exclama con un ademán que Pelham juzga fingido: «¡Dios mío, es mi suegra!». Las sospechas que ya recaían sobre él conducen a su arresto. El registro de su morada saca a la luz una pistola disparada recientemente y un trozo de madera recién labrado con forma de baqueta de carga. Junto a los preparativos presenciados la víspera, estos objetos constituyen el núcleo material del expediente tal como lo expone Pelham.
La defensa plantea una cronología distinta. Bartlett, aduce, se separó de Mary Lewis nada más salir de la taberna. En cuanto a la pistola, la utilizaba con regularidad en las ferias para atraer al público hacia el puesto de su empleador. El litigio confronta de este modo el uso público del arma, destinado al reclamo de la multitud en el espectáculo, con los preparativos observados la víspera del crimen. La acusación alinea estos objetos en la misma secuencia que la compra de pólvora y fulminantes. La defensa desvincula tales indicios de la marcha hacia Tebbutt’s Lane: según su versión, Bartlett se había despedido de su suegra tras el refrigerio.
El proceso se celebra en las cortes de Gloucester el jueves 6 de abril de 1837. La sala se halla colmada y el caso suscita una inusual expectación. Invitado a declarar, Bartlett asegura que, con la palabra de Dios en el pecho y en los labios, puede proclamarse no culpable. Numerosos testigos prestan testimonio; sus declaraciones pormenorizan las horas de aquella jornada. Los debates se prolongan durante dos días. Al término de los mismos, el jurado emite un veredicto de culpabilidad.
Al ser conducido de nuevo ante el tribunal para escuchar la sentencia, Bartlett adopta una postura teatral y pronuncia un vehemente alegato. Afirma que encarará la muerte con entereza y resignación, al tiempo que proclama su inocencia. Invoca a Dios para que descargue su terrible castigo sobre el verdadero homicida de su suegra. El discurso, según refiere Pelham, causa una penosa conmoción en la sala. El magistrado pronuncia la pena capital y Bartlett es retirado del estrado.
El sábado 15 de abril se ejecuta la sentencia. Los capellanes de la prisión lo han visitado, pero él persiste en negar que de su conducta pueda deducirse culpa alguna, o siquiera que supiera lo ocurrido. Pelham lo describe grave y respetuoso, inquebrantable en su negativa a confesar. Camina de la celda al tablado sin vacilar; tan solo la palidez de su semblante delata la inminencia de la muerte. Lleva una Biblia en la mano e inclina la cabeza ante los oficiales presentes.
Una vez en el patíbulo, contempla a la muchedumbre como si fuera a dirigirle la palabra. El verdugo reclama silencio. Bartlett se dirige a sus conciudadanos y les ruega que graben sus palabras en la memoria, que las transmitan en sus hogares a sus hijos y amistades. Luego orienta su exhortación hacia la conducta de quienes lo escuchan: que se apeguen menos a las vanidades del mundo y más a Dios; que se arrepientan con sinceridad y se vuelvan hacia el Padre celestial, pues de lo contrario no podrán aspirar a la paz eterna. Les habla como quien sabe preparado el instrumento de muerte y cree avanzar hacia dicha redención. Concluye manifestando que los cristianos arrepentidos que hoy presencian su ignominia acaso puedan contemplar su gloria en el más allá. Brota entonces su última protesta: «¡Soy un hombre agraviado!». La capucha le cubre el rostro y la trampilla cede bajo sus pies.
La víspera, encerrado ya para pasar la noche, Bartlett había preguntado si había algún frenólogo en la ciudad. Al confirmársele que sí, manifestó su deseo de que su cabeza fuera entregada a dicho facultativo y que su cadáver fuese remitido al dispensario médico, para común beneficio de la sociedad. Pelham presenta esta postrera voluntad como una última muestra de impavidez.
